31 may. 2016

Demonios Terrenales: Dios castiga a los niños malos

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II

Dios castiga a los niños malos




"Dios castiga a los niños malos" es la frase  que siempre le repiten a Hernán Cáceres. Su madre, una católica muy devota, intenta guiar a su hijo por el camino de la fe, la creencia y el adoctrinamiento. Le ha funcionado con el paso del tiempo, convirtiéndose Hernán en un pequeño ejemplar, pero con deseos de rebeldía. ¿Qué puede ver un niño católico como acto de rebeldía? Tal vez desobedecer a su madre en una orden directa, o tal vez algo menos peligroso; fugarse de aquella prisión en la que se encierra de lunes a viernes, aquél templo del saber, capital de las reglas, iglesia de la monotonía: la escuela
Hernán camina por las calles de Guares perdido en sus pensamientos, recordando aquella frase que le han dicho desde tan pequeño, asustándolo por la consecuencia de sus actos. ¿Dios lo castigará por su horrible crimen? Espera que no. Camina por el centro del pueblo a las nueve de la mañana, hora en la que debería estar en su clase de matemática. Con sus doce años, Hernán es considerado maduro pero inocente, ajeno a la vida que lo rodea por estar encerrado en esa bóveda de su hogar donde es un libro quién dicta sus ideales.
Hace semanas que les ruega a sus padres una tarde de diversión; un rato de libertad para ir a la tienda de árcades, donde ese nuevo videojuego de peleas recién estrenado se convirtió en el protagonista de las conversaciones de sus amigos. Todos hablan de ese juego, menos él, quién ha sido regañado una y otra vez al pedir permiso para ir a jugar. Incluso entre fines de semana Hernán permanece encerrado en su cuarto, bajo la prohibición de no poder salir hasta terminar todas sus tareas, y una vez afuera, no poder alejarse más de dos cuadras.
Injusta, así considera Hernán su crianza: Injusta. Sólo la injusticia puede describir la frustración de un joven al no recibir los reconocimientos que cree merecer. Al negársele la confianza por la que ha luchado. Padres sobre protectores o indiferentes que no tienen ojos para los logros de sus hijos, sean grandes o pequeños, exigiéndoles cada vez más y creando un estrés que conlleva a la indisciplina; pues un niño no haya otro modo de rebeldía que la desobediencia justificada dentro de su mundo.
Hernán merece descansar, merece jugar, merece criarse como cualquier otro niño con un acto de diversión diferente a escuchar lo que dice un anciano en un escenario hablando de sucesos de hace miles de años antes de Cristo, literalmente. Hernán sabe que es así, y con ese mismo pensamiento se da ánimos y continúa su camino a los árcades.
Las calles están vacías. El día es miércoles y la mayoría de los estudiantes se encuentran en sus escuelas. Son pocos los autos en el pueblo, por lo que problemas como el tráfico y embotellamientos desaparecen del mapa. Algunos peatones caminan por la acera pero sin mucha prisa, aquellos que tenían que ir a algún lugar ya están ahí, los que aún se encuentran en las calles es por la ausencia de deberes apresurados. No se ven los unos a los otros, no chocan sus hombros, no se saludan; cada quien está perdido en su vida, tal como sucede en las grandes ciudades.
Hernán cruza a la derecha y pasa por un lado de la plaza donde jugaba de más pequeño. A su derecha los autos pasan y a su izquierda se encuentran los juegos, los toboganes, los columpios y los recuerdos; recuerdos de cuando su madre y las de sus amigos se reunían mientras ellos hacían de las suyas. Entre sus compañeros estaba Ángel Palacios, quién ya lleva una semana desaparecido; nadie le ha visto ni lo verán, o por lo menos así piensa Hernán. Ángel siempre fue, junto a él, uno de los chicos más tranquilos que se divertía simplemente con un pequeño carro o columpiándose con tranquilidad, sintiendo el planeta girar a sus pies mientras el subía y bajaba; subía y bajaba. No hay mayor disfrute que ese. Pero esos días habían quedado atrás. Ángel había desaparecido y en la escuela todos hablan de él, incluso se escuchaba su nombre entre padres susurrándose unos a otros, todos con gestos afligidos. Los padres de Ángel habían entrado desesperados en la escuela; la madre llorando, el padre mudo; con la esperanza de recibir alguna pista, pero sin ninguna respuesta. Hernán no teme por Ángel, sabe que debe estar bien, porqué Ángel es un niño bueno, y Dios no castiga a los niños buenos.
Dios castiga a los niños malos.
La frase sigue deslizándose por sus oídos traída por el fantasma de la conciencia. Las cosas no habían cambiado sólo por la desaparición de su amigo, sino también por él, por Hernán, quien se estaba convirtiendo en un niño malo. Se había fugado de la escuela tras engañar a su madre con un plan sencillo: le dijo a su transportista que no lo viniera a buscar, pues acompañaría a su madre a hacer unas diligencias; luego le dijo a su madre que su transportista no lo vendría a buscar porque debía ocuparse de unos asuntos, por lo que tendría que irse solo. El plan salió a la perfección, incluso para sorpresa de Hernán. Su madre le dio pasaje y sin sospechar nada le dejo ir, sin percatarse que tras esperar unos minutos, su hijo daría media vuelta en dirección contraria a su colegio.
Ahora estaba ahí, a pocos metros de los videojuegos ¿siendo malo? No, no era malo, no podía serlo porque si no Dios lo castigaría. El simplemente estaba siendo justo, ¿no? Por qué cuándo los padres sobrepasan la exigencia y le restan libertad a su hijo, no le dejan más opción que actuar a escondidas. No, no estaba siendo malo.
Pero dudaba, dudaba mucho. Si estaba siendo malo ¿cuál sería su castigo? El señor lo condenaría con algo horrible ¿Plaga, hambruna, enfermedades, el fuego eterno? Toda su vida le enseñaron a temer su ira, mas no a prever como podría manifestarse, ni cuándo, ni dónde. Si de verdad estaba siendo malo, y su madre tenía razón, podría estar arruinando toda su vida en ese momento, con aquél pecado. Aunque en los diez mandamientos no se mencionan los videojuegos.
El miedo lo detiene a pocas calles de su destino. Los árcades están a dos cuadras y ya puede verlos. Están abiertos y vacíos, obviamente no deben visitarlos muchos niños entre semana y tan temprano, así que Hernán no tendría que hacer colas para ningún juego; no tendría que esperar. En sus bolsillos rebosan las monedas que le prometen pasar toda la tarde jugando. Si cruza dos calles llega al paraíso, pero el salir estaría condenado al infierno; ése es el problema.
Hernán mira a los lados y el miedo irracional se apodera de él. Su madre podría aparecer por cualquier lado, o una de sus amigas, o cualquier otro familiar. Sería atrapado ahí, con las manos en la masa, como un vulgar criminal. Tendría que dar muchas explicaciones con la cabeza agachada. Aún no es tarde, podría volver al colegio, podría inventar una mentira para su retraso. Excelente idea: Cubrir una mentira con otra.
La indecisión le atormenta. Tal vez su madre no lo está viendo, pero Dios sí.
Debido a sus dudas, Hernán no nota aquel auto que lo ha estado siguiendo por varias cuadras, con lentitud y paciencia, como un cazador acechando su presa. Ahora lo observa estacionado una cuadra atrás. Sus vidrios son oscuros impidiendo ver el interior y cualquier persona que lo viera pensaría que está apagado, de no ser por el apenas audible rugir del motor y las dos personas que se encuentran en su interior, en silencio, observando al pequeño. Ninguno de los dos dice nada ni rompe la quietud. No necesitan intercambiar planes ni pensamientos. La calle está vacía a excepción del niño y conocen la zona lo suficientemente bien para saber que no hay cámaras ni patrullas cerca. No hay ventanas abiertas. No hay miradas curiosas. Sólo ese pequeño que mira de un lado a otro de la calle, al parecer indeciso, al parecer indefenso.
El auto acelera con parsimonia y estaciona al lado del chico.
Hernán se fija por primera vez en él. Un indescifrable escalofrío se apodera de él y le congela los sentidos. Suda a pesar del frío que de repente siente. Su corazón se acelera y un pitido cruza su mente. Quiere correr, sin saber por qué. Quiere gritar, sin entenderlo del todo. Sólo sabe que le teme a ese auto a su lado, pero ya es muy tarde para correr. La puerta del copiloto se abre y sus peores temores con confirmados: Su profesora Ojeda aparece ante él.
Kairy Ojeda es una de sus profesoras favoritas. Es tierna, cariñosa, comprensiva y divertida. Ella lo ve con cariño mientras rodea el auto y se le acerca. Hernán se alegra de verla hasta que recuerda el sitió dónde está y como llegó ahí.
Atrapado, lo han atrapado.
– ¿Hernán, qué haces aquí en horas de clase?
– Pues, verá, Profesora...
-– ¿Tu mamá sabe que estás aquí?
Ambos sabían la respuesta.
– ¿Alguien sabe que estás aquí?
– No, profesora - responde avergonzado.
– Hernán,  Hernán.
La profesora le da unas palmaditas. Hernán se sonroja sin dejar de ver al suelo. Atrapado por una de sus mejores profesoras, y estando tan cerca de llegar. Su suerte no podría ser peor.
– ¿Estás con alguien?
– No, profesora, estoy sólo. Lo siento mucho.
– Hernán - suspira - no esperaba esto de ti ¿Cómo se te ocurre caminar por ahí solo y  sin permiso de tu madre? Algo podría pasarte ¿y si desapareces como Ángel?
Hernán no responde, desea que la tierra lo trague. Su plan fue estúpido, debería estar en la escuela, como siempre, estudiando; y no en pleno centro a punto de ser llevado con su madre y castigado de por vida.
– Me decepcionas mucho, Hernán.
– ¡Perdón profesora! No sé por qué lo hice, solo quería jugar un poco. Pero ya estaba empezando a dudar y quería irme al colegio, se lo juro.
– ¿Y cómo ibas a entrar al colegio a estas horas?
– Pues...
– Hernán… - Dice con tono reprochador.
– Con una mentirita blanca. - Confiesa sin querer verla.
– Me parece que ya has mentido mucho por hoy, Cáceres, debería llevarte con tu madre.
– ¡No, no! ¡No lo haga profesora, le prometo que no lo volveré a hacer!
– No sé, Hernán.
– ¡Se lo juro, me portaré bien! Pero por favor no me lleve con mi madre.
La profesora Ojeda lo observa por unos segundos en los que Hernán siente como el mundo se le cae encima. Si lo llevan con su madre, es el fin.
– Hagamos algo Hernán, te llevaré al colegio y de algún modo conseguiré meterte, pero solo por esta vez. Y debes proteger no decírselo a nadie.
– ¡Se lo prometo! - Y la abraza
Por eso siempre le gustó la Profesora Kairy Ojeda. Siempre es quién más les hace reír en clase y los ayuda con la tarea, que suelen ser más divertidas cuando ella las manda. Es de las pocas que parecen de verdad disfrutar cuando está dando una clase, o compartiendo con sus alumnos. Siempre buscando una forma de ayudarlos y hacerlos sentir mejor aun cuando están fallando. Esa labor incondicional le ha hecho ganarse el cariño y el respecto no sólo de sus alumnados, sino también de los padres y sus compañeros de trabajo. Debía ser genial ser hijo de Kairy Ojeda. 
– Vamos al auto.
Hernán entra en el asiento detrás del conductor a la vez que la profesora le presenta a su esposo. El hombre está oculto detrás de unos lentes oscuros, y su saludo consiste en un gesto con la mano en donde se puede ver una cicatriz curveada en su muñeca. Hernán lo saluda de vuelta y se acomoda en su asiento. El auto acelera y se mueve por el laberinto de vías.
– Profesora, éste no es el camino a la escuela.
Nadie le responde.
Poco sabe Hernán, que tras subirse a ese auto, tendrá un único pensamiento por el resto de sus días:
Dios castiga a los niños malos.

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28 may. 2016

¿Cuál es el miedo?

¿Cuál es el miedo?

¿Te identificas con esta foto? 


“Predicar moral es cosa fácil; mucho más fácil que adoptar la vida a la moral que se predica” ‒ Arthur Schopenhauer
“La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica” ‒Bertrand Rusell

¿Cuál es el miedo a que te digan las verdades en tú cara? ¿Cuál es el miedo de escuchar una opinión que te contradiga? ¿Cuál es el miedo de escuchar a alguien decir que estás equivocado? Se supone que eres fuerte, ¿no? Que tienes personalidad, carácter, criterio, ¿entonces por qué ocultas tus acciones para que no se enojen contigo? Si realmente te consideras fuerte, no deberías de andar con la cola entre las patas.  ¿Cuál es tu maldito miedo a contar lo que hiciste? Y sí, me importa un carajo ser grosero en este momento; las normas de educación no me harán políticamente correcto; ni mucho menos me quitaran la razón. ¿Por qué cuentas solo lo que te conviene? No mientes, okey, pero tampoco dices toda la verdad. Te ocultas, sí; te ocultas cobardemente detrás del silencio para que alguien no te diga lo que tú ya sabes que te dirá. Ah pero te gusta que te apoyen, ¿no? Sí, eso te encanta. Que te den ánimos, que te  den aplausos, que te digan que todo estará bien. Te encanta tener un hombro donde llorar cuando estás triste. Te encantan los consejos, eso no lo puedes negar; que te digan qué hacer cuando la vida te confunde. Sí, todo eso es hermoso. Que bello. Que precioso. Ahí todo es color de rosa, ¿no es cierto? Ahí sí todos somos amigos bailando alrededor de unos canto de sirenas. Pero las sirenas mueren cuando es otra la respuesta. Cuando dices algo y te responden con lo que no querías escuchar; cuando esperabas otro consejo; cuando no llega el apoyo deseado. Y no es que esa persona te esté echando mierda, es sólo que difiere de tus acciones y, aún con buenas intenciones, te recomienda todo lo contrario. Pero tú… tú odias eso, y para evitar el episodio incomodo prefieres callarte la boca y guardarte  el secreto. ¿Todos felices? Claro, a base de una mentira.

¿Cuál es el miedo a no tener a razón? ¿Cuál es el miedo a la sinceridad? Te aterra pensar que se pueden enojar contigo; o aún peor, que te hagan enojar con lo que te digan. ¿Dónde coño está la madurez de la que alardeas? Esa que debería bastarte para que no tengas que hacerte oídos sordos tapándote las orejas como un niño. Si tienes la suficiente audición para escuchar palabras bonitas, deberías tener la misma para escuchar esas palabras feítas que tanto te asustan. Porque sí, carajo, sí; admite que te asustan. Te asustan porque eres cobarde. Te asustan porque no quieres ser herido. Nadie en este puto mundo quiere, pero si tan especial te crees, no deberías actuar como esos otros seres (ay, pero que bonito, me salió en rima). Pero te sigues ocultando. Te sigues callando. Maldita sea, sigues diciendo sólo lo que te conviene. En mi diccionario eso es cobardía. Creo que también algo de hipocresía. Coño, no sé, no voy a parar de escribir para buscar una bendita definición; así que, esté en lo correcto o no, te lo diré por gusto: Hipócrita. Ahora te lo repito: Hipócrita. Ahora te lo grito: ¡Hipócrita! Maldita sea estoy volviendo  enojarme. Maldigo mis dedos por no escribir más rápido para así plasmar cien insultos por segundos. Debería hacer un curso de taquigrafía. Ya va, ¿en dónde estaba? Ah,  sí: ¡Hipócrita! Y también podría decirte interesado… o interesada. ¿Ven que bonito soy? No discrimino por sexo. Oh sí, que alguien me dé un nobel.  ¿Y por qué estoy hablando en singular? ¡Hipócritas! ¡Cobardes!  Con la S bien marcada porque el problema es precisamente ese: son muchos. No voy a generalizar, pero coño, sí, son muchos, demasiados. Me superan en número. Bastardos.

Bueno, ya me calmé un poquito, así que regreso al tema del texto: ¿Cuál es tu asqueroso miedo? “No me gusta que se enojen conmigo” excusa. “No quiero hacerte enojar” excusa. “No me gustan las peleas” excusa. “Es mi vida” ¡Pero claro! ¡Que brillante respuesta! ¡Es tu vida! Y te sientes tan orgulloso de ella que se lo ocultas a los demás, ¿verdad campeón? O campeona… ¡No a la discriminación sexual!

Vale, ya me aburrí de escribir; creo que estoy satisfecho. Para que este texto no quede insustancial vamos a darle un bonito final cliché con moraleja incluida. Un par de consejitos para que sigas si te da la gana. Ah y si te parece que aún no he explicado mi punto, por favor vuelve a leer desde el comienzo, porque a estas alturas deberías saber que no es un texto argumentativo. Aquí no vine con la idea de enseñar ni explicar, ¿vale? Muy bien, concluyamos:

|           Deja el maldito miedo (si, ya sé que he repetido muchas veces “maldito” pero la verdad es que no soy muy bueno con las malas palabras). Deja el miedo a que se molesten contigo. El miedo a que te digan lo que no quieres escuchar. Si vas a alardear de ser fuerte, firme, sincero y directo, entonces tienes que serlo a tiempo completo, mi amor. Nada de medias tintas. Y no es tan complicado; yo lo hago (y sí, lo presumo. Soy Mister Engreído). Así que deja de andar inventando excusas para ocultar las cosas. Muéstrate tal como eres, con todo y acciones; sean estas buenas o una absoluta cagada. Ya basta del miedo a la opinión de los demás. O a la opinión de una persona. Porque yo sé que le temes a la opinión de un ser querido en ocasiones; a todos nos pasa. Yo le tenía miedo a la de mi papá… Pero ya estoy alargando mucha esta tontería. Resumen de este sinsentido: Deja el maldito miedo.

Fin.

‒‒‒
Creo que no fui muy agradable en el texto anterior, pero si te gustó, sígueme en mis redes sociales: Facebook y Twitter  y comparte esta publicación. Deja el miedo a dar tu opinión y dime lo que piensas en los comentarios.

¡Gracias por leer!

24 may. 2016

Demonios Terrenales: La Reunión

Para leer el prólogo, has click en el siguiente enlace: Prólogo


I
La reunión




Dicen que la lejanía puede otorgar la paz; el estar alejado de todos y de todo, acurrucado en el horizonte pero sin ser esclavo de la soledad. El merecido descanso del mundo exterior, lugar de preocupaciones mundanas pero reales. Ancianos que se retiran a campos dónde pasarán el resto de sus días atestiguan lo anteriormente dicho. Podría ser considerado un escape, pero sin importar lo lejos de una locación, esta sigue perteneciendo al mismo mundo que tarde o temprano le alcanzará.
Guares inició como lugar de retiro, un pequeño pueblo rodeado de llanuras, a cientos de kilómetros de la ciudad más cercana. Parejas retiradas en busca de descanso llegaban día tras día, estableciéndose para disfrutar de su silencio. Con el paso de los años el pueblo fue creciendo; muchas familias encontraron su hogar en el pueblo y poco a poco fueron apareciendo negocios, moteles, escuelas y parques. Guares seguía siendo un lugar pequeño, pero más cómodo, accesible y, según algunas familias, un gran lugar para criar a un niño.
Guares posee al menos cinco escuelas, aunque una sola y pequeña universidad; un hospital, una jefatura de policía, varios centros recreativos que en su mayoría son parques para niños, con canchas de fútbol y béisbol. Las zonas residenciales se esparcen por todo el pueblo debido a su desorganización; no es raro encontrar un casa en el pleno centro. Un centro comercial que no aspira a más. Una alcaldía y dos edificios históricos pocos conocidos. Todo lo necesario para que un pueblo pudiera ser considerado como tal, sin mostrar pretensiones o deseos de llegar a más.
El turismo no es uno de sus puntos fuertes. Sin tener mucho que ofrecer, los viajeros pasan por Guares sin siquiera bajar las ventanas, y si alguno se detiene, es probablemente para pedir una dirección y luego seguir su camino. A pesar de esto, Guares hace gala de moteles y tiendas de recuerdos en sus extremos, con libros o folletos que relatan la modesta historia del pueblo, o sus posibles sitios de interés.
La tienda de objetos del sur del pueblo pertenece a Rossi Meneses, mujer de sesenta años que ha pasado toda su vida en el pueblo, saliendo ocasionalmente en vacaciones o en su luna de miel con su esposo ya fallecido. Al quedar viuda, Rossi decidió continuar con el negocio fundado por su marido, resistiéndose a buscar un trabajo lejos del local dónde también duerme. Sus ganancias son tan pocas como sus necesidades, por lo que Rossi no se preocupa por su economía, ella disfruta de su lugar y de su trabajo, dedicándose simplemente a vivir. Su negocio no necesita de muchos arreglos, es un edificio de dos pisos donde el principal es la tienda y el segundo su departamento. La tienda carece de iluminación, siendo los rayos del sol quienes le dan su brillo, acompañados de unas pocas bombillas. Estanterías repletas de baratijas o libros la recorren de par en par, con sus paredes de madera negra y su suelo chirriante. Detrás se encuentra un patio que da a la llanura, con dos mesas y varías sillas sin puesto fijo.
Irónicamente, la tienda de Rossi es más visitada por lugareños que por turistas. Siendo tan longeva en el pueblo es bien conocida y querida por sus habitantes, quienes no dudan en visitarla y usar su local como punto de reunión para comentar los sucesos del día, cómo una taberna improvisada.
Cómo muchos otros días, Rossi se levanta sin apuros a las nueve de la mañana; prepara su desayuno y dedica gran parte de la hora temprana para los quehaceres del hogar, dónde siempre hay un rincón para limpiar. La mañana transcurre con normalidad y le da paso al mediodía, hora en que abre su tienda. Las horas siguen su curso y  los clientes que han entrado podrían contarse con los dedos de una mano. Alrededor de las cinco, con el sol iniciando su descenso, la campanilla tintinea y la puerta se abre. Entran Nelson Vasquez, Gabriel Nuñez y Ricardo Ramirez; tres de los pueblerinos que más visitan a Rossi; los rodean los veinte años y suelen ser tranquilos en su temperamento, dedicando sus días libres a reunirse, hablar entre amigos y beber un poco, haciendo apuestas cuando la economía lo permite.
Rossi los saluda con alegría, siempre feliz de recibir compañía con quien poder conversar. Los visitantes la saludan de vuelta y le ofrecen sentarse con ellos a relajarse un segundo; ella acepta  sin problemas dejándolos pasar al patio posterior para que acomoden las sillas mientras  pone todo en orden.
Mientras los chicos acomodan su lugar, la campanilla vuelve a sonar y un hombre maduro entra con su hija, El hombre, tranquilo como es, y lugareño cómo los otros, saluda a Rossi mientras su hija busca unos libros en su estantería.
‒ ¿Cómo va el negocio Rossi?
‒Pues ahí vamos, Autor, hoy no ha habido mucha venta. ¿Qué busca Lucy?
‒Un libro para su clase de historia, su madre está en el auto, apurada como siempre.
Lucy se acerca al mostrador con el libro, saludando a la señora; esta le cobra y le desea suerte con su tarea. La pequeña sonríe y apura su papá, quién no parece tan animado de irse.
‒Hoy no tenemos actividad en la fábrica, está detenida por ausencia de material.
‒Vamos, papá.
‒Espera Lucy, que estoy hablando con la señora Rossi.
‒Que mal, Autor. Nelson, Ricardo y Gabriel llegaron hace unos minutos, están atrás, acomodando las sillas, las bebidas y seguro que trajeron cartas. ¿Por qué no te nos unes? Podrías pasar el rato.
‒A mamá no le gustará.
‒Tu mamá me deja divertirme muy de vez en cuando, Lucy ‒Acepta Autor ‒. Vale, déjame acompañar a la niña al auto y avisarle a Lucia, ya vuelvo. No me dejen tan rápido sin bebida, mira que ese Ricardo parece máquina expendedora.
Autor salé acompañando a su hija y volviendo al cabo de unos minutos.
‒Lucy tenía razón, a su mamá no le gustó mucho que digamos ‒dice con una sonrisa de culpabilidad.
Ambos ríen como viejos amigos y entran al patio, donde los tres jóvenes ya están acomodados conversando y jugando una partida de cartas. Autor le pregunta a Rossi por los clientes, ella le dice que se relaje, pues si alguno llegase, la campanilla les avisaría. Ricardo saluda al recién llegado invitándolo a sentarse. Tras pasarle una botella de cerveza, todos se acomodan tranquilos y continúan su juego.
Pocos clientes los interrumpen, haciendo que lleguen las cinco sin que apenas se den cuenta. El sol ya está bajándose y el cielo se tiñe de naranja, con los pocos vientos traídos del oeste. La llanura sigue tan cálida y tranquila como siempre, con su silencio hipnotizador, mostrando las nubes cómo portales al cielo que se mueven con lentitud, mucha lentitud. Los primeros animales nocturnos se arrastran por la tierra siendo atraídos por la luz del pueblo, o repudiados por ella.
El cesto de basura se ha llenado de botellas vacías pero todos siguen en sus cabales. Las conversaciones giran alrededor de los trabajos de cada quién, con comentarios al azar o chistes inoportunos. Una simple pregunta inicia todo:
‒ ¿Supieron lo del hijo de los Palacios? ‒Pregunta Gabriel
‒Sí ¿qué habrá pasado?
‒ ¿De qué hablan? ‒Pregunta Nelson.
‒El chico desapareció hace tres días, al parecer se iba solo a casa después del colegio. Salió y no se le volvió a ver. Los Palacios están desesperados buscándolo
‒Y no es para menos ‒Añade Rossi ‒ es su único hijo. Lo vi un par de veces por aquí, le gustaban las estampillas coleccionables, sobre todo las de béisbol. No dejaba que su padre se fuera sin comprarle al menos un par de ellas.
‒Tal vez por eso no lo traían mucho por aquí.
‒Puede ser
‒ ¿Pero aún no han sabido nada de su paradero?
‒Para nada ‒ Responde Ricardo‒. Sé que han registrado todo el pueblo pero el chico se esfumó.
‒Tal vez se perdió en la llanura ‒ Aventura Nelson
‒Tal vez… Si no lo encuentran hoy, supongo que organizaran algún escuadrón de búsqueda. No puede estar en cualquier otro lado
‒A lo mejor el niño se escapó con alguna amiguita ‒Ríe Gabriel.
‒ ¡Gabriel, por favor! Tiene sólo doce años ‒ le reprende Rossi ‒.Algo más tuvo que haber pasado, tal vez cometió alguna travesura y se está escondiendo en casa de algún compañerito
‒En ese caso, vaya bromista la que está haciendo. Si no lo encuentran muerto, lo matarán.
‒ ¡Gabriel!
Todos ríen sin prestar mucha atención y siguen las conversación; todos menos Autor, quién observa la llanura sin decir comentario.
‒Sea lo que sea que haya pasado, me da pena con los Palacios. Siempre que venían a la tienda se les veía muy apegado al chico. Ojala lo encuentren pronto.         
‒Pero ya, en serio ¿qué creen que pudo haber pasado? ‒ Dice Nelson
‒ ¿Quién sabe?
 ‒No pudo simplemente desaparecer o volverse aire
Todos guardan silencio.
‒A mí me parece bastante obvio ‒dice Autor participando por primera vez ‒ si el chico no se fue por su cuenta, solo pudo haber pasado algo.
‒ ¿Qué?
‒Alguien se lo llevó en contra de su voluntad.

Nadie dice nada, tal vez por no saber si comentar un chiste o no. La conversación había cambiado de tono y el ambiente comenzaba a enfriarse por algo más que un gélido viento.
‒Dios no lo quiera Autor ‒dice la señora.
‒Es la única explicación Rossi. Todos conocían al pequeño Ángel, jamás se iría por su cuenta. Era un muchacho tranquilo, tan responsable que le dejaban irse solo a casa. Si es así, ¿Dónde está y por qué no llegó con su familia?
‒Tal vez sufrió un accidente.
‒Imposible. En Guares siempre nos enteramos de todo, hasta el más pequeño accidente es comentado, y ustedes lo saben. Es una posibilidad, claro, pero es bastante raro que de ser ese el caso, nadie dijera nada.
‒Pero lo que tú sugieres, Autor ‒dice Ricardo ‒ es que alguien se llevó. ¿Quién haría eso?
‒No lo sé, pero creo que la verdadera pregunta es ¿por qué?
‒ ¿Por qué?
‒Sí, "¿Por qué?", piénsenlo: La familia Palacios es una familia pequeña y tranquila, nunca he escuchado que lastimarán a nadie, al contrario, son los primeros en ofrecerse a ayudar cuando surge algún problema. Es casi imposible qué pueda haber alguien que tenga algo en contra de ellos. Ambos nacieron y se criaron aquí. Él es un vendedor y ella ama de casa. Son personas honradas, eso le resta posibilidad a que se hayan metido con las personas equivocadas. Son una familia normal en uno de los pueblos más tranquilos del país. No existe razón alguna para que alguien quisiera lastimarlos.
‒Entonces nadie se llevó a su hijo ¿no? - Pregunta Gabriel.
‒Aún existe otra posibilidad.
‒ ¿Cuál?
‒Qué quien lo hiciera, lo hizo por puro placer.
El sol moría tras el horizonte con la luna mostrándose triunfante. Las primeras estrellas hacían acto de presencia y las nubes se perdían en la oscuridad. Los grillos cantaban al ritmo de la noche y rompían el silencio, pues en aquél patio nadie decía nada mientras Autor los miraba a todos uno por uno.
‒Eso es precisamente lo qué me preocupa. Hay muchas cosas que mueven a un hombre: El dinero, el amor, el miedo, la codicia, entre otras; pero una de las más poderosas es la pasión. La pasión puede hacer que un hombre se olvide de todas las reglas establecidas, que escale montañas y cruce mares para conseguir eso que tanto anhela. A un hombre codicioso se le puede persuadir, a un hombre con miedo se le puede ayudar, pero un hombre con pasión es impredecible. Se mueven bajo su propia ley sin que nadie les pueda parar mientras esa llama arda en su pecho. Es un poder que muy pocos hombres poseen y muchos envidian. Si la pasión de un hombre es el secuestro de un niño, podemos estar en presencia del peor de los males. Alguien insaciable que se divierte con lo que consideramos una monstruosidad. No sé ustedes, pero yo tengo miedo y espero estar equivocado; porqué si estoy en lo correcto, y hay un hombre suelto con deseos de niños, les puedo asegurar una cosa: Habrá más desapariciones.
El silencio reina con la llegada de la noche, con aquél grupo de civiles aterrorizados por una idea. Antes de poder decir nada, la campanilla suena anunciando el último cliente.

‒‒‒

Como habrán visto, esta vez fue un capitulo ligero. Algo así como una introducción para poder presentarles el pueblo. Si les gusto Compartan la publicación; síganme en mis redes sociales: Facebook  y Twitter. ¿Quieren saber qué pasa con Ángel? ¿Está Autor en lo cierto? ¿Quieren que continúe la historia? Háganmelo con sus críticas y opiniones en los comentarios.
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22 may. 2016

Ayer me vi

Ayer me vi

Ayer me vi caminando por la acera. La infancia me hacía suyo; un pequeño niño deambulando por el camino. Estaba ajeno a todo lo que le rodeaba; manos en el bolsillo, audífonos en los oídos. Caminaba sin ver en dirección a la parada, recién salido de la escuela.

Quise seguirme pero estaba inseguro; indeciso de si avanzar o dejarlo partir a su destino. No podía dejar de verlo. Su cabello crispado, sus ojos verdes, sus brazos cortos y delgados. Tan indefenso con el mundo que lo rodeaba. Tan solo…

Quería hablarle. No sabría por dónde comenzar de tanto que quería decirle. Quería sentarme a su lado y entablar una conversación que no olvidara jamás; ser el primero en estrecharle la mano. Oleadas de palabras se me ocurrían y dudaba que tuviera tiempo suficiente para que las escuchara todas.

Quería decirle que no estaba solo aunque así se sintiera; que me tenía a mí, que se tenía a sí mismo y eso era lo más importante. Por más que se sintiera desolado, la compañía de su sombra no lo abandonaría y a ella debía aferrarse. Su mejor amigo debía ser su reflejo.

Quería decirle que no tuviera miedo del miedo, que confiara en él. Que una vez encontrada su pasión, la abrace como se abraza a una amante y no la suelte por más que el suelo tiemble. Debía decirle que confiara en su talento, en sus habilidades, y luchara ferozmente por mejorar sin permitir que nadie lo hiciera dudar. Escoger su destino como quien escoge el tren a seguir, sin rendirse, sin doblegarse. Aprender a ser intransigente. Escribir como si no hubiese un mañana, pues será entre letras donde purificará su alma. Ahí es donde hallará fuerza y motivación. Es entre letras donde sentirá por primera vez lo que es la pasión.

Deseaba sentarme a su lado y que escucháramos juntos la misma música, que la cantáramos para relatarle que, pasara lo que pasara, no debía quitarse los audífonos. Que escuche cada canción como si fuera un llamado del cielo; que las recite a todo pulmón, que las aprenda al revés y al derecho. Esas canciones serían la cobija en noches frías; maestros sabios que lo guiarían cuando estuviera perdido. Sería en la música donde encontraría esos referentes que su familia no le ofrece. Hombres admirables que comparten sus ideales. Ellos le darán esperanza.

Quería hablarle de esos errores que cometería; esos fallos imperdonables. Le esperaban tantas caídas, tantos tropiezos… Necesitaba colocarle la mano en el hombro y decirle que no se dejara derrumbar, que se mantuviera fuerte. Que no hay hombre existente sin equivocaciones y de las suyas saldría adelante. Todo estaría bien. Debe aprender que el dolor será terrible y angustioso, que dudará de todo; se sentirá un fracasado por demasiados amaneceres y esa imagen adjudicada por cuenta propia se apoderaría de él, pero no podía permitirlo. Quería aconsejarle que se mantuviera firme cuando el cielo se cayera, que protegiera sus alas para que volara cuando lo deseara. Que al final, lo importante es seguir volando. No es un mediocre, jamás lo ha sido y jamás lo será; sin importar lo que le diga quienes lo rodean.

Tenía que hablarle de sus dudas, de sus temores; enseñarle que la grandeza está a su alcance pero debe buscarla, porque no vendrá sola. Debe ser consecuente, buscar  una meta y lanzarle hacía ella sin tener miedo de no lograrlo. Él no lo sabe, nadie se lo ha dicho, pero es capaz de grandes cosas que con el tiempo demostrará. Aprenderá que la grandeza es mental, es espiritual, y  puede ir tras ella pues es tan digno como cualquiera. La sabiduría es un tesoro lejano que siempre estará buscando y jamás sabrá cuando la encuentre. Mientras camina se cuestiona todo: amor, religión, odio, perdón, amistad, estudios, trabajo. Demasiadas preguntas para un niño que no tiene a quien preguntarle. Pasará muchas noches sin dormir hablándole a las paredes, escuchando una voz interna respondiéndole.

Quería decirle que es uno más, no uno menos.

Vale más llorar en los brazos de tu madre que a solas en la habitación; y respecto a ellos debía decirles que los perdonara por sus errores, porque ellos siempre lo perdonarían. Tal vez no sean los padres perfectos, pero él no es el hijo perfecto y se tienen el uno al otro; que los escuche pero sin perder el criterio propio, pues incluso ellos pueden errar. Pero sobre todo, que les hablara, que les contara sus fantasías y añoranzas en cada oportunidad; que les abrazara y bromeara con ellos buscando siempre una sonrisa. Sin importar que su padre le respondiera con el silencio, sin importar que su madre le regañase tanto. Debí haberme sentado a su lado y decirle que se acercara a ellos, que no permitiera crear la distancia entre padres e hijos pues eso lo condenaría.  Y sin olvidar a sus hermanas… quería decirles que ellas están tan perdidas como él, y el hecho de que sea el hijo menor no lo hace mudo de opiniones. Que les hable a sus hermanas, que las ayude cuando pueda. Tal vez así logré marcar una diferencia en sus vidas y ellas en las suya; en vez de un silencio crepuscular al pasar uno al lado del otro por el pasillo del apartamento. Su familia siempre será problemática. Su padre le gritará que fue un error haberlo tenido; su madre llorará preguntándose en que falló como para que él fuera como es. Esas heridas no sanarán, pero puede volverse lo suficientemente fuerte para aguantar el peso. Puede seguir amándolos.

Debía informarle que algún día un ángel se le aparecerá en forma de amiga y ella sería la primera en prestarle atención, la primera en escuchar lo que tuviera que decir; una personita muy especial, a veces algo difícil de llevar, pero la primera en querer saber el porqué de silencio; la primera en preguntarle “¿Estás bien?”. Detalle que él le agradecerá toda su vida. Después llegarían otros también dispuestos a hacerlo. Debe abrir su corazón y dejar que entren, quitarse la armadura y permitirse conectar con otras personas. Nadie se lo ha contado, pero allá fuera hay muchas personas buenas y él puede conocerlas. Pagarles su amistad con lealtad, con ayuda; y sin importar cuantos lo traicionen o le fallen, mantenerse fiel a sus ideales. No dejar que arruinen su visión del mundo donde podemos ser algo más que simples egoístas.

Debe preocuparse más por sí mismo pero sin olvidar a los demás.

El niño se subió a un autobús y yo lo seguí. Me senté unos asientos por detrás y le presté atención. Él observaba a todos los pasajeros, a todos los transeúntes de la calle; los estudiaba preguntándose cómo serían sus vidas. ¿Serán felices? ¿Se puede ser feliz? Me hubiese gustado sentarme a su lado y decirle que sí, pero solo por momentos. Él seguía observando  con expresión sería ocultando unos pensamientos demasiados complicados para un niño; enigmas que no podía resolver. Alguien debía decirle que más vale una sonrisa que un ceño fruncido. Que un día puede ser bueno si desde el comienzo te propones que así sea. Todo es cuestión de actitud, de deseo, de la forma en que veas el mundo; y la suya, su visión, era demasiada oscura. Quise decirle que pensara de otro modo, que la vida puede ser mejor de lo que parece; ofrece más de lo que muestra.

Debía advertirle de todo lo que estaba por pasar. En el futuro perdería personas; algunas se irían arrastradas por la muerte, otras por su propio pie. Ninguna volvería. Y a él le dolería, le dolería muchísimo. Quería decirle que ese dolor no sería eterno, que volvería a contar chistes sin sentido y a jugar con su imaginación. Necesitaba saber que no siempre sería su culpa; muchas veces el destino sería quien le quitara a esos seres, otras sería la naturaleza humana, esa que él no entiende. Debía decirle que las personas que se van caminando y no vuelven son las que no lo merecen, son las que no lo aprecian; pero habrá otros que le darán su justo lugar.

Debí advertirle de lo decepcionado que se sentiría de sí mismo, y de la decepción que brillaría en los ojos de sus padres; pero él no es tan mal chico como cree. Tiene mucho para  dar pero no lo sabe y por ello no se esfuerza. Se limita a vivir, a existir y dejar que los fallos sean quienes lo guie, sin tomar decisiones o dar pasos hacia adelante. No es un inútil, como cree. Tiene talentos, tiene sueños, y tiene una gran inteligencia que debe desarrollar.

Quería decirle que abrazara a sus hermanas, que abrazara a sus amigos, que abrazara a su familia siempre que lo necesitase; que deje de reprimirse y de suplicar en silencio el contacto de terceros. Sé que implora el calor de los “te quiero” que nunca ha escuchado y de los que dudará en futuro.

Quería decirle que perdone siempre que su bondad se lo permita, y que pida perdón aunque el orgullo intente detenerlo.

Nunca debe dar un paso atrás a la hora de ayudar a un amigo. Nunca debe dar un paso atrás cuando quiera defender lo que piensa.

Debe preocuparse por ser único; tal vez nunca lo consiga, pero el hecho de que lo intente ya lo hace especial.

Quería aconsejarle que fuera valiente, que fuera sincero. Dirá muchas mentiras y luego se arrepentirá de cada una de ellas. Se sentirá sucio y rastrero, pero siempre puede cambiarlo si coloca en su boca la sinceridad.

Quería decirle que, en el espejo, se viera a los ojos y no a la cicatrices.

Quería decirle que siempre tendría preguntas, pero el hecho de buscar las respuestas es lo que hace la vida interesante.

Que no dejara de creer en el amor, aunque este lo lastimara. Que lo siguiera buscando pues algún día lo encontrará.

Lo veo ahí sentado y me pregunto como nadie más puede notar su soledad.

Tiene muchas historias en la cabeza. Fantasías infantiles convertidas en maravillosas creaciones que lo hacen elevarse a su propio mundo cuando el resto de la existencia le aburre. Debe tener cuidado con eso, porque muchas veces las fantasías lo alejaran de la realidad.. Él aún no sabe que muchos de esos sueños puede hacerlos verdad con el suficiente empeño. 

Le aconsejaría que robara todos los besos que pueda cuando se le presente la oportunidad, o se arrepentiría después. Que no tema demostrar sus sentimientos, que no oculte los “te quiero” en sus dedos. Que diga tantos “Te amo” como le nazcan.

Quisiera abrazarlo; hace mucho tiempo que nadie lo hace y él lo necesita. Se pregunta quien lloraría si su nombre estuviera en un la lápida. ¿Alguien derramaría una lágrima si la muerte lo alcanzara? Probablemente no, o al menos eso es lo que piensa. No sabe que un niño tan pequeño debería pensar en la vida y no en la muerte. Quiere saber quién lo quiere y cuánto. Pensó en preguntárselo a su mamá y lo intentó, pero en el último momento se arrepintió con el nudo en la garganta y regresó corriendo a encerrarse en su cuarto quedándose con la duda.

Quisiera darle todos estos consejos porque sé que nadie más se lo dará. Muchos le gritarán y lo insultarán como si se lo hubieran enseñado, pero no; él tendrá que aprenderlos todos solo y para ello requerirá muchos años. Experiencias como balas, una tras otra y apenas visibles; demasiadas para su gusto. Momentos buenos y momentos malos; momentos vacíos que son los peores porque nada duele más que una historia sin moraleja.

Quiero sujetarlo por los hombros, mirarlo a los ojos y decirle lo orgulloso que estoy él; nadie se lo ha dicho nunca y eso lo está matando. Ansia escucharlo; no lo dice, no lo comenta, pero sueña con ese momento.  Cree que si no se lo dicen es porque no lo merece. Lo que si le dicen es que debe cambiar, que debe ser mejor; pero no le explican cómo. Le gritan que todo lo que hace está mal, pero nadie le explica cómo hacerlo bien. Él quiere mejorar, de verdad; quiere superarse, pero no conoce el camino. Nadie lo guía. Empieza a creer que no hay uno. Quisiera decirle que no existe uno, sino varios, cientos, millones, y que él puede escoger el que le plazca siempre y cuando no se desvíe.

Se baja del autobús y yo me bajo con él. Lo sigo y me detengo el pie del edificio. Él entra y desaparece por las escaleras. Lo conozco lo suficiente para saber que entrará sin saludar a su familia y se meterá en su cuarto donde seguirá escuchando música hasta que llegue la noche y el sueño lo atrape. Quisiera decirle que despierte; la vida se vive con los ojos abiertos.

Me siento mal por no haberle dicho nada, pero en cierto modo, no estoy preocupado. Lo conozco, se dónde está y a dónde irá. La va a tener difícil en algunas ocasiones, y cometerá tantos errores que no los puedo contar. Vivirá experiencias para las que no está preparado. Llorará, gritará, pero también reirá. Confió en él. Aún no lo sabe, pero es fuerte, muy fuerte; va a resistir todo lo que se le venga encima. Tiene un corazón muy grande y perdonará a todos los que lo lastimen; jamás se dejará dominar por el odio. Es muy inteligente; será un buen consejero y  encontrará respuestas que lo tendrán más tranquilo.  Será un buen amigo y muchos le pagaran con la misma moneda.  Ganará el respeto de muchos y la admiración de pocos. La soledad  y el fracaso seguirán ahí acechándolo, queriendo devolverlo a su reino, pero él les plantara cara; usando escudo y espada las enfrentará, a veces ganará y otras perderá, pero siempre combatiendo. En el fondo es un guerrero que enviaron a la batalla con una espada pero sin enseñarle como usarla. No importa, el aprenderá a punta de puñaladas, de cortes y golpes en el pecho. Como sea, pero aprenderá.

Ese niño es un buen niño y algún día será un gran hombre.

Confío en él aunque nadie más lo haga. Será de esos pocos que se atreven a enfrentar sus demonios. Un mal día se despertará una mañana y dirá “basta”. Un mal día despertará diciendo “Es mi turno de hablar.”

Le aconsejo a quien me lea, que se aprenda su nombre: John Molina; él se asegurará de que el mundo lo conozca. Paso a paso creará un legado.

Está triste, perdido, solo.  Pero al final, de algo estoy muy seguro: Estará bien.
Estoy orgulloso de él.


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