28 mar. 2016

Copa vacía

Copa vacía



Alguien dice un chiste y todos se ríen al unísono. En ninguna parte de mi ser se asoma el espíritu de la comedia; no da muestras de vida ni de querer presentarse. Pese a eso, mis enseñanzas en el arte de la educación me hace imitarles y en mis labios rígidos se dibuja una sonrisa insolente ajena a mis deseos. Me llevo la copa a la boca fingiendo que disfruto del trago. Cuando la bajo sigue tan llena como antes.
La música se transporta por los aires como el humo de una chimenea, inexorable. Se contamina como el oxígeno y nos representa su más grata creación de la mano de algún artista anónimo. El patio de la casa es un bullicio incontrolable de amigos, de viejos conocidos, reunidos en un círculo sobre sillas tan plásticas como el momento. La noche se viste de eterna. Todas las horas son iguales durante su reinado y no hay nada que nos dé señales de que quiera acabar. Tras el ocaso, con el sol enterrado, la reina de la noche no admite herejías y bajo ella vivimos hasta que el dios Ra haga su sorpresiva aparición.
El humo de los cigarrillos acompaña a la melodía invadiendo todo usando el espacio. Yo, que no he fumado nunca y tal vez nunca lo haré, lo tolero con humildad, disfrazando mi oposición al tema. No estoy ahí para dar lecciones.
No sé porque estoy ahí.
Una sombra se pone de pie y nos pregunta si queremos que nos recargue la bebida. Bajo la mirada y veo mi copa semi llena. Rechazo la oferta sin subir la cabeza y, como un atolondrado enamorado, me quedo viendo el recipiente cristalino de mis manos, con su contenido oscuro que no se mece ni se mueve, sino que es se mantiene imperturbable esperando ser bebido. Honor que no sé si le pueda otorgar. Mis coetáneos, en cambio, no dudan en cumplir su deber y mientras yo mantengo la copa entre mis dedos, ellos vacían dos, tres o más con una sed infinita digna de un convaleciente del desierto; desesperados por perder los sentidos y armonizarse con la inopia.  Pronto se sentirán mareados y, uno por uno, con el disimulo de un estafador, podrán una excusa para ir al baño ocultando sus intenciones de vomitar. Señal de alarma que ignoraran, desde luego, para sentarse de nuevo y seguir bebiendo hasta que el cuerpo llegue a su punto de quiebre y ni un herrero pueda reponerlos.
Yo debería estar haciendo lo mismo que ellos.
Debería estar bebiendo y contando chistes. Bailando solo a trompicones siguiendo el ritmo de una música desafinada que sale del interior de mi mente alejada de la verdadera que nos rodea. Debería estar con un brazo a los hombros de un amigo contando anécdotas; historias que en su momentos fueron menudencias pero que llegado el ahora eran perfectas para relatarse ante oídos ebrios. La droga etílica debería estar recorriendo mis intestinos y endulzando mi personalidad; anestesiando mi raciocinio mientras el subconsciente me grita, me dice que estoy aquí, pero mis acciones lo ignoran y se dejan llevar por los hilos invisibles del alcohol. Sí, yo debería estar haciendo eso.
¿Por qué no lo hago?
De ser hipócrita me vestiría de virgen y hablaría con desprecio de la bebida; eso sería tal mentira que no me disculparía siquiera. Me limitaría a arrojarme como endemoniado en el pozo de los deshonestos para ahogarme en las lágrimas de la falsedad. Pero la simple verdad coloca su huella en mis palabras y con su voz relata aquellos días de hace cuatro, tres o dos años, donde las copas de mi mano se vaciaban antes que el parpadeo de una doncella. Los baños en los que vomité se reirían si me vieran ahora. Y ni hablar de las noches con llegadas a mi casa esperando un amanecer doloroso tras haberle hecho el amor a la botella y haber engendrado como hijo una resaca. En algún teléfono habrá mensajes inentendibles y garabateados enviados por mis manos bajo los efectos de algún líquido ardiente. Fotos que no recuerdo haber tomado. Besos que no recuerdo haber dado.
Pero un par de años han pasado desde entonces y siento como si algo hubiese cambiado. El recuerdo del niño encantado por la simple de idea de una reunión entre amigos con una botella en el centro, se pierde ante el reflejo del amargado que ahora les sonríe a sus allegados sin ganas por puro compromiso. Esos días terminaron y no entiendo por qué. Parece que el tiempo solo ha transcurrido bajo mi cielo; solo mis árboles se han quedado sin hojas, porque a mi alrededor, aquellos con los que crecí, siguen manteniendo ese furor cada fin de semana que los obliga a esperar la llegada del sábado con ansias. Esa emoción eterna cuando reúnen hasta las monedas para comprar la bebida escogida, seleccionar la casa indicada y luego beber hasta la mañana entre chistes oportunos, bailes sin sentido y poco más; contando las mismas historias una y otras vez como si estas cambiaran con cada nuevo relato. Es como ver el mismo capítulo televisivo cada día esperando que suceda algo nuevo. Pero no, no sucede. Se repite perennemente.
Y aquí estoy yo, con ellos, bebiendo. Sería una ignominia rechazarles el trago. Una falta de protocolo para todo lo que representa la amistad donde si bebe uno, beben todos. Pero mientras los veo en el torbellino de sus risas descontroladas, me sumerjo en la ataraxia cogitando al respecto; pues, a pesar de lo vivido en al ayer, cuando lo vuelvo a vivir hoy, no le hallo sentido. No le veo significado trascendental a la reunión semanal, o mensual, como si de un rito se tratase, para beberse un par de botellas sin nada más que hacer. El aburrimiento es solo uno de mis acompañantes esta noche y viene consigo la curiosidad; pues el saber que ellos no han perdido de vista el encanto de este ritual me hace preguntarme por qué yo sí. Por qué la visión de mis amigos reunidos ya no me provoca el placer de antaño. Son mis amigos y los quiero; jamás he de negarlo. Pero incluso en soledad, con un buen libro entre las manos, sintonizando una buena estación de radio, he encontrado mayor cobijo que rodeado de mis seres queridos. Y es que, esta ágora repetitiva se vuelve una religión asfixiante. Pero el problema soy yo, no ellos. Eso lo puedo dilucidar con un poco de pragmatismo. Ellos siguen haciendo lo mismo que antes y lo siguen disfrutando igual que antes. Pero yo no.
Y no sé por qué.
¿Cuál es el objetivo de beber? No se consigue nada. En la juventud es apasionante, no lo niego. Una experiencia nueva es lo que se busca desde el nacimiento y una vez encontrada hay que aferrarse a ella por temor a perderla. Pero beber sin razón, beber por beber, es lo que me parece tan absurdo como caminar en círculos creyendo que eso nos llevará a algún sitio. ¿Las charlas con amigos? Sí, desde luego, son divertidas. Pero los temas se agotan como una lluvia que escampa y poco a poco se acaban las opciones: Podemos refugiarnos en silencio, acudir a algún juego o iniciar la verborrea ya conocida. No hay nada nuevo.
Nada.
Pero ellos lo disfrutan.
¿Por qué yo no?
No es madurez, no es otra etapa… ¿O tal vez sí los sea? La respuesta navega en una isla que no conozco, enterrada bajo una equis que no está señalada en ningún mapa. Incluso compartir mi reflexión con aquellos que me rodean no me trae alivio. Ellos tampoco saben la verdad. Pero la amistad sigue siendo la amistad y por eso vuelvo a sujetar mi copa ante adláteres, conocidos y extraños, con una música de la que nada comparto.
Aún estoy viendo mi copa. Se aligera gracias al movimiento monótono de mi brazo que conecta el cristal con mis labios. El líquido amargo de desliza por mi garganta quemándome con dulzura. Cierro los ojos y lo ignoto de mí alrededor abre las puertas de mi imaginación; ese oasis es el único lugar donde realmente puedo volar. Pero la noche sigue y debo regresar a tierra. La copa ya está vacía. Tal vez eso es lo que soy: una copa vacía. Una copa que ya fue bebida sorbo por sorbo, vaciada con egoísmo por unos labios que no conocen la cohibición. Tal vez soy ese trago que finalizó con su gusto amargo y desapareció en lo insustancial del presente; y ahora se arrepiente de haberse evaporado tan rápido y haberse sabido ignorante sin negarlo, pero sin aceptarlo; bailando con pecados magnánimos para cualquiera que lo conociese. Una copa vacía sin nada que ofrecer esperando el momento adecuado para volverse a llenar con el contenido ansiado y tener una razón para brindar, para llorar. Algo que altere el latir puntual de lo meramente necesario.
Alguien volvió a decir un chiste. Todos se ríen.
Subo la mirada y finjo la sonrisa.
Me retiro a rellenar mi copa.

Y vuelvo.

4 comentarios:

  1. Increíble. Sencillamente increíble. Una reflexión muy acertada que cualquiera en cualquier momento podría hacer consigo mismo. Incluso en una reunión de tal calibre. Yo no bebo alcohol así que no creo que llegue a sucederme, pero en un mundo paralelo en el que haya otro yo que sí lo haga, seguro que llegaría ese momento jeje.

    Sobre todo me ha gustado esa referencia a Ra *-*

    Y creo que no mucho más. De momento, el que más me gusta de todos los que he leído ^^

    Saludos.

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  2. Es la madurez, eso y el que nis hacemos viejos... La vida cambia con los años, con ellos, algunas cosas ya no parecen tener sentido.

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  3. Woww.. Me encantó tu relato, me imagine la escena y he de confesar que eso me sucede ultimamente, es como si hubiera cambiado una parte de nuestro pensamiento, talvez es madurez tal como comenta Helena, sin embargo es una duda que aun no podemoa resolver, y que al pasar de los dias, y al pasar de las emociones comprenderemos talvez entonces porque nuestra manera de pensar cambia... Talvez llegue un momento en que alguno de ellos, de los que esta a en esa mesa.. Sientan los mismo que yo.. Ahora con la copa en la mano...
    Me encantó.. :)
    Saludos y un abrazo infinito desde mexico!

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  4. Genial la forma en la que describes la escena! Alguna vez pase por cierta incomodidad similar ¬¬

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