28 mar. 2016

Copa vacía

Copa vacía



Alguien dice un chiste y todos se ríen al unísono. En ninguna parte de mi ser se asoma el espíritu de la comedia; no da muestras de vida ni de querer presentarse. Pese a eso, mis enseñanzas en el arte de la educación me hace imitarles y en mis labios rígidos se dibuja una sonrisa insolente ajena a mis deseos. Me llevo la copa a la boca fingiendo que disfruto del trago. Cuando la bajo sigue tan llena como antes.
La música se transporta por los aires como el humo de una chimenea, inexorable. Se contamina como el oxígeno y nos representa su más grata creación de la mano de algún artista anónimo. El patio de la casa es un bullicio incontrolable de amigos, de viejos conocidos, reunidos en un círculo sobre sillas tan plásticas como el momento. La noche se viste de eterna. Todas las horas son iguales durante su reinado y no hay nada que nos dé señales de que quiera acabar. Tras el ocaso, con el sol enterrado, la reina de la noche no admite herejías y bajo ella vivimos hasta que el dios Ra haga su sorpresiva aparición.
El humo de los cigarrillos acompaña a la melodía invadiendo todo usando el espacio. Yo, que no he fumado nunca y tal vez nunca lo haré, lo tolero con humildad, disfrazando mi oposición al tema. No estoy ahí para dar lecciones.
No sé porque estoy ahí.
Una sombra se pone de pie y nos pregunta si queremos que nos recargue la bebida. Bajo la mirada y veo mi copa semi llena. Rechazo la oferta sin subir la cabeza y, como un atolondrado enamorado, me quedo viendo el recipiente cristalino de mis manos, con su contenido oscuro que no se mece ni se mueve, sino que es se mantiene imperturbable esperando ser bebido. Honor que no sé si le pueda otorgar. Mis coetáneos, en cambio, no dudan en cumplir su deber y mientras yo mantengo la copa entre mis dedos, ellos vacían dos, tres o más con una sed infinita digna de un convaleciente del desierto; desesperados por perder los sentidos y armonizarse con la inopia.  Pronto se sentirán mareados y, uno por uno, con el disimulo de un estafador, podrán una excusa para ir al baño ocultando sus intenciones de vomitar. Señal de alarma que ignoraran, desde luego, para sentarse de nuevo y seguir bebiendo hasta que el cuerpo llegue a su punto de quiebre y ni un herrero pueda reponerlos.
Yo debería estar haciendo lo mismo que ellos.
Debería estar bebiendo y contando chistes. Bailando solo a trompicones siguiendo el ritmo de una música desafinada que sale del interior de mi mente alejada de la verdadera que nos rodea. Debería estar con un brazo a los hombros de un amigo contando anécdotas; historias que en su momentos fueron menudencias pero que llegado el ahora eran perfectas para relatarse ante oídos ebrios. La droga etílica debería estar recorriendo mis intestinos y endulzando mi personalidad; anestesiando mi raciocinio mientras el subconsciente me grita, me dice que estoy aquí, pero mis acciones lo ignoran y se dejan llevar por los hilos invisibles del alcohol. Sí, yo debería estar haciendo eso.
¿Por qué no lo hago?
De ser hipócrita me vestiría de virgen y hablaría con desprecio de la bebida; eso sería tal mentira que no me disculparía siquiera. Me limitaría a arrojarme como endemoniado en el pozo de los deshonestos para ahogarme en las lágrimas de la falsedad. Pero la simple verdad coloca su huella en mis palabras y con su voz relata aquellos días de hace cuatro, tres o dos años, donde las copas de mi mano se vaciaban antes que el parpadeo de una doncella. Los baños en los que vomité se reirían si me vieran ahora. Y ni hablar de las noches con llegadas a mi casa esperando un amanecer doloroso tras haberle hecho el amor a la botella y haber engendrado como hijo una resaca. En algún teléfono habrá mensajes inentendibles y garabateados enviados por mis manos bajo los efectos de algún líquido ardiente. Fotos que no recuerdo haber tomado. Besos que no recuerdo haber dado.
Pero un par de años han pasado desde entonces y siento como si algo hubiese cambiado. El recuerdo del niño encantado por la simple de idea de una reunión entre amigos con una botella en el centro, se pierde ante el reflejo del amargado que ahora les sonríe a sus allegados sin ganas por puro compromiso. Esos días terminaron y no entiendo por qué. Parece que el tiempo solo ha transcurrido bajo mi cielo; solo mis árboles se han quedado sin hojas, porque a mi alrededor, aquellos con los que crecí, siguen manteniendo ese furor cada fin de semana que los obliga a esperar la llegada del sábado con ansias. Esa emoción eterna cuando reúnen hasta las monedas para comprar la bebida escogida, seleccionar la casa indicada y luego beber hasta la mañana entre chistes oportunos, bailes sin sentido y poco más; contando las mismas historias una y otras vez como si estas cambiaran con cada nuevo relato. Es como ver el mismo capítulo televisivo cada día esperando que suceda algo nuevo. Pero no, no sucede. Se repite perennemente.
Y aquí estoy yo, con ellos, bebiendo. Sería una ignominia rechazarles el trago. Una falta de protocolo para todo lo que representa la amistad donde si bebe uno, beben todos. Pero mientras los veo en el torbellino de sus risas descontroladas, me sumerjo en la ataraxia cogitando al respecto; pues, a pesar de lo vivido en al ayer, cuando lo vuelvo a vivir hoy, no le hallo sentido. No le veo significado trascendental a la reunión semanal, o mensual, como si de un rito se tratase, para beberse un par de botellas sin nada más que hacer. El aburrimiento es solo uno de mis acompañantes esta noche y viene consigo la curiosidad; pues el saber que ellos no han perdido de vista el encanto de este ritual me hace preguntarme por qué yo sí. Por qué la visión de mis amigos reunidos ya no me provoca el placer de antaño. Son mis amigos y los quiero; jamás he de negarlo. Pero incluso en soledad, con un buen libro entre las manos, sintonizando una buena estación de radio, he encontrado mayor cobijo que rodeado de mis seres queridos. Y es que, esta ágora repetitiva se vuelve una religión asfixiante. Pero el problema soy yo, no ellos. Eso lo puedo dilucidar con un poco de pragmatismo. Ellos siguen haciendo lo mismo que antes y lo siguen disfrutando igual que antes. Pero yo no.
Y no sé por qué.
¿Cuál es el objetivo de beber? No se consigue nada. En la juventud es apasionante, no lo niego. Una experiencia nueva es lo que se busca desde el nacimiento y una vez encontrada hay que aferrarse a ella por temor a perderla. Pero beber sin razón, beber por beber, es lo que me parece tan absurdo como caminar en círculos creyendo que eso nos llevará a algún sitio. ¿Las charlas con amigos? Sí, desde luego, son divertidas. Pero los temas se agotan como una lluvia que escampa y poco a poco se acaban las opciones: Podemos refugiarnos en silencio, acudir a algún juego o iniciar la verborrea ya conocida. No hay nada nuevo.
Nada.
Pero ellos lo disfrutan.
¿Por qué yo no?
No es madurez, no es otra etapa… ¿O tal vez sí los sea? La respuesta navega en una isla que no conozco, enterrada bajo una equis que no está señalada en ningún mapa. Incluso compartir mi reflexión con aquellos que me rodean no me trae alivio. Ellos tampoco saben la verdad. Pero la amistad sigue siendo la amistad y por eso vuelvo a sujetar mi copa ante adláteres, conocidos y extraños, con una música de la que nada comparto.
Aún estoy viendo mi copa. Se aligera gracias al movimiento monótono de mi brazo que conecta el cristal con mis labios. El líquido amargo de desliza por mi garganta quemándome con dulzura. Cierro los ojos y lo ignoto de mí alrededor abre las puertas de mi imaginación; ese oasis es el único lugar donde realmente puedo volar. Pero la noche sigue y debo regresar a tierra. La copa ya está vacía. Tal vez eso es lo que soy: una copa vacía. Una copa que ya fue bebida sorbo por sorbo, vaciada con egoísmo por unos labios que no conocen la cohibición. Tal vez soy ese trago que finalizó con su gusto amargo y desapareció en lo insustancial del presente; y ahora se arrepiente de haberse evaporado tan rápido y haberse sabido ignorante sin negarlo, pero sin aceptarlo; bailando con pecados magnánimos para cualquiera que lo conociese. Una copa vacía sin nada que ofrecer esperando el momento adecuado para volverse a llenar con el contenido ansiado y tener una razón para brindar, para llorar. Algo que altere el latir puntual de lo meramente necesario.
Alguien volvió a decir un chiste. Todos se ríen.
Subo la mirada y finjo la sonrisa.
Me retiro a rellenar mi copa.

Y vuelvo.

24 mar. 2016

Tic,tac

TIC TAC


Tic, tac.
Tic, tac.

Conocido sonido cronómetro de la vida; verdugo del ayer, señalador del mañana e ignorante del ahora. Deseo que se detenga, pero le temo a su silencio, pues sé lo que significa; la inexistencia de la rutina con la quietud de sus latidos. Por eso quisiera bailar a su ritmo, que acelera y desacelera ajeno a mi voluntad; pero lo sigo escuchando como los pasos de La Parca retumbando en la ansiedad. La Guillotina puede caer en cualquier momento.

Tic, tac.

Tic, tac.



19 mar. 2016

Hogar Universal

Hogar Universal





                Antes de escribir esto, mientras la idea nadaba por los océanos de mente, me pregunté si esta reflexión solo les llegaría a los ciudadanos de mi nación o podría ser un mensaje universal. ¿Cómo enfocar el post? ¿Una idea general o algo más personal? Ahora, con mi trasero incómodamente postrado sobre una silla de madera, prefiero simplemente hacerlo como lo que soy: Un chico venezolano con ideas en la cabeza.
                Para nadie es un secreto la situación de Venezuela. Así como tampoco lo es que en los sueños de muchos se muestra la quimera de volar muy lejos de este lugar, hallando cobijo en tierras donde las metas son más que simples fantasías; y no todas las noticias del noticiero son un dolor de cabeza.
                Hace dos años, mi novia (ahora ex, por obvias razones) se fue del país junto con su familia en busca de un mejor futuro. Dejando de lado el dolor amoroso que me dejó (tema para otro día), he mantenido contacto con ella, escuchando en silencio cuando me relata cómo es su nueva casa, las oportunidades que tiene, los sueños que se cumplen. He visto con orgullo como poco a poco va avanzando y la tierra se rinde a sus pies. Teniendo esto en la cabeza, me hace preguntarte quién tendría el descaro de criticarle el haberse ido del país usando el argumento de: “Debemos quedarnos y luchar por nuestra nación”.
                Porque es de eso de lo que quiero hablar. Esa crítica, ese pensamiento retrogrado que tienen algunos donde prevalece la idea, convertida en obligación, de que sean cuales sean las circunstancias, nuestro deber es quedarnos y luchar.
                ¿Luchar contra qué? Contra los problemas, supongo que responderán. Cuando el problema es el país en general, la guerra sería contra él. ¿Y por qué luchar por un país que no lucha por ti?
                Se mantiene lA doctrina de que nuestro lugar es en la tierra que nos vio nacer. Sus playas son nuestras playas, sus montañas son nuestras montañas. El patriotismo se instaura y la bandera, junto con el escudo nacional, se muestra como los símbolos máximos de nuestra existencia; con aún  más importancia que nuestros padres. Porque si naciste en un sitio, de ahí eres y punto. Quédate ahí. Mejóralo. Lucha por él. Es tu hogar.
                   ¡Protesto!
                   Mi hogar es el mundo.
              Yo no nací en un país, nací en un planeta. Que otros lo hayan dividido con fronteras, le hayan puesto nombre a las tierras y le hayan creado reglas, no es algo que me compete. No son mis fronteras, no son mis reglas. En el sitio que vivo, hay más playas que las que están bajo la misma bandera: Tiene ríos, montañas, volcanes, islas y glaciares. No existe el primer o el segundo mundo. Existe sólo uno y yo vivo en él. Es mi hogar.
           No puedo tolerar los funestos ejemplares que, con discursos sentimentales, tratan de inducirnos en las masas una reflexión inadecuada. Esos mismos que te dicen que debes pernotar bajo un solo himno. Se supone que somos seres libres por naturaleza. La libertad no la da el hombre, sino la vida misma. Si tienes dos pies para caminar, lo único que debes hacer es decidir hacia dónde dirigirlos sin permitir que otro te trace una línea en círculos y te obligue a seguirla. Porque después de todo ‒y lo que viene al caso‒, somos seres que buscamos el bienestar propio. Y sí, es verdad, no hay porque negarlo. Eso no nos hace egoístas, nos hace humanos. Estamos hechos para buscar siempre la felicidad, para correr detrás de un vivir mejor. Tenemos sueños, metas, fantasías que esperamos cumplir algún día aunque nadie nos garantice una fecha exacta. No llegan solas, por supuesto; se debe trabajar, ser consecuente, hacer sacrificios; pero todo esto se convierte en una odisea, como construir un castillo interminable, cuando la adversidad le hace el amor a la opresión de una nación. Cuando te dicen que debes enfrentarte a las limitaciones que tu país ofrece. Si tú quieres ser astronauta y tu país no tiene centro espacial, ya puedes ir pensando en otra vocación. Lo siento, chico, te jodiste.
                Me niego a pensar eso.
               Desde los primeros hombres que habitaron este mundo, el objetivo fue siempre vivir en un lugar mejor. Si los hombres de antaño se hubiesen conformado con lo que tenía en áfrica, hoy tendríamos una tierra desconocida y deshabitada. Pero desde tiempos inmemoriales hemos sido nómadas y siempre lo seremos, recorriendo cientos de paisajes, hasta llegar al que se adapte a nuestras necesidades.
               Si tienes la oportunidad de viajar y establecerte en otro continente donde sí hay una estación espacial donde podrías conseguir el fruto de tu esfuerzo, ¿por qué debes verte atrapado en el sitio que estás cuando sabes que reprime tus anhelos?
                Un país no debe ser una prisión.
                Todos compartimos un mismo mundo, y nuestro derecho, casi nuestro deber, es ser felices buscando hacer lo que nuestro corazón grita. No hay hombre más desdichado que aquel que desprecia su pasión. Y no hay mayor injusticia que despreciar tu pasión por no tener la oportunidad de cumplirla.
                Busca esa oportunidad. Búscala, esté donde esté. Al menos ese es el consejo que te puedo dar.
                El patriotismo es una idea atávica. Fue creada para obligar a los hombres a cometer actos de intereses ajenos guiados por un sentimentalismo barato. Pero en esta vida no todo pueden ser emociones falsas creadas por un discurso político. Se debe ser pragmático en ocasiones. Hay que ser críticos y objetivos. Entender de una vez por todas que una bandera no te representa; te representas tú mismo y lo que hagas con tu vida.  Cuando se habla de esos grandes hombres que hoy son leyendas, en especial los artistas, no se les recuerda por su nacionalidad, sino por la grandeza que encontraron en sus acciones.
                Yo entiendo la emoción cuando tu selección de Futbol gana un partido. El orgullo de saber cuándo alguien que recorrió las mismas calles que tú se ganó una medalla de oro en las olimpiadas. Yo lo entiendo. Pero sepan recordar que esas personas lograron dichas hazañas porque se esforzaron, porque lucharon, no porque portaran un emblema de su país en el pecho.
                Imaginen que en una guerra todos los soldados se olvidaran del patriotismo. Imaginen que todos los soldados de ambos bandos deciden arrojar sus armas al suelo y rebelarse contra sus líderes. Deciden no luchar entre ellos porque esto nos les trae ningún beneficio personal. Se niegan a seguir los deseos de un mandatario y, fácil y sencillo, regresan a sus casas a vivir sus vidas.
                Esos soldados habrán sido pragmáticos y apátridas, pero también habrán hecho el bien.
               Ese es solo un ejemplo. Tal vez no el mejor, pero creo que explica bastante bien mi punto y lo mucho que podemos conseguir si todos alzamos la cabeza para recodar algo esencial: Somos libres.
                El mundo nos pertenece.
               Tiene sus reglas, sí. Muchas hay que seguirlas para poder avanzar. Debemos acotarlas, no hay de otra. Qué carajos, no todo puede ser perfecto. Pero más allá de eso, somos libres. Lo somos desde que nacemos hasta que morimos.
                Recuerden como es ser un adolescente frustrado por tener que seguir los mandamientos de sus padres, y como anhela ese joven tener su propia casa y construir su propio camino. No seamos adolescentes eternamente bajo uno padres ficticios que se sientan a discutir entre ellos cual es nuestro mejor futuro sin pedirnos nuestra opinión
                Ve a donde tengas que ir, para conseguir lo que quieras conseguir.
                Eso es todo lo que tengo que decir.
                Buenas noches.
                
               

Ojalá todos vivieramos bajo una misma bandera.



                

15 mar. 2016

Los Relojes

SIPNOSIS

            La policía se encuentra ante un rompecabezas irresoluble tras el hallazgo del cadáver de un desconocido en la vivienda de una mujer ciega. Por suerte, un agente del servicio secreto se pone en contacto con Hércules Poirot, quien, con su habitual maestría, reconstruirá los hechos y revelará la identidad de la víctima y la del asesino.

Opinión.

            Antes de comenzar quiero acotar un par de detalles sobre la sinopsis que acaban de leer, la cual está citada textualmente de la contraportada del libro. Y es que le veo dos errores. El primero es que contiene un spoiler, y el segundo es que te vende muy en alto la participación de Hércules Poirot, el afamado detective. Sí, Poirot aparece en la novela pero su participación, aunque relevante, es muy reducida; detalle que puede decepcionar a más de uno (a mí me golpeó, se los aseguro).
 Ya están advertidos.
            Ahora sí, metiéndonos de lleno en la novela, no hace falta decir mucho sobre Agatha Christie, ella es legendaria; su solo nombre indica calidad y esta vez no es la excepción.
“Los Relojes” comienza la historia con una bella joven de nombre Sheila Webb, una mecanógrafa la cual es citada especialmente por una mujer ciega para solicitar sus servicios. La joven Sheila, al llegar a dicha locación, se encuentra de todo menos a la mujer que esperaba. Un cadáver rodeado de relojes es lo que le da la bienvenida y desde entonces inicia la travesía policial por descubrir la verdad.
Colin Lamb y el Detective Inspector Hardcastle son los grandes protagonistas. Son ellos quienes, haciendo uso del ingenio y la paciencia, se sumergen en el misterio extraordinario descubierto por la señorita Webb. Lo interesante de esta novela es que se les da un especial énfasis a los vecinos que rodean la casa. El problema es que son tantos, y tan diferentes entre sí, que no sabes en ningún momento quien pudo haber tenido algo que ver y quién no. Quién tiene razones y quién no. Algunos son bastantes abiertos, otros recelosos. Pero todos son posibles sospechosos y la novela juega con tu creatividad, haciéndote crear teorías respecto los personajes y su posible participación del homicidio. Sin mencionar que, además, la identidad desconocida de la víctima será uno de los grandes problemas que tendrán que enfrentar.
Por si fuese poco, Colin tiene sus propios asuntos pendientes por los que habrá más de un embrollo envuelto en toda esta trama. Los mismos protagonistas tendrán conflictos de intereses haciendo que la resolución se vea cada vez más lejos.
La narrativa de Christie no decepciona. Es precisa, es detallada, con una elegancia innata que la autora siempre ha sabido exhibir muy bien.
El desarrollo de la historia puede ser algo lento en ocasiones. De hecho, casi toda la mitad del libro se limita a la entrevista con los vecinos, pero a partir de aquí aprieta el acelerador llevándonos por rincones que no esperábamos y personajes sorpresivos; así como varios giros que nos hará replantearnos las ideas que teníamos sobre el posible culpable.

LO MEJOR:

            Habrán notado que hasta ahora no he mencionado a Poirot, y es que, como les dije anteriormente, su participación en los sucesos es bastante menos notable de lo que nos gustaría. Él es a quien Colin acude cuando se queda sin ideas, cuando necesita de un hombre más listo que él. Sin embargo, y aunque con pocas apariciones, no se puede negar que esos capítulos en donde Hércules Poirot hace acto de presencia, son los mejores del libro. El personaje es estrafalario, enigmático y completamente único por donde se le vea. Leer su nombre te hace saber que estás a punto de ver lo mejor que la novela tiene para ofrecerte

 LO PEOR:

            En cuanto a situaciones personales, lo veo muy forzado. Por ahí hay un problema amoroso que parece salido de la nada. También un par de conversaciones que sobran, pues aunque aportan un par de detallitos, en realidad estos detalles no importan para nada, haciendo que se conviertan en un desperdicio de papel.

CONCLUSIÓN:


            No lo pondría entre los mejore libros de la escritora, pero sigue siendo ella y sin duda te lo hace saber. La historia es interesante y está muy bien llevada. Despierta tu creatividad. Te hace sentir un detective mientras tratas de sacar tus propias conclusiones y emocionarte o molestarte cuando se comprueban o resultan ser erradas. Hércules Poirot le sube mucho el nivel. Es como ese plato de comida exquisita pero con raciones pequeñas que siempre quieres volver a comer

12 mar. 2016

Desvarío

Desvarío

Esta noche, ajena del silencio
se aleja de su meta particular
Y camino en un desvarío
sin luces ni brillos
dejándome llevar, por una luz crepuscular.

Un día tras otro
un silencio roto
un semáforo en rojo
un espíritu ocioso.
Quiero decir mil palabras y la vez decir ninguna;
hoy  me escuchará la luna, pero ella y nadie más.
Pues te grito como un mudo, te observo como un ciego,
te mantengo cerca, pero a la vez lejos
Llevas un látigo en tus manos, casi sin saberlo
pero bastante bien que lo sabes usar.

El suelo es resbaladizo
podría caer;
mis oídos te escuchan,
mis ojos te pueden ver.
¿Pero mis palabras que te dirían?
Si se atrevieran a escapar
¿De qué te acusaría?
¿De qué te puedo culpar?
Si tú no has pecado
lo hice yo al callar,
ahora estoy arrodillado.
No me hagas escuchar

Pienso en voz alta, esta letra es mi visión.
De tinta negra son las venas de mi corazón.
No hagas alarde, no alabes a un cobarde;
mis palabras arden tras promesas en balde.

Seguiré haciendo esto,
te diré te quiero,
ahí seré sincero;
sincero siempre seré.
Al menos en lo que al respecto
dicen las palabras
que necesitas saber

una y otra vez.


11 mar. 2016

Mi peor enemigo.

Mi peor enemigo

Me está gritando, me grita pero no entiendo sus palabras. Siento su enojo, su desesperación, sus miles de quejas sobre mi persona, pero no puedo descifrar lo que me dice.
Sé que está señalando mis errores, y enumera uno por uno mis defectos. Me recuerda mis complejos como si los hubiese leído esta mañana en el periódico. Me dice lo estúpido que soy, lo tonto, lo cobarde, lo débil. Me recuerda cómo viven engañados aquellos que me ven como alguien digno de respetar. Pobres ilusos que no me conocen bien. Ilusos que no me ven llorar en mi habitación por las noches, escuchando música con mis audífonos, encerrado en las paredes de mis lamentos, observando por la ventana el mundo que odio y a la vez amo; que temo y ansío; que espero y me espera.
Él sigue gritando y a su modo me aconseja, pero es ahí cuando menos lo entiendo. ¿Qué me dice? ¿Por qué? Me observa fijamente con decepción, como si me aborreciera. Creo que estar enfrente de él hace que le de asco.
Ahora llora, desconsolado, cubriéndose el rostro con las palmas. Intento acercarme a él pero se aleja, intento entenderlo pero me confunde; yo solo quiero que estemos en paz y podamos sonreír al vernos, pero siempre hay algo que nos detiene. Algo que me dice que baje la mirada y permita que se me nuble el semblante en su presencia. Escucho sus susurros despotricando contra mí, maldiciéndome, deseándome la muerte. Si de él dependiera, me estrangularía con sus manos apretando con fuerza mi cuello, dejando sus cinco huellas marcadas en mi piel, riendo al ver como el aire escapa de mí, en compañía de mi vida. Pero no se lo permito, tal vez algún día lo deje hacerlo, pero hoy no. En el fondo, algo hace que me le rebele y trate de mostrarme fuerte, aunque tanto él como yo sabemos que mis fortalezas tienen la resistencia de una hoja contra el viento.
Quisiera que fuéramos amigos ¿sí? De verdad que eso quisiera, que nos entendiéramos, que nos escucháramos, pero parece imposible. Tal vez nunca vayamos a entendernos, y de ser así, no sé cuánto tiempo soportaremos
Tú y yo nos necesitamos. Tú, que eres mi cristal. Tú, que tienes mi imagen. Tú, que eres a quien veo cada mañana frente al espejo. Tú, has resultado la mayor de mis dolencias.


Tú, reflejo mío, eres mi peor enemigo.


7 mar. 2016

¿Yo te amé?

¿Yo te amé?



Yo te amé, ¿lo sabías? O bueno, al menos eso creo; ya no estoy tan seguro. Tu imagen, antes sinónimo de perfección, se ha convertido en un retrato sin color observándome en mi habitación. Tus besos, antes tan ansiados, se convirtieron en vacíos movimientos sin dulzor que me hacen preguntarme si tendrá algún sentido que tú, y yo, sigamos compartiendo un mismo mundo.
Yo te amaba, o eso es lo que siempre he pensado. Pero ahora todo está confuso, borroso, como si fueses una mancha en mi pared; una figura sin forma que se plasma en el infinito blanco de mi existencia, perturbando la pureza de mi todo.
¿Te amé? ¿Cómo saberlo?
Antes, en cualquier momento y lugar, la respuesta hubiese sido un “sí” rotundo, sin pausas ni dudas, sonriendo, pensando en tu figura y recordando tu voz; pero ahora…
Permíteme explicarme: No quiero que pienses que todos aquéllos momentos, eternos y únicos, fueron mentiras, pues en ellos te juraba amor hasta la muerte. Siempre te fui sincero. Pero aunque aún no hemos muerto, al parecer nuestro amor sí.
Hablemos con la verdad. No entiendo como el amor puede desvanecerse tan pronto, como si no fuese más que una brisa pasajera que nos acaricia durante un segundo y después se marcha, dándonos  la espalda, dejándonos con ganas de ella; y en ese estado permanecemos hasta que llegue la siguiente, y luego la otra y la otra, deseando siempre que se mantenga, con miedo de que sea la última.
No somos niños, no esperamos un cuento de hadas con el: “y vivieron felices para siempre…” pero darme cuenta de nuestra penitencia: el desamor, me hace ver lo estúpido que es iniciar una nueva relación, enamorarnos de nuevo, para luego desencantarnos y  reiniciar el ciclo.
Es tan estúpido. Es tan simple. Es tan complicado.
¡Yo te amé!, ahora lo sé; pero ya no te amo, eso también lo sé.
Después de los momentos tiernos,  los sobrenombres cursis, las miradas en silencio y, las risas comprometidas; ¿qué queda? Nada. ¿Entonces para qué vivirlos?
Dios sabrá porque nos une y nos separa a su conveniencia.
Antes, le gritaba a las nubes mi amor por ti, soñando con que en ellas pudiera ver tu semblante. Ahora, imaginarte, es convertir la noche en tormenta.
            Si amaste y dejaste de amar, ¿en verdad estuviste enamorado? Por favor, que alguien me responda, pues ni escribiéndote estas palabras, que jamás leerás, he hallado respuesta.



4 mar. 2016

Otro día más

            
            Estoy cansado, muy cansado. Entro en mi habitación a oscuras, sin preocuparme por encender la luz, ¿para qué hacerlo? Igual estaría todo oscuro sin importar la claridad a mi alrededor.
Dejo mi mochila en el suelo y voy a la sala de estar, con las luces también apagadas. Mis ojos se acostumbran a las sombras y me permiten distinguir mis pocos bienes; simples aparatos sin vida ni alma que esperan en silencio ser usados.
Me siento en el sofá y enciendo un cigarrillo.
Estoy cansado, muy cansado.
Otro día más de trabajo y otro día  en que una moneda cae en mi bolsillo para ser gastada con alguna factura. Otro día más en que me despierto a la misma hora, me preparo de igual forma y voy a mi trabajo a cumplir las mismas labores, para luego salir a la misma hora y regresar a casa para mañana repetir la rutina.
Eso es todo, esa es mi vida.
¿Eso es una vida?
La oscura habitación va acorde con mis pensamientos, tan faltos de brillo que me sorprende no ver lágrimas salir y resbalar por mis mejillas. En vez de eso, centro mi atención el humo que desprende mi cigarrillo; es libre y sin cadenas, naciendo sin rumbo aunque evaporándose en segundos. Mi cigarrillo, mi único placer.
Con pesadez me pongo de pie y abro las ventanas de mi sala que dan al estacionamiento. Sólo un poco, lo suficiente para dejar pasar la tenue luz de las farolas de la calle; las únicas que iluminan un poco mi apartamento, viendo luchar las sombras con ese nuevo invasor que intenta erradicarlas.
Afuera, los niños ríen jugando futbol con rocas como porterías; gritándose de vez en cuando alguna ofensa por una falta cometida. Las estrellas son opacas y no se dejan ver, o tal vez el resplandor de los edificios no les permiten lucirse. La luna está desaparecida, probablemente detrás de alguna nube. La noche está pesada, con el continuo silencio de quienes terminan su día para ir a dormir. Me acerco y puedo ver las ventanas de mis vecinos, a lo lejos, ocultas por cortinas que evitan las miradas ajenas, pero son inútiles, yo sé lo que ocurre tras ellas: Los adultos duermen, los niños juegan. Alguna pareja hace el amor antes de entregarse a Morfeo. Un niño juega con su consola debajo de las sabanas; otro hace lo mismo pero leyendo un libro, oculto, alumbrando con su celular. Padres ven televisión, madres acuestan a sus bebes. Alguien fuma y trata de relajarse, al igual que yo. Otro bebe y trata de olvidar. Adolescentes hablan, adolescentes se quejan. No hace falta tener poderes para saber lo que sucede tras paredes que vemos a diario, pues todas las vidas, en el fondo, son iguales, y ni el silencio de la noche o el bullicio del día pueden disimularlo.
Regreso a mi sofá y enciendo otro cigarrillo.
Carlos, mi mejor amigo, es un bastardo. Se irá del país hacia una mejor vida. Esto no tiene nada de malo por supuesto, pero esa venenosa envidia hizo su nido en mi pecho y ahí se quedó hasta el día de hoy, y ahí se seguirá mañana, pues saber que mi amigo tendrá la vida emocionante que yo quisiera, no alivia mis penas. ¿Alegrarme por él? Claro, pero dejémonos de hipocresías. Lo envidio.
Estoy cansado, de verdad. Pero también estoy aburrido.
Mi cigarrillo se extingue lentamente y me pierdo en su respiración. Cuando lo termine, iré a dormir y a continuar con lo debido, pero hasta entonces, quiero disfrutarlo en silencio.
Vaya vida.
Me recuerdo de niño: Ilusionado, feliz, con muchos planes; o tal vez no eran planes, sino fantasías que me elevaban y me hacían ver mi futuro con optimismo, pero en cada año, y en cada cumpleaños, la vela del pastel se hizo cada vez más débil hasta apagarse, como todas mis ideas.
Recuerdo con nostalgia las tardes enteras dibujando. Creando historias en las que podía escapar de la monotonía, introducirme en escenarios exóticos lejos de las torres de cemento y las paredes grises de mi alcoba. Yo tenía talento, creo. Dibujaba y dibujaba por horas toda clase de paisajes y personajes, cada uno más extravagante que el anterior, más divertido, más interesante. Jugaba con mis muñecos creyendo que eran mis propias creaciones y hacía realidad, por lo menos en mi imaginación, aquellas fantasías que nacían en una hoja en blanco, una hoja de papel. Si afuera estaba soleado, yo jugaba con mis amigos. Si afuera llovía, yo jugaba con mi creatividad. No necesitaba nada más.
Pero la vida fue simplemente vida y sin pedirme permiso continuó su rumbo. La economía no me tomó en cuenta al impedirme estudiar animación y lanzarme a las calles a conseguir trabajo, como una mula de dos patas, atrapado en la sociedad.
Adiós a las aventuras.
Tal vez el problema principal no sea no haber tenido la vida que deseo, sino no poder hacer lo que deseo con mi vida.
Mi teléfono esta en mi mochila hasta el tope de números y contactos con los que hablar produce una ligera satisfacción efímera, una atracción, pero poco más. Mi cama ha sido testigo de mujeres bellas que han pasado por ella gritando mi nombre; pero yo no recuerdo el nombre de ellas.
Tengo un diccionario que no incluye la palabra pasión. Esa hoja se perdió hace mucho.
Mi problema no es ser un inadapto en la vida, sino haberme acostumbrado a ella.
Miro a los niños y entiendo sus sonrisas. Para ellos todo es nuevo, emocionante, excitante; un misterio esperando a ser descubierto, una aventura esperando a ser vivida. Para nosotros, los hombres mayores y – según dicen. – maduros, ya no hay nada que nos despierte una nueva sensación. Ya vivimos todo, o al menos casi todo, y no hay tierras nuevas por descubrir. No hace falta vernos en el espejo y preguntarnos qué es lo que sentimos, pues ya lo sabemos. Todo lo sabemos.
Nuestro mayor error es acostumbrarnos a la vida.
Cuando vemos un truco de magia por primera vez, nos sorprendemos; cuando lo vemos por segunda vez, nos reímos; y a la tercera vez no existe el encanto. Así es la vida misma.
Así es mi vida.
Pasar años luchando por conseguir y mantener un trabajo que odiarás hasta que te jubiles, cuando ya serás muy mayor para hacer lo que alguna vez soñaste, pues incluso tu cuerpo te exigirá descanso.
Recuerdo mi primer beso, mi primer amor, mi primera relación sexual, mi primer trabajo, mi primer día de clases. La vida es eso: Un recuerdo. Somos nuestros recuerdos, y los míos están vacíos.
Mi apartamento sigue oscuro y en silencio, como la noche por la madrugada. Las farolas siguen siendo mi única y pequeña fuente de luz para no ser atrapado por las sombras y consumido por su peso.
Suspiro. Este es solo otro día.
¿De qué sirve que el año tenga 365 días si ni la mitad son especiales? Ni importantes. Podría contar con los dedos de una mano los días que en este año han valido la pena.
¿Apreciar los pequeños detalles? Bah, eso es como querer obligarte a ser feliz.
Los niños en la calle son los únicos en recordarme que aún sigo perteneciendo a un mundo, con sus risas y peleas. Me recuerdan que aun soy parte de un todo que a la vez es nada.
Mi cigarrillo pierde fuerzas, se agota y finalmente muere en mis manos, su humo es solo un recuerdo ya.
Me levanto del sofá, dejo el cigarrillo en el cenicero y voy a mi habitación. La mochila sigue donde la dejé. Me desvisto sin preocuparme por bañarme, ya mañana lo haré, o pasado mañana, o la semana siguiente. No hay diferencia.
Me acuesto en la cama, no sin antes colocar la alarma a la misma hora de siempre. Cierro los ojos y por un segundo me imagino flotando en un mar infinito, siendo rescatado por uno de mis antiguos personajes. Sonrío como un niño. Como ese niño que alguna vez fui. Como ese niño que aun soy… Basta de tonterías, hora de dormir.

Mañana tengo otro día más