13 ago. 2016

Está escrito

Está escrito

Tal vez esté escrito nuestro porvenir en las largas hojas del libro de la existencia. Tal vez los hilos estén hechos para ser seguidos como dominós cayendo uno tras otro en la larga hilera en busca de un fin.  Tal vez los senderos se asfalten con flechas direccionales que te empujan en el sentido que deseen. Tal vez las fuerzas de unos brazos mortales son insuficientes para quebrar el muro de las huellas celestiales dejadas por seres angelicales quienes, de forma anónima, te observan esperando que termines tu berrinche atrincherado y regreses a esa carretera que ellos te prepararon.
Tal vez exista del destino.
Existen demasiados “tal vez” para ser ignorados en este encuentro efímero con la vida donde todo se tergiversa bajo las circunstancias. La seguridad de lo que es, choca con la inseguridad de lo que puede ser y convierte esto en un juego de cartas descontrolado.
¿Existirá el destino?
Tal vez existan personas destinadas a estar solas por las aceras de su vivienda, viendo a otros amarse pero sin vivir el sentimiento en carne propia. Personas difíciles de querer, imposibles de amar, trabajosas de apreciar. Personas que llevan cargas desconocidas y que las alejan del contacto terciario del beso apasionado. Personas casadas con la soledad. Personas que se enamoran sin encontrar quien se enamore de ellas. Marcadas desde su nacimiento; liberadas al morir. Personas sin labios para besar.
Tal vez existan personas destinadas al fracaso. Esas que corren detrás de los logros,  de las victorias, sin poder alcanzarlas del todo. La vía se extiende y el horizonte se pierde perfilándose como inalcanzable. Gotas de agua que no se comparan al océano. Esas personas con sombras demasiado pequeñas como una flor rodeada de árboles. Nubes minúsculas  en un cielo tormentoso. Personas con grilletes en las manos que deben caminar bajo el sol ardiente de los hombres sin premios en la repisa. La paciencia se les rompe y espíritu se les resigna. Son personar destinadas a la nada.
Tal vez existan quienes estén destinados a la monotonía; personas que vivirán cada día sabiendo que mañana habrá otro que sea exactamente igual al anterior, y luego el siguiente y el siguiente, sin tener la oportunidades de nuevos despertares que les haga abrir la boca de la emoción, sino que viven en el evangelio de la rutina.
¿Habrá alguien destinado al desprecio? A ser aborrecido y odiado; a ser perseguido y acusado.
Muchos se inclinan a pensar que lo que sea que les depare ya está escrito. Sueñan con la grandeza y le llaman destino. Sueñan con el amor y dicen que ya llegará porque así lo proclamó un ser divino. El universo se mueve siguiendo sus deseos y, aunque a veces con lamentos, poco a poco le trae a la mesa ese alimento que ansían comer. Se sientan y espera la llegada del mañana, sabiéndose merecedores de lo que vendrá; de esas glorias por llegar, de esos sueños por alcanzar. Así está escrito.
¿Pero y si ese destino es adverso? Si los que les tiene preparado el universo son miserias, entonces la quimérica idea de la inmortalidad no es más que eso: una idea. ¿Y si sus destinos son la soledad de quien no conoce el calor? O la frustración de quien no logra nada. Lo besos no se darán porque nadie lo escribió. En el libro de la vida, en la página que te correspondía, se les acabó la tinta para compensar todos tus males y, sin pensarlo dos veces, pasaron de página dejándote inconcluso. Te vuelves un cuento de hadas sin un final feliz. ¿Y si tú destino no es lo que quieres? Tu destino puede ser el llanto por las noches y la inopia por la tarde, como un mísero cobarde arrastrado por cadenas inviolables.  Puede que tu destino sea ser la hormiga que no logra entrar al hormiguero. El extra de una película que muere en la primera escena.
Si el destino existe, no puede ser favorable para todos. Si fuiste fichado desde tu concepción, puedes resignarte a la perdición. No te queda otra opción.
¿Existe el destino?
Tal vez


4 ago. 2016

Esperando

  Esperando



                                                           
                Estoy aquí, sentado en el mismo banco en el qué nos conocimos; bajo el mismo cielo, pisando el mismo suelo de la misma ciudad. Ante mí se esparce el mismo paisaje que en su día nos acompañó. Varían las nubes y la estación de las hojas, pero el césped sigue presente. Los arboles siguen colocados en su sitio. Incluso las personas, aunque no sean las mismas, se comportan del mismo modo. Y es que, lo único que falta en este paisaje, eres tú.

            Estoy sentado en el mismo banco como te esperé ese día, aunque ese día no sabía que lo hacía. Ese día solo exitista, como lo he hecho siempre. Me limitaba respirar, a observar. Me limitaba ser parte del ambiente pero sin alterarlo. Ese día me encontraba como me encuentro en todo momento, en una demarcación entre bien y mal; ni mucho de lo uno, ni mucho de lo otro. Expectante, podría decirse. No estaba consciente de la inopia de mi estado hasta que apareciste. Te sentaste a mi lado y sonreíste. Eso bastó. Una sonrisa y adiós a la espera. Lo que vino después se puede leer en cualquier novela donde el romance sea el género. Los besos, las caricias, el deseo. Las peleas no faltaban, pero eran pocas en comparación con los buenos recuerdos. Nos desahogamos nuestros lamentos; nos revelamos nuestros secretos. Primero nació la amistad, luego la confianza y luego ese algo más que une  dos seres que nacieron separados. Dos seres que se encuentran por la casualidad del sendero y, por razones que desconocen, deciden continuar el resto del camino juntos.

            Nos levantamos de aquel banco y empezamos a caminar. Me enseñaste a escalar montañas y oler aromas que nunca había conocido. Atravesamos un par de vías oscuras, pero sostuvimos juntos la linterna que nos ayudó iluminó. A veces tropezaste, yo me detuve y te vendé la herida; a veces tropecé yo y tú hiciste lo propio por mí. En algunas ocasiones caímos los dos, eso fue lo más difícil, porque tuvimos que apoyarnos mutuamente para poder continuar. Pero en general, siempre estuvimos caminando. Conversamos todo el trayecto. Hablamos de tus sueños, ambiciones y metas; yo te hablé de mis temores, inseguridades y complejos. Me hablaste de tu pasado, yo te hablé del mío. Y  al hablar del futuro, no hablábamos de mi porvenir o el tuyo, sino del nuestro. Me observabas con atención como intentando analizarme; creo que lo lograste. Conociste secretos que no sabía que tenía. Yo también te observaba y a todo lo que decías le tomaba la nota; me sentía como un estudiante, y la materia era como mantenerte enamorada. Hubo distracciones, pero siempre retomamos el camino lo más que pudimos. Hubo tristezas y llantos; hubo abrazos y mantos. Tomados de las manos podíamos comernos al mundo, enfrentarlo; nada nos detenía. Los obstáculos nos temían. Tomados de la mano no había problemas ni preguntas; conocíamos las respuestas, las verdades; y las que se escondían no nos interesaba encontrarlas. No nos hacían falta. A veces hablábamos nuestro propio lenguaje: apodos, susurros y abreviaciones. Nadie nos entendía. Eso era lo mejor. No vivíamos en un mundo, teníamos el de nosotros.

            Pero ya no estás. Piensa en lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos; empezamos con un “te amo” y terminamos con un “hasta luego”. Esta historia necesita que la finalicemos, pero ¿no recuerdas que prometimos volver a vernos? Parece ser que soy el único que sigue recordando esa promesa; el que sigue poniendo dos platos de comida sobre la mesa. Lo seguiré recordando mientras mi mente se niegue a pagarse. En algún sitio hay dos labios esperando juntarse.

Fuiste el nombre que rezaba como remitente en la carta del adiós. Eres la foto gris en el álbum de mis recuerdos. Tu imagen sigue siendo lo primero que veo por las mañanas, pero ahora la veo en mis sueños y no al despertar. Ya no estás. Por más que trato de limpiar, el polvo sigue establecido. Las nubes ya no están en el cielo, se han ido. Ya no estás y creo que perdí el mapa; se alzaron las murallas y lo que antes era una vía se convirtió en laberinto. Las viejas amarguras regresaron; la cadena se tensó en mi cuello y volví a ser el perro encadenado que le ladra a quien se acerque. Desde que te fuiste, he aprendido algunas cosas y he olvido tantas otras. Algunos conceptos se confundieron y se mezclaron entre ellos. Todo es una dicotomía entre una yuxtaposición enervada e intrínseca como el trazo sanguíneo de un cuerpo. Todo se conecta con todo y a la final todo está incompleto, sin llevar a ningún lado. Desde que te fuiste, he creído entender lo que es amor, ¿pero cómo voy a saber lo que es el amor si no lo estoy sintiendo? No se puede hablar de lo que no tienes. Soy un ciego hablando de colores. Mi astronomía no tiene estrellas y mi sistema planetario se quedó sin sol; los planetas giran descontrolados sin eje alguno. Intenté mantener el control, pero de mis manos se escapa la cuerda. Intento calmarme, pero en mis venas nace la adrenalina, como si me inyectaras una dosis de melancolía.

            Sin ti, caminé en círculos; y al final terminé regresando a ese banco donde todo comenzó. Lo vi y pude sentir como me daba la bienvenida. Me recibió como a una vieja amistad. Me posé en él y todo fue como antes. Pero no antes en el buen sentido, sino en el malo. Antes, donde todo era nada y nada era todo. Donde los días en el calendario no se diferenciaban, ni había fechas especiales anotadas en la agenda. Donde no había compromisos ni festividades. El planeta volvió su sitio, pero no a girar. Eso solo lo hacía contigo. Me senté y percibí que el tiempo no había pasado, que en realidad yo no había cambiado aunque creía haberlo hecho. Pero mirando mi reflejo noté que era el mismo antes después de ti. No sé si eso era bueno o malo.

            Y ahora aquí estoy, esperando. Al menos ahora sé que es lo que espero. Te espero a ti.

            Mientras espero me pregunto si algún día seré el final del cuento de hadas de alguien. Me pregunto si el pétalo de alguna rosa caerá a mi favor. Me preguntó si seré el primer pensamiento al despertar de una persona, o el sueño por la noche, o la espera del mensaje no recibido. Mientras espero, la incógnita permanece. Es un cincuenta contra cincuenta por el cual no se descontarme. Puede que nunca sea el “buenas noches” antes de dormir que un ser espera recibir. Puede que nunca tenga que volver a comprar flores o chocolates, ni a celebrar el preciado día de cupido. Yace la posibilidad de que mi nombre nunca sea mencionado con emoción después de la frase “tengo que contarte a quien conocí”. El libro no está escrito y no sé cómo se escribirá; y si ya lo escribieron, no sé si mi nombre este incluido en el capítulo del romance. Son muchas dudas que no puedo resolver.


            Así que sigo esperando. Esperándote. Sentado en el mismo banco en el qué nos conocimos; bajo el mismo cielo, pisando el mismo suelo de la misma ciudad. A veces creo verte, pero te acercas fugazmente y pasas de largo. He visto a muchas como tú, pero caminando con desconocidos. Los veo a cada momento y el pinchazo de envidia me aguijonea. Yo sigo aquí esperando. Esperándote. Sentado en el mismo banco en el qué nos conocimos; bajo el mismo cielo, pisando el mismo suelo de la misma ciudad. Aún mantengo la esperanza de que te volveré a encontrar, o que tú me encontrarás a mí. A veces la esperanza se quiebra un poco, pero… bueno… así es esto de lo ambiguo. Quiero pensar que llegarás de nuevo un día, y que no tendré que volverme a sentar en este sitio. Mientras tanto, estoy aquí, sentado en el mismo banco en el qué nos conocimos; bajo el mismo cielo, pisando el mismo suelo de la misma ciudad.

2 ago. 2016

¿Muerto?



¿Muerto?

Me dijeron que estaba muerto,
en cierta forma era verdad.
Latidos huecos sin saber sonar.
Me dijeron que estaba muerto,
en cierta forma era verdad;
muerto por dentro, buscando resucitar.

Digan lo que digan, no caeré;
y si lo hago, me levantaré.
Muchas heridas no van a sanar.
Pero les pongo una venda y empiezo a caminar.

Tatuajes en blanco y negro;
Voces sin ninguna traducción.
Fantasmas que son recuerdos.
La salvación es la introspección.

Digan lo que digan, no caeré;
y si lo hago, me levantaré.
Muchas heridas no van a sanar.
Pero les pongo una venda y empiezo a caminar.

Una enfermedad sin medicamento.
Constelaciones de resignación.
Siempre hay un algo más allá.
La grieta que expande,
la puedes divisar.
Fosa de bienvenida,
Invitándote a saltar.

Digan lo que digan, no caeré;
y si lo hago, me levantaré.
Muchas heridas no van a sanar.
Pero les pongo una venda y empiezo a caminar.



29 jul. 2016

Escritura

Escritura



Te necesito. Ya me has salvado en más de una ocasión y hoy, nuevamente, requiero de tu fuerza. Hoy vuelvo a necesitar de ti; que bajes la mirada, me mires y me brindes una sonrisa. Necesito que seas mi motivo para sonreír; una meta, una esperanza. Hoy necesito que me recuerdes lo que he olvidado, y lo que posiblemente olvidaré en un futuro. De nuevo las cadenas se cierran y estoy tras las barreras. Una vez más todo se me presenta como una quimera. Quiero que me recuerdes que puedes ser real, y que pase lo que pase no me vas a abandonar.  Tú fuiste la semilla que inició todo esto; quien me dio un propósito y me enseñó auto-respeto. Debes volver se presentarte, hablarme, abrazarme; prometer no abandonarme. Debes recordarme que hay un futuro aunque no sea seguro, pero que mientras te mantenga a mi lado alejaremos lo oscuro. Necesito que me digas que tengo posibilidades. Recuérdame que hay talento en mi interior y que tú eres el medio para llevarlo a las realidades. 
Estoy recordando aquellos días estando encerrado, esos días cuando aún no te había encontrado. Soñaba contigo aunque no te conocía; era como un creyente en busca del mesías. Luego apareciste como si fueras un ángel, un arcángel, y yo andaba por ahí más perdido que Dante. Me dijiste que estuviera tranquilo y sobre ti me apoyara, me mostraste un camino que antes no vislumbraba. Pero ahora el camino vuelve a opacarse; a alejarse, marcharse, como una flor al marchitarse. Hoy vuelvo a dudar, a temer, a llorar; y solo tú eres quien me puede salvar.
Recurriré a ti muchas veces, espero eso no te moleste; llevo cosechando nuestra amistad desde hace treinta y seis meses.  Me he reunido contigo en las mañanas, por las tardes y las madrugadas; has sido la perfecta compañera en mi almohada. Te he besado, acariciado, y aunque a veces me he alejado, siempre que regreso me estás ahí esperando. Y volvemos a encontrarnos como dos amantes olvidados, que tienen de nuevo un reencuentro apasionado. Yo en ti vierto ideas, tú las conviertes en realidades. Sobre ti suelto lágrimas y las conviertes en paisajes. Gracias a ti dejo volar mi imaginación; eres mi eterna compañera en esta sucia habitación.
Tienes muchos nombres y no sé cómo llamarte. Solo sé que desde que te encontré  me da miedo fallarte. Trato de ser constante pero a veces se complica, la vida me aleja mientras tu voz  que me quede me suplica. Espero me perdones el descuido, pero te aseguro que mi sentimiento por ti sigue vivo. Te necesito, creo que no sabes cuánto.  Si no fuera por ti, ahorita no estaría andando. Me salvaste la vida, amiga querida. Sanaste heridas convirtiendo penas en poesías. Te necesito, quiero volver a repetirlo, sobre todo en este momento te necesito. El suelo está temblando, no sé si puedes sentirlo; yo lo siento y temo por mi temple: van a destruirlo. Pero tú eres mi escudo y mi espada; en el fondo siempre hemos sido tú y yo en contra la armada. Por favor mantente firme, así podré estarlo contigo; si tú caes, yo caigo; así somos los amigos.
Hace un tiempo me diste fuerza y voluntad; he estado contigo por diversión pero ahora es por necesidad. Se acerca la tormenta,  somos dos contra cincuenta. Debes ser los pies de esta alma que se desalienta.
Me has dado todo y yo todo de mí te he dado; los enemigos que vienen están en nuestra contra, lo han acordado. Quieren romper este enlace, buscan un fatal desenlace; saben muy bien la falta que me haces. No podré solo, pero solo no estoy jamás; ya me has salvado y sé que me volverás a ayudar. Se vienes días turbios, lo puedo oler en el aire; si la tristeza subió, es para causar desaires.  Antes de que comience la batalla quiero que sepas que estoy agradecido; gracias por los bellos momentos, gracias por cumplir lo prometido. Gracias por quitarme el crucifijo, anular los sufijos; solo por ti tengo por fin un destino fijo. Te amo, haré lo que pueda por no soltar tu mano. ¿Ves mis ojos? Sabes lo mucho que han llorado. Pero tú lo has secado y sé que lo volverás a hacer; mientras estemos juntos nos temerá el mismísimo lucifer.
Aquí vienen, se están acercando. Afilan sus armas, se están preparando.
Aquí vienen, Escritura, ¿lista para luchar? Somos tú y yo, vieja amiga. No hay vuelta atrás.

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25 jul. 2016

Demonios Terrenales: Epílogo

Para ver los capítulos anteriores, has click aquí:Demonios Terrenales

Epílogo



¿Quién dice que el silencio no habla? Cuando es un pueblo entero quien recurre a él. Cuando piensan usarlo de mural para esconder los horrores de una historia que quisieran olvidar, como esa cicatriz en el cuerpo que jamás será borrada, trayendo consigo recuerdos dolorosos. El silencio en el que quieren refugiarse en un intento desesperado por aplacar los deseos de un demonio que los condenó a todos y arruinó un paraíso terrenal lejos del cemento industrial. El silencio no es tan implacable como quisiera. El silencio habla. El silencio susurra cada vez que un pueblerino de Guares cruza la mirada con otro en la calle, en pleno tránsito. Estas miradas se conectan por un segundo y quiebran cualquier intento de valentía. El silencio se ríe en la cara de los profesores en sus aulas donde más de la mitad de los pupitres están vacíos, y los ocupados apenas intercambian palabras entre sí. Para completarles el panorama, el silencio les invita a observar ese asiento vacío en el salón de profesores que alguna vez le perteneció a una maestra muy especial en muchos sentidos; más de los que quisieran. No, el silencio no es mudo; el silencio grita, aclama y ruge como las bestias por la noche, como los lobos por la madrugada. Ladra como perro rabioso intentando zafarse de la cadena. Nadie quiere hablar, pero el silencio lo hace por ellos.
La leyenda se convirtió en leyenda por las meras voces que le otorgaron ese papel a base de anécdotas. Del futuro de aquel hombre, aquel demonio que los aterrorizó, poco se sabe y poco se sabrá. Dice la leyenda que un día Guares cerró sus puertas, trancó sus vías y no dejó a ningún visitante entrar. Los más habladores cuentan como un juicio público se celebró en la plaza principal del pueblo, y como en él, un hombre altamente odiado fue torturado por los pueblerinos quienes no dudaron en castigarlo. Cuenta también la leyenda que ese hombre jamás dejó de sonreír, ni aun cuando su corazón de latir. Murió feliz, sintiéndose victorioso y orgulloso de su obra; recibiendo el odio como aplausos. Pero esos son leyendas, solo leyendas, ¿no?
Hechos más concretos sería la tasa de suicidios que aumentó drásticamente ese año, ocupada casi en su totalidad por chicos que estuvieron en cautiverio por demasiado tiempo y no pudieron escapar de sus pesadillas. Una vez más el silencio se burlaba de ellos por las noches y les traía con el viento la risa de aquel demonio que les destruyó el alma y el cuerpo a partes iguales. Sus  ojos cerrados colaboraron con su imagen cuando dormían, cuando soñaban, cuando aún podían sentir esas ásperas y rudas manos golpeándolos con la brutalidad de un animal mientras de fondo una mujer lanzaba burlas vulgares en sus oídos sensibles. No se les puede culpar por haber caminado a solas por la calle teniéndole miedo a las sombras de la acera o la luz de la luna. En cada esquina estaba él. En cada esquina acechaba con iniciar de nuevo su juego sádico. Tampoco se les puede culpar a los padres que decidieron seguir el ejemplo de sus hijos y se arrojaron a la muerte. Tras recibir milagrosamente la llegada del pequeño de nuevo a sus hogares, y comprender que estaba muerto hace mucho, el acto de dejarlos ahorcarse era una simple formalidad.
Guares, el pueblo maldito.
Arruinado por una pareja.
Tal vez aprendieron una lección que hace años la sabiduría debió hacerles llegar. Tal vez la inocencia del letargo pasivo los confundió y no les alertó de una realidad que se presenta ficticia por las veces que se ve en libros y películas. Una orden no escrita como el onceavo mandamiento olvidado: para que existan los ángeles, deben existir lo demonios, y estos habitan en la tierra.
Los grandes ejemplos son solo eso: Grandes ejemplos. Pero existen ejemplos más pequeños escondidos en las sombras de sus mayores. El demonio que hace que un hombre asesine a un perro. El demonio que hace que un hombre robe a sus semejantes. El demonio que está implícito en la naturaleza humana y nadie se le escapa, pues basta un detonante para despertarlo y después no hay quien se salve.
Tal vez Mike Ojeda si sea recordado tal como él lo quiso, en la mente de aquellos niños valientes marcados de por vida que vivirán sin vivir; pero en todo caso, su historia es más una lección que otro caso fortuito de la bestia vestido de humano. Una muestra de desconfianza innata que Guares ganó y ahora nunca olvidará. El saber que la oscuridad puede disfrazarse de cualquier ser humano que te cruzas en la calle al caminar. La maldad es la naturaleza humana pervertida por la infamia
Después de todo, la historia de Guares es una historia ficticia basada en muchos casos reales.
Fin

‒‒‒‒
Quiero agradecerles a todos ustedes que me han acompañado capítulo a capítulo hasta aquí: el final de la historia. Gracias por sus comentarios, gracias por su apoyo; se los agradezco de todo corazón. Espero que les haya gustado tanto como a mí me gustó escribirlo. Si en algún momento, antes de dormir, piensan en esta historia y los mensajes que les plasmé, me sentiré honrado.
En lo personal, me gusta cuando un escritor me cuenta como se le ocurrió la idea para  un escrito, y se me ocurrió que a ustedes podría interesarles lo mismo. He pensado en hacer un post donde explique cómo fue el proceso creativo de Demonios Terrenales, pero eso depende de ustedes. Díganme que les parece esta idea.
De nuevo: gracias. Cada comentario de ustedes diciéndome que querían seguir leyendo Me animó muchísimo. Es una sensación inexplicable. Es un orgullo tenerlos como lectores en el blog.
Una vez más: déjenme su opinión sobre el capítulo y sobre todo el relato en general en los comentarios. Si les gustó mi obra, compártanla en las redes sociales. ¡Ayúdenme a difundirla! De igual forma, síganme en las mías: Facebook y Twitter
Les prometo que este es solo el comienzo. Demonios Terrenales es una de las muchas historias que tengo guardadas y que prometo mostrarles con el pasar del tiempo.
Juntos, seguiremos viajando.

¡GRACIAS POR LEER!

Demonios Terrenales: Demonio

Para ver los capítulos anteriores, has click aquí: Demonios Terrenales


VIII
Demonio




20 de Septiembre del 2015
Informe escrito por: Richard Durles. Número de placa: 25990272
En el presente informe se muestra un acta de la conversación transcurrida en el viernes 18 de Septiembre del año 2015 en la comisaría oficial de Guares, donde el acusado Mike Ojeda fue interrogado y acusado del asesinato de su esposa Kairy Ojeda.
Los hechos: El miércoles 16 de Septiembre del 2015, una llamada anónima informó a las autoridades sobre un incendio de una residencia allegada. Las autoridades acudieron a los pocos minutos encontrando al acusado Mike Ojeda sentado en la acera de su residencia fumando un cigarrillo con expresión solemne. Su casa en llamas no parecía alterar en nada a sus nervios y le eran indiferentes los gritos de su mujer, los cuales provenían del interior, pero mostraban tal agonía que los oficiales supieron que era imposible salvarla.
Intrigados, en el lugar le preguntaron a Mike Ojeda el motivo de su pasividad. El hombre, quien se mostraba alejado de todo lo que le ocurriese, no respondió hasta haber terminado su cigarrillo. Arrojó la colilla al suelo y vio a los ojos al oficial. Sin parpadear ni sonreír, dijo:
‒ ¿Para qué he de preocuparme? De todas formas morirá. Además, fui yo quien inició el incendio.
Lo oficiales creyeron que se trataba de una broma, algún chiste muy bien trazado, pero Mike Ojeda no sonría ni mostraba señales de demencia más allá de su tranquilidad. Sin que se lo pidieran, entró a la patrulla policial, encendió un cigarrillo y, alelado, contempló la ventana. El oficial que lo arrestó acota que en su mirada se veía el destello de la satisfacción.
Mike Ojeda fue llevado de inmediato a la comisaría y arrestado en espera de un juicio. Sin ningún familiar que abogara por él, se le dictó una fecha y se le otorgó un abogado local; sin embargo, antes de llegado el día, Mike se comunicó con un patrullero diciéndole que tenía otros delitos que confesar, pero para ellos solicitaba un interrogatorio con una videocámara que lo estuviera grabando. Se aceptó su propuesta y se realizó el interrogatorio:
Interrogadores:
Richard Durles
José Aguilarte
Jackson Geovani
A continuación el interrogatorio:
Si algo llamó la atención de los oficiales desde la llegada de Mike Ojeda a la vida pública, fue su completa parsimonia hacia todo lo que le sucediera. No era difícil diagnosticarle como sociópata en extremo. Una psicopatía que de alguna forma debía de estar trabajando en su mente. Su falta de emociones lo hacía ver como un muñeco de cera muy bien elaborado. Las marcas de su cuerpo, como la cicatriz en la palma de su mano, o algunos cortes que le recorrían la barbilla, eran la única muestra de humanidad que se podía ver en un semblante de piedra. Sus ojos oscuros no se movían a ningún sitio, sino que miraban fijamente en una zona como si el vacío le estuviese platicando una conversación particularmente interesante. Su barba mal afeitada no le daba mejor aspecto que el de un ermitaño. Empero, su músculos eran tensos y  fuertes apretujados bajo su camisa. Una espalda ancha que detonaba fuerza podría hacer retroceder a un hombre cobarde. Había algo en él, algo siniestro, algo perturbador en su esencia que hacía querer estar en una sala diferente. Profería un olor extraño como si la inmundicia de su alma fuese tan fuerte que se convertía en olor con la esperanza de escapar de él. Mike Ojeda era un hombre frio cuya mirada te apuñalaba si tenías la mala suerte de ser el centro de su atención. Tal vez por eso, en cierta forma, debían sentirse agradecidos quienes eran invisibles para él, los cuales eran muchos. Mike Ojeda tenía una total indiferencia con el mundo.
‒ Dijiste que querías decirnos algo, Mike – Dijo Jackson Geovani, el primero en hablar. Los tres oficiales entraron en silencio, Mike ya los esperaba desde adentro sin decir palabra y tan absorto en sí mismo como siempre. Se encontraba sentado frente a un escritorio frio de acero. Los tres oficiales se sentaron enfrente de él, esperando una palabra de su parte que nunca recibieron. Mike no dio señales de haberse dado cuenta de que ya no estaba solo, parecía esperar la llegada de alguien más; un ser invisible ante ojos ajenos.
‒Sí, eso fue lo que dije, oficial. ‒ Respondió, con una voz grave y rasposa a la vez.
‒ ¿Y bien?
‒ ¿Cuál es el apuro?
‒ No queremos pasarnos todo el día contigo, Mike ‒ Agregó José.
‒ De hecho, si estamos aquí, es más que nada por curiosidad ‒ Dijo Richard
‒ ¿Curiosidad?
‒ Sí, curiosidad. Estoy casi seguro de que tus otros crímenes serán minúsculos en comparación con el asesinato de tu esposa. Quizá mataste a un perro o a un vagabundo. Quizá robaste algo de alguna tienda. Pero ese no es el quid de la cuestión. Lo interesante es: ¿Por qué asesinar a tu esposa? Una mujer respetada, una profesora querida…
La respuesta fue un silencio que nadie quería llenar. Y nadie creería que se llenaría hasta que Mike Ojeda comenzó a reír. No fue una risa suave como cabría de esperarse. Su risa fue estridente y retumbó en las paredes de la sala de interrogatorios. Rio como un hombre enloquecido, gritando entre carcajadas y golpeando la mesa con sus puños. Su risa fue una explosión, pues no subió gradualmente, sino que apareció de la nada como un foco que se enciende de repente. Así como repentina fue su risa, así de repentino fue el silencio que vino después. Mike en un segundo recuperó su compostura para responder.
‒ “Mujer respetable”, curiosa definición de mi ex esposa.
‒Sí, mujer respetable. ‒ Continuó Richard Durles ‒ En cambio, no nos sorprende tanto que hayas decidido quemar la casa. Ya sabías lo que querías hacer, sabías que querías asesinarla y que tarde o temprano te encontraríamos. Creo que no lo pensaste muy bien, amigo. De haber iniciado el incendio y haberte ido, pudimos haber creído, al menos al comienzo, que fue un accidente; al menos hasta que los investigadores de incendios hicieran lo suyo. Claro, nos hubiésemos enterado de la verdad e igual seguirías prófugo, pero con más tiempo para huir. Pero al quedarte, no solo te declaraste culpable, sino que además se muestra como un crimen premeditado. ¿Sabes cuantos años de condena te dan por eso?
‒ ¿Muchos?
‒ Puedes apostarlo.
A pesar de su pregunta, Mike no se mostró en absoluto contrariado. Obviamente conocía muy bien su situación.
‒ ¿Y eso no les da curiosidad, oficiales?
‒ ¿A qué te refieres? ‒ Preguntó Jackson.
‒ Aun sabiendo lo que sucedería, ¿no les da curiosidad saber por qué hice lo que hice, por qué lo hice como lo hice y por qué me quedé tras hacerlo?
‒ Tus otros crímenes ‒ Respondió José
José era el mayor de los oficiales presentes en la sala y quien debía supervisar a los otros dos. Jackson y Richard eran buenos, sí, pero les faltaba experiencia. El primero era un joven caucásico de treinta años recién integrado a la fuerza por los tiempos difíciles. El segundo era un joven pelirrojo de veintiocho años, policía de vocación pero algo impulsivo en ocasiones. A ellos dos les tocaba a solas el interrogatorio con Mike Ojeda, pero algo en el acusado llamó la atención de José. Con sus más de cincuenta años y sus muchos periodos como hombre de ley, jamás se había encontrado con un espécimen igual. Tan controlado, tan tranquilo y seguro de sí mismo; el único hombre en toda la comisaría que estaba ahí porque quería. José no le mintió a Mike al decirle que estaba ahí por curiosidad, pues por esa principal razón había pedido entrar con sus protegidos. Debía averiguar con sus propios ojos que hacia diferente al hombre sentado ante él
‒ Así es ‒ Mike tardó en responder. Movía la boca extrañamente, como si estuviese fumando un cigarrillo aunque no tuviera nada en ella. Su mirada se perdía por segundos, como si su concentración se esfumara y tuviera que luchar por recuperarla. Tras rascarse la cabeza, repitió: ‒ Mis otros crímenes.
‒ ¿Cuáles crímenes son esos? ‒ Preguntó el mayor de los oficiales.
‒ Es curioso que me pregunte eso, porque en realidad, ¿qué importa cuáles sean? Mi condena ya está dicha y no cambiará ni para bien ni para mal.
            ‒ Fuiste tú quien nos llamó ‒ Richard habló con impaciencia. Mike comenzaba a molestarle.
‒ Exacto, señor; fui yo quien les llamó. Por eso quiero que hagan un esfuerzo mental y se pregunten a ustedes mismos la  razón por la cual yo les pediría venir. ¿Para qué confesar más crímenes?
‒ ¿Sentido de la culpabilidad?  ‒ Preguntó Jackson solo por preguntar.
‒ ¿Lo dice en serio? ‒ Respondió Mike con una sonrisa burlona a su interlocutor quien se encogió de hombros.
‒ Dilo de una puta vez ‒ Se quejó Richard.
Mike Ojeda vio directamente a José Aguilarte. Él le devolvió la mirada y un mal presentimiento le recorrió la espina dorsal. Una mala idea, un mal augurio. Un frío que le recorrió la cadera en subida hasta su cerebro y le congeló sus pensamientos. Una voz a lo lejos trataba de gritarle una respuesta que se negaba a escuchar. El hombre, el criminal ante él poseía una respuesta a su pregunta, pero quería que alguien más se la diera. Sin embargo José se sentía incapaz de eso, porque para responderle habría que pensar como él y eso significaría adaptarse a las ideas de un maniaco.
José bajo la mirada y Mike pareció decepcionado.
‒ Vale, vale, ustedes no lo entienden.
‒ ¿Qué debemos entender?
‒ Si mi condena no será alterada y no me recuerde la conciencia, lo único que puede variar con mi confesión es el titular de la prensa.
‒ ¿El titular de la prensa?
‒ Ese mismo. Bien podría decir: Hombre trastornado asesina a su mujer prendiéndole fuego a su hogar con ella en el interior. O podría decir algo mejor.
‒ ¿Cómo qué?
‒ “Atrapan al genio asesino que ha estado secuestrando niños. Responsable de la pesadilla de Guares”
El silencio adyacente fue una dicotomía de emociones. Un bosquejo de incredulidad apañado con un atisbo de esperanza corrompida que llevaba a la locura del terror, del miedo, de lo maquiavélico del significado escondido tras las palabras. Un gesto de asombro fue insuficiente para dar muestras de la estupefacción creciente en la mente de aquellos que la sala habitaban. Aquellos cuyas palabras se habían vuelto mudas y sus pensamientos partieron en un viaje lejano sin retorno; pues, con el surrealismo de la confesión, se debía de reconocer quien era el hombre que hasta ese momento mostraba un comportamiento errático pero a la vez calmado. De asesino a genocida. Ese hombre que ahora los miraba a todos con calma, como si el peso de su noticia fuera tan frágil y leve como saber de un gato atorado en un árbol, como saber de un apagón en un pequeño lugar y no de un pueblo llevado a la miseria de la desesperación. Nadie quería hablar, o tal vez nadie podía. Se vieron unos otros alelados sopesando la suerte o mala suerte que se les venía encima. Por un lado, de ser verdad, tendrían entre rejas al culpable del suicidio de quien una vez fue su jefe, al culpable del asesinato de una inocente y el secuestro de muchos niños. Por otro lado, esos niños seguían desaparecidos, y aunque aún se albergaba la quimérica idea de encontrarlos, esta se esfumaría como el soplo de un diente de león. Tampoco era un logro celebrar. El hombre se había entregado a si mismo adrede, lo cual generaba más incógnita que resoluciones…
‒ ¿Q-qué estás diciendo? – Tartamudeo Jackson, inexpresivo
‒ ¿Me harás repetirlo?
‒ ¿Tú eres…? ‒ Preguntó Richard
‒ Sabía que tú no eras el inteligente del grupo.
‒ Tú… ‒ Susurró el mayor.
Mike sonreía, todo le divertía en extremo. Se preguntaba cuál sería la reacción de sus interrogadores al conocer sus verdaderos delitos, esos que dejaban el asesinato de su esposa como el robo de un dulce cometido por un niño vandálico
Como manejados por el mismo hilo, los tres oficiales se acomodaron en sus sillas recuperando la compostura. Sus mentes pasaron de estar inactivas a trabajar a toda velocidad. Tenían preguntas, tenían acusaciones. Tenían una ira acumulada que ahora rugía con ferocidad dentro de ellos, envolviéndole las entrañas y haciéndoles hervir la sangre. El pitido en sus oídos no era más que la sangre acumulada por el corazón agitado que les golpeaba el pecho en un intento desesperado de liberar sus emociones. Tensaron los músculos, apretaron los puños y observaron al asesino que ahogó en penurias su pueblo. Su aspecto relajado no les tranquilizó. Era incluso indignante verlo sentado confesando con aburrimiento pero a la vez con una paradójica sonrisa sádica enmarcada en sus labios.
Richard quería saltar y abalanzarse sobre él. Quería golpearlo y desgarrarle la cara con sus propias manos. Enterrar sus uñas en sus globos oculares hasta hacerlo llorar sangre pidiendo piedad. Uno de los niños secuestrados era su sobrino y eso lo había llevado a ser uno de los oficiales que más empeño le ponía para atrapar al culpable. Tenerlo sentado al otro lado de la silla tan tranquilo lo exasperó a un nivel exorbitante. Saber que se entregó por mera diversión era una humillación a su orgullo destruido desde la partida de su sobrino
Jackson no estaba en mejor estado. De cierta forma le tenía miedo a quien ahora veía como un demonio que les estuvo acechando todo el tiempo. Un hombre que pudo haberlos desintegrado en un cerrar de ojos sin hacer esfuerzo pero que por motivos desconocidos decidió acabar con el juego. Porque sí, quedaba más que obvio que para él todo era un juego donde al verse triunfador invicto ya no tenía por qué seguir jugando.
José, por su parte, estaba frío. Helado. Apegado a su asiento como si este fuera su bien más valioso y separarse de él le provocara mucho dolor. Por un lado el escepticismo natural del que hacía gala le decía que estaba ante un estafador. Un mañoso que quería fama a cuestas de otro criminal. No era la primera vez que sucedería en la historia. Pero por otro lado, su instinto policial y humano le aconsejaba lo contrario: Él era el culpable. Ahí estaba, por fin, en la comisaria, y entró prácticamente por pie propio. Mike no estaba aseguro de como sentirse al respecto. Para calmar su lado escéptico y recuperar el control de la situación, continuó con el interrogatorio.
‒ Así que dices ser el culpable de la desaparición de todos esos chicos, ¿tienes formas de probarlo?
‒ Puedo darles la dirección exacta en la que se encuentran.
‒ ¿¡Siguen vivos!? ‒ Se exaltó Richard.
Mike ensanchó la sonrisa.
‒ ¿Dónde están?
‒ En la calle 32 de la avenida Luicia. Unas tres casas más abajo de la mía. Gracias a que en este pueblo todos son idiotas confianzudos, unos vecinos que se fueron de viaje nos dejaron la llave para que los cuidáramos. Ya imagino sus caras cuando sepan para que la usamos…
Jackson anotó la dirección e hizo una llamada. En pocos minutos una patrulla se dirigía a la dirección mientras el interrogatorio continuaba.
‒ ¿Siguen vivos? ‒ Repitió Richard con más calma, pero sin dejar de pensar en su sobrino.
‒ No todos, hubo una cuantas bajas de chicos que no resistieron. Y del resto… pues… depende de lo que definas como vida.
Richard apretó los dientes hasta sacarse sangre de las encías. José le colocó una mano en el hombro, para intentar calmarlo, sin dejar de observar a Mike. Quería descifrarlo.
‒ Así que, Señor Mike Ojeda ‒ Respiró profundamente ‒ usted secuestró a los chicos, asesinó a su esposa y se podría decir que se entregó voluntariamente a la comisaría. Todo eso suena… Fantasioso. Increíble en verdad. Bien puede ser una novela policial sobre un hombre que se arrepiente de sus actos; pero sabemos que esto no es una novela y que usted no está arrepentido. Y si lo está, lo disimula magistralmente. ¿Así que por qué no le da un poco de cordura a todo este asunto?
‒ Cordura… Seguro que eso es lo que ustedes deben de pensar que me falta. Cordura es lo que  faltó a Gerald Castro, su antiguo comisario, antes de suicidarse. Cordura y valor. Eso fue un giro inesperado, lo admito; me tomó por sorpresa. El hombre se vio sucumbido por la impotencia y eligió el camino del perdedor. El no poder hacer nada lo consumió como un cáncer y finalmente lo llevó a ese desenlace interesante. En cambio yo, les aseguro, reboso cordura y valor. De hecho, diría que soy el más cuerdo de esta sala. ‒ Respiró despacio como quien tiene todo el tiempo del mundo para pensar antes de continuar. ‒ Es curioso, amigos míos, como se puede malinterpretar una situación. Mi esposa, por ejemplo, ella fue quién me ayudó. No, no se sorprendan. Era una zorra ninfómana y seguro algunos compañeros de ustedes, o ustedes mismos, sabrán de sus andanzas escolares. Pero ella creía que a mí me movía la pasión, cuando yo nunca fui atraído por un sentimiento tan vulgar.
El cambio en Mike fue drástico. Si al principio parecía un hombre callado y sumido en su mundo; luego un lunático entre risas; ahora su apariencia era de sapiencia y calma. La apariencia de un hombre dotado de una gran inteligencia.
‒ No entiendo… ‒ Dijo Jackson.
‒ Eso es porque eres un idiota, como tu ex comisario. El pobre no pudo aguantar los videos que les envié.
Esa fue la primera prueba que todos entendieron. Los videos eran un elemento secreto que muy pocos conocían.
‒ Nada tiene sentido. Los secuestros, el asesinato de tu mujer, y que ahora te entregues…
‒ Tiene bastante sentido para alguien de un coeficiente mayor. Me entrego porque ya mi labor está hecha.
‒ Tú labor…
‒ ¿Alguna idea de porqué inicié con todo esto?
‒ Porque eres un maniaco sexual y…
‒ ¡No! ‒ Gritó Mike. Por primera vez parecía enojado.-- ¡NO! ¡Soy un maldito hombre buscando la inmortalidad!
El desconocimiento sobre qué decir les hizo guardar a todos silencio. Impasibles siguieron contemplando a Mike quien por razones extrañas perdía la paciencia a cada segundo, aumentó su respiración y blandió los puños.
‒ ¡Sí, la inmortalidad! Ustedes son simples imbéciles cuyas mentes paganas están llenas de ideas vacías que repetirán como cotorras una y otra vez hasta que la tumbas se los trague y los escupa en una nube de tierra. Sus hijos repetirán sus mismas ideas y del mismo modo lo harán sus nietos, creando así una cadena de mediocridad que no hará más que pudrir la tierra en la que habitamos. Simples hormigas en el hormiguero. Su paseo por el mundo es tan insignificante como el sonido de una hoja al caer. Claro, pueden creerse importantes, relevantes, pero seguirán siendo menos que un árbol que nadie escucha. El sonido de un arroyo perdido en medio de un bosque. ¡No son nada! Y por mucho tiempo estuve encerrado como ustedes. Un idiota más en un pueblo más viviendo una vida más. Enjaulado por las limitaciones que nos impone un país donde las oportunidades son tan escasas como el agua en el desierto. Malditos sean todos aquellos que se condenan a sí mismos en la cadena de eventos que su pueblo o país los une. Pero yo no. Tanto tiempo encarcelado hasta que una voz me habló al oído y me dijo que se me abría una ventana al más allá. Una oportunidad. Como dato curioso esa voz fue la voz de mi mujer. Una noche, cuando me habló sus guarradas juveniles, vi en ella una malicia que profería un nuevo camino. La muy ingenua pensó que comparto su gusto por la depravación, pero para mí lo depravado no es más que un medio para conseguir un fin.
Su discurso, ambiguo en detalles, lo excitaba notablemente. Sus ojos se abrían sorprendidos y disfrutaban del sonido de su propia voz.
‒ ¿Cuál ere ese fin?
‒ Ya os lo dije: La inmortalidad.
Ninguno entendió. Mike se exasperó más.
‒ ¿Saben quién es John Gacy?
‒ El asesino payaso. Ese que asesinaba en la fiesta de los niños, ¿no? Inspiró la novela “IT”
‒ ¿Y saben quién fue Ted Bundy?
‒ Un asesino en serie.
‒ Corrección: Un famoso asesino en serie. Un hombre norteamericano que asesinó a más de treinta mujeres en su tierra alrededor de los años setenta, y hoy, cuarenta años después, aún es recordado. Esa es la inmortalidad: Ser recordado por años y años.
‒ Eran simples enfermos ‒ Sentenció José
‒ No te lo discuto, pero aun así sus nombres están grabados en la historia y siempre lo estarán. Hay documentales sobre ellos, reportes, artículos, incluso películas. Sus vidas se convirtieron en leyenda con el simple acto de quitarle su vida a otro ser humano. Para mí, ese es el medio: El asesinato. Para el fin: Quedar grabado en la historia.
Los oficiales no pudieron evitar sus caras asqueadas al reconocer tan extrañas ideas provenientes de un hombre que en apariencia podría verse normal. Mike, sin embargo, no se inmutó por el rechazo a su dogma. Continuó extasiado por lo que estaba diciendo.
‒ ¿Por qué me miran así? La historia es un recuento de sangre y de hombres que se hicieron famosos por derramarla. Napoleon Bonaparte, Hitler, Joseph Stallin, Atila el Huno… Incluso en las antiguas culturas, sus mitologías alababan a los hombres capaces de asesinar por gloria. Aquiles murió por gloria. Hércules fue un asesino. Y eso solo por dar algunos ejemplos de los más conocidos. La depravación es parte de la naturaleza humana y solo nos esforzamos en esconderla cuando la podemos usar a nuestra favor, como hice yo. Al descubrir la mente enferma de mi esposa, supe que no sería difícil doblegarla aún más, y armé este plan sobre secuestros de niños sabiendo que al terminar, mi nombre quedaría grabado en una placa de piedra. Solo existía un problema… Los asesinos más conocidos, como podrían ser Charles Manson, Jack el Destripador, Zodiaco y otros varios más, en realidad no fueron tan horrendos en sus crímenes, pero la publicidad convertida en mercadotecnia los convirtió en nombres de culto. Incluso la prensa es una zorra desdichada que gime de placer sexual cuando un nuevo nombre aparece para llenar de sangre sus titulares; porque a todos les encanta leer de niños siendo violados y prostitutas mutiladas. Ese es el gran problema. En este maldito pueblo no hay nada de prensa, y por un tiempo eso me detuvo, hasta que la solución, tan fácil como obvia, llego y me hizo sentir un idiota por no verla antes.
Hizo un silencio dramático. Era obvio que se creía estar en una especie de obra donde era el principal protagonista. Todos lo escuchan en silencio, rodeándolo, como si de un maestro se tratase.  Mike quería que ellos preguntaran por la solución y se enojó al ver que no lo hacían. No le darían ese gusto.
Resignado, Mike continuó con su monólogo.
‒ El problema de todos esos hombres de los que hablo es que eran llevados por la lujuria, como Andrei Chikatilo, el soviético que descubrió un gran placer sexual al violar, apuñalar y descuartizar a una niña de nueve años. O por ideas extravagantes. Isabel Báthory es un ejemplo de ellos. Vivió en los años mil seiscientos y asesino a más de seiscientas mujeres para bañarse en su sangre creyendo que eso le daría juventud eterna. Todos ellos llevaban un móvil pasional; yo no. No me da especial placer violar a un niño. No me repudia ni me remuerde, pero tampoco me satisface. Yo quería la gloria, y no la obtendría por la prensa. Fue en ese momento cuando la luz de la oscuridad me hizo ver lo que ellos no entendieron. Es más poderoso un relato escuchado que leído. Es más tenebroso escuchar a una víctima hablar que leer su entrevista. Las leyendas se cuentan de boca en boca hasta que crecen y se esparcen por el globo. Es por eso que yo no necesito aparecer en un periódico; son esos niños quienes me mantendrán vivo. Estaré plasmado en sus recuerdos hasta que la vida escape de ellos liberándolo. Seré el dueño de sus pesadillas y de sus temores por el resto de sus vidas, lo que les hará sufrir a ellos y a sus familiares, quienes recordaran mi nombre por siempre. Contaran mi historia ellos mismos o sus allegados, hablando de ese hombre que les despojó de su felicidad y los quemó en el mar del infierno que yace sobre la tierra. Porque, señores, el infierno habita en la tierra. Está plagada de demonios que se ocultan en caretas esperando ese impulso asesino que los lleve a desatarse y a pasarse por el culo cualquier ley impuesta por una sociedad que nos trata a todos como seres similares. Pero yo no, yo no soy solo una sombra. Soy la sombra que Guares recordará por siempre y que recorrerá las calles cuando anochezca. Algún periodista se interesara y va a querer averiguar más, entonces la tinta hará su trabajo. Pero eso es un bono extra, por ahora, esos chicos están encerrados sudando, llorando, gimiendo de  terror con la certeza de que en cualquier momento entrare paré torturar a uno de ellos. Y aunque aún no poseen maldad, y no lo dicen en voz alta, ruegan para que sea a cualquiera de los otros chicos. El instinto les dice que, a la hora de la verdad, el compañerismo es una fábula y los demás son víctimas más decentes que uno mismo.
>> De no haberme entregado ustedes jamás me atraparían, porque seamos sinceros, no se cuenta con los recursos para hacerle frente al diablo. Aquí no existen Sherlock Holmes, Detectives Poirot,  Miss Marple, Auguste Dupin, Columbo  ni nada similar. Todos ellos son personajes ficticios que jamás se harán realidad. Aquí, en el mundo real, ustedes son simples mediocres siguiendo patrones policiales en espera de encontrar algo. Pero tranquilos, mi labor está terminada. Hay suficientes chicos en esa casa para que mi nombre sea conocido por toda una generación. Hoy me convierto en leyenda.
En ese momento sonó el teléfono celular del oficial Jackson. Este estaba atontado por lo que escuchaba y tardó en contestar con mano temblorosa.
‒ Hemos encontrado a los niños… Son docenas ‒ Dijo una voz lacónica por el auricular.
‒ Pero… ‒ Intercedió Richard pálido‒ no hay tantos reportes de secuestros
‒ Al principio inicie con niños de la calle, luego con los de los orfanatos. Creí que ellos darían la alarma – Contestó sonriendo ‒ Aunque al parecer, ellos prefirieron callar y no hablar de sus niños perdidos para evitarse mala publicidad
Todos se vieron unos a otros horrorizados.

‒ ¿Lo ven? No soy el único demonio en estas tierras.

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