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20 ene 2018

Pesadilla

Pesadilla



            
Cada paso le hacía tambalear. No era fácil caminar entre cadáveres. Cada paso le hacía no querer continuar. Temía tropezarse con los esqueletos. El problema es que no tenía otra cosa que hacer. Caminaba despacio, bajo aquel cielo vinotinto, donde gases grises fungían como nubes, y donde el horizonte era un nublado verde zafiro, que se apagaba y se encendía, como si la realidad parpadease. Caminaba, y a veces escuchaba bajo sus pisadas el sonido de algún hueso crujiendo o rompiéndose por su peso. Una costilla. Un dedo. Se rompían como cristal, debilitados por el tiempo. La base del suelo se movía. Su campo de visión era estrecho. Solo veía horizonte, el cual estaba demasiado cerca; y unas islas, como en la que estaba, demasiado apartadas, demasiado lejanas, para que pudiera llegar caminando.     El olor no le ayudaba, pues no existía. Ojala hubiese existido. Ojala hubiera habido alguna pizca de humanidad, que no fueran esas vidas perdidas y esparcidas por la isla (como él había decidido llamar al sitio), y el infinito silencio interrumpido por algún hueso quebrándose.

           
Tenía la certeza de saber de quienes eran aquellos fragmentos de vidas pasadas, aquellos residuos de carne humana que ahora se presentaban en la manifestación más simple de la raza. Esqueletos desprovistos de algo que los señale. Sin embargo, él sabía quiénes eran. Una certeza innata, como cuando sabes que lloverá antes de que suceda. Un conocimiento que proviene de adentro, pero no del cerebro.

Sabía que hace ya un rato había pasado el cadáver de su madre. Y hace menos pisó lo que fue el cráneo de su hijo. El de su esposa aún no lo encontraba, pero esa misma certeza le decía que estaría en algún lado. Todos los esqueletos eran de alguien que había conocido. No había gusanos ni otros acompañantes. Estaban limpiamente tirados a su alrededor, como si un niño los hubiese arrojado desordenadamente al cajón de juguetes del infierno. Los dejaba atrás a medida que continuaba su marcha. A medida que se acercaba al punto final de la isla.
           
¿Isla era la forma apropiada de decirle? Tal vez no. Insignificante masa de tierra putrefacta era una mejor descripción. No poseía arena ni vegetación, ni siquiera agua a su alrededor; solo una infinita nada hasta que la vista se topaba con la siguiente isla, y un inmenso campo propio del jardín subterráneo de un cementerio. Nada más. Sin aves ni animales. Sin sol ni luna. Cielo extenso, nubes de vapor y él, caminando. Seguía caminando.

Sus manos no tenían uñas, dejaban la carne libre al rojo vivo. Estaba calvo. No poseía dientes. Su lengua no se movía. Sus orejas estaban caídas. Sus cejas, desaparecidas. Sus labios, resecos. Sus ojos eran cuencas. Sus pies descalzos, aunque sin dedos, y aún así caminaba porque en ese lugar no hacía falta lógica. Sus piernas afeitadas. Sus rodillas llenas de cicatrices. Sus brazos cansados. Así era él. Eso era él.
           
El roce de una costilla le pasó por el pie cuando ya faltaba poco para llegar a la orilla. Una mano de puros huesos le agarró el tobillo; hizo caso omiso y  continuó. Llegó al final de la isla y observó lo que lo rodeaba. Más islas. Eran sostenidas en el centro por la estatua de una mujer que las cargaba con unas manos de largas uñas y unas muñecas diminutas. Sus caras estaban tapadas por un velo de piedra rasgado, donde se le entreveían solo una boca con ronchas o una nariz rota, según fuera la isla. Las estatuas tenían diferencias mínimas. Pero todas sostenían estos pedazos de piedra. Observó con más atención y notó que en la isla más cercana, en la superficie  no había esqueletos, sino pequeños niños jugando entre ellos. Se empujaban hacia la orilla, haciéndose caer al vacío. Al empujar y ser empujados, reían; pero cuando comenzaban a caer, lloraban. Eran demasiados sobre el montón de roca y parecían no terminar nunca. Se seguían empujando y seguían cayendo, agrediéndose unos con otros.

Miró hacia abajo, a la oscuridad total. No había nada. Ni siquiera un final prometedor. No era niebla lo que ocultaba el suelo, sino una penumbra absoluta que no se inmutaba, no se movía, no se alteraba. Cuando los niños caían, no entraban en la oscuridad, se fundían en ella para volverse un solo ente.
            
Saltó hacía ella.
            
Tenía que hacerlo.
            
Lo sabía con la misma certeza de que esos esqueletos eran sus seres queridos.
            
Caía hacia la negrura, y creyó entrar en ella, pero ella entró en él y lo dejó ciego. Todo oscuro. Todo nada. ¿Seguía cayendo? No se había golpeado, pero no había brisa ni hormigueo que le confirmara que seguía en caída libre. Todo lo que había era nada. Aguzó el oído y escuchó el llanto de cientos de niños a su alrededor. Esos a los que había visto caer. Lloraban en desconsuelo hasta que el llanto se convertía en gritos de pavor y luego no paraban de gritar jamás. El silencio se convirtió en una cacofonía de alaridos infantiles retumbando con el eco de un aire inexistente. Se desgarraban las gargantas.
            
Él esperaba que lo que le hacía a ellos gritar así, viniese por en su encuentro en cualquier momento. En vez de eso la suerte le brindó la mano y a lo lejos, justo en frente de él, una luz se encendió. Era roja y pequeña. Una llama lejana. Un punto rojizo.

Se acercaba a ella por mera voluntad, por puro deseo de querer hacerlo, pues no sentía sus piernas moverse al caminar, si es que eso estaba haciendo. No obstante, la llama se veía cada vez más grande. Y los gritos se escuchaban cada vez más fuertes. Fue consciente de su cuerpo cuando sintió que un par de dientes muy afilados y pegados entre sí, como si fuesen incisivos, lo mordieron el hombro derecho. No tenía brazos para apartarse lo que estuviese ahí, así que se limitó a seguir avanzando. Otro par de dientes se le incrustaron en la cabeza, como una aguja que le llegara al cerebro. Le dolía demasiado. No se detuvo y avanzó. No lo pensó. No había razón. Avanzó.

Unos chillidos se concentraron a su alrededor. Los mordiscos se multiplicaron. En la pierna, en la nuca. Algo le mordió el ojo izquierdo, y aunque le dolió terriblemente, no perdió la visión ni dejó de avanzar. Los chillidos incrementaban y algo dentro de él gritaba. Por fuera no podía. La llama se acercaba. Era rápida. Se hacía grande. Se hacía fuerte. La alcanzó sintiendo su alma cuatro veces más pesada, y cada centímetro de su existencia con una punzada de dolor. Pensó que debía tocarla. Se imaginó con un brazo que pudiera hacerlo, estirándolo para alcanzarla. Y la tocó

El dolor desapareció. La oscuridad también.
            
Ahora estaba en el centro de un escenario circular. Un coliseo lo rodeaba. Miles de personas lo veían fijamente, en silencio. Estaban indiferentes, pero atentos a cualquier movimiento que hiciera. No parpadeaban. No respiraban. Había niños, niñas, hombres, mujeres, ancianos. Todos apretados entre sí, observándolo. No dejaban de hacerlo ni por un segundo.
            
Él miró por todos lados buscando una salida que no encontró. Empezó a llorar. Sabía que ese era su fin. Hasta ahí había llegado. Ellos lo matarían. Lo harían. No tenían razones para dejarlo vivo. Estaba acabado.

Lloró como un niño. Se arrojó al suelo y lloró golpeándolo, mientras gritaba y suplicaba que lo dejaran en paz. Se rompió dos dedos de la mano izquierda con esos golpes. Sus nudillos se quebraron y empezaron a sangrar. Cuando sus manos no pudieron más, golpeó la cabeza contra el suelo una y otra vez, suplicando en miseria mientras se abría una herida en su cráneo. Pero no le importaba. Quería que lo dejaran en paz. Tranquilo. Solo. Solo. En paz. Llorando. Solo. Golpeó con fuerza. Golpeó con desgracia. Por la herida abierta se le escapaba masa encefálica. Sus sesos chorreaban por la sien y se combinaban con las lágrimas. Se puso en pie tras haberse vomitado encima y le gritó a todos que se fueran; ellos seguían observándolo como si jamás se hubiera movido. Les siguió gritando hasta que le ardió la garganta, se rindió y cayó al suelo. Cerró los ojos.
            
Los abrió y estaba en una isla.
            
Otra isla.
            
Una isla con otros iguales a él. Eran él mismo. Él de niño. Él de anciano. Él enfermo. Él drogado. Él ebrio. Todos eran él. Le susurraban cosas que no podía entender. Varios eran solo cadáveres de él mismo que se habían levantado para verlo con unos enormes ojos inexpresivos. Todas sus versiones infantiles lloraban y eran consolados por sus versiones más ancianas quienes sonrían torcidamente. Los más parecidos a él estaban sentados con la cabeza entre las rodillas mientras con las uñas se arrancaban el cuero cabelludo. Uno de ellos optó por morderse la lengua y tenía una expresión de absoluta concentración mientras la sangre le chorreaba de entre los labios. Él, ya no era él, sino que era ellos. Lo entendió con la misma certeza con la que había entendido todo. Él era ellos. Ellos eran él. Él era como el otro él que ahora vomitaba, se comía el vomito y volvía a vomitar. Él era ellos. Miró al cielo y se llevó una grata sorpresa al ver a los niños volando por encima, con alas tan rápidas como las de un colibrí. Los niños reían. Ya no se peleaban. Qué bueno.
            
Bajó la mirada y siguió viéndose a sí mismo.
            
Ahora lo entendía.
            
Y cuando lo entendió todo…

            
Despertó.

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¡Un saludo!

27 jun 2016

Esperanza

Esperanza




Que complicado es ver la luz cuando el túnel es tan estrecho. Es muy difícil recordar que más allá del concreto existe un cielo que nos está esperando para que volemos entre sus nubes. A veces es imposible saber la regla obvia del mundo y su movimiento, que no se detiene por más males que lo acechen. Los mares siguen batiendo con sus olas la orilla, la lluvia seguirá cayendo ahí donde el suelo se lo suplique. El árbol esperará con paciencia que sus hojas caídas vuelvan a nacer. A veces los ojos se ciegan y el tiempo pierde su nombre y su apellido; se convierte en nada. La tierra llama para que te acuestes sobre ella y dejes que todos lo demás suceda sin que intervengas. Te dice: simplemente quédate ahí, cierra los ojos y deja que la naturaleza haga su trabajo, deja que tu cuerpo envejezca, deja que tus latidos cesen; permítete morir. A veces incluso parece una buena opción; a veces incluso parece la única. Pero si tienes la suerte de prestar atención por un momento, escuchas un canto salido de la nada. Puedes reconocer o no la voz; el sonido puede venir acompañado de una imagen, pero la mayoría del tiempo es un solo un ruido rompiendo con el silencio. Una melodía del aire. Tus oídos lo captan si tienes la suficiente fuerza y, sin darte cuenta, te colocas de pie con el simple de objetivo de seguir esa voz. Temes perderla. Temes que te abandone. La necesitas porque es lo único que te queda. Es el tesoro que llevas en tus bolsillos. Así que caminas y caminas con pies sangrantes y ojos debilitados. Lo sigues escuchando, no sabes muy bien de donde viene, pero mientras tus sentidos lo perciban, seguirás caminando en su búsqueda.
 Es Esperanza quien te llama.
 El sol puede detenerse en su punto más álgido y quemarte la piel haciendo que cada ligero roce de un objeto físico te provoque un ardor insufrible. Es posible también que el camino tenga huecos, agujero, grietas del tamaño de anacondas y tú, como un ser con errores, caigas en ellos rompiéndote uno que otro hueso. El agua escasea. El viento no sopla. Los alimentos parecen recuerdos. Ya no sabes la definición de energía, ni de fuerzas, ni mucho menos de poder. Y sin embargo das un paso tras otro en busca de ese extraño llamado que llega desde lo más alejado que puedas imaginar. Puedes llegar a pensar que ese llamado proviene de ti mismo y no estarías del todo equivocado, pero tampoco del todo en lo cierto. De todas formas tú sigues caminando y ya. Eso es lo que importa. Porque hay momentos donde no queda otra opción. Momentos en los que la esperanza es lo único que te mantiene en pie, a pesar de que las señales del destino te griten tu fracaso. Cuando la alcanzas, la dama Esperanza te besa, te sonríe y, aunque no te diga que todo estará bien, puedes ver en sus ojos que tal vez así sea. Ves que aún es posible. Así que la tomas de la mano y sigues caminando.
Que caprichosos podemos ser. A qué nivel de terquedad podemos llegar.
No hay respuesta cuando te preguntas que vas a hacer y Frustración, ese viejo amigo, te dice que ya te rindas de una buena vez. ¿De qué vale seguir intentándolo? Es una decepción tras otra, tras otra, tras otra. Eso termina cansando. Es la cuchilla que te atraviesa una y otra vez en el pecho y que tarde o temprano llega al corazón. Nada la detiene. Así que Frustración te aconseja dejarlo hasta ahí; te da buenos argumentos. Promete alejarte del dolor. Pero Esperanza te sostiene con firmeza. Coloca la mirada seria y mira a Frustración con odio; le dice que se aleje porque, a pesar de lo que parezca, pese a lo que tú mismo crees, aún puedes aguantar un poco más. Tan solo un poco más es todo lo que necesitas. Así que Frustración se va con su primo, Resignación, y te observa desde lejos esperando la oportunidad de volver a engatusarte
Esperanza te protege, es tu amiga. En el camino aleja a Miedos, rechaza a Dudas  y le grita a Conformidad que no vuelva. Te presenta a Fantasía y Sueños: son una pareja romántica que no pueden separarse el uno del otro. Se aman con locura. Se susurran por las noches fantásticas quimeras sin importarles o no si se volverán reales, la pareja simplemente observa el suelo acostados sobre la grama. En sus labios se ve una sonrisa. En tu interior deseas hacerte amigo de ellos. Esperanza sigue a tu lado y te presenta a Perseverancia, también llamado Determinación. Él es un poco más serio que Fantasía y Sueños, pero en silencio, también tiene sus ideas; la diferencia es que él está casado con Metas y ambos luchan por conseguir eso que Fantasía y Sueños anhelan. Esperanza te dice que aprendas de ellos, de los cuatros. Te dice que tomes sus mejores características y las vuelvas partes de ti. Esperanza te canta maravillosas historias de lo que han logrado esos cuatros cuando se funden en un mismo corazón.
Fracaso se coloca adelante y te golpea. ¿Cómo te atreves a olvidarlo? Si él es el resultado de tus decisiones. Es tu hijo y nunca podrás negarlo. Tú lo creaste. Te sigue golpeando mientras Esperanza, asustada, te pide que lo enfrentes. De nuevo tus huesos se quiebran y tu cabeza sangra. Tus sentidos están aturdidos por los azotes de Fracaso, quien sigue con su tarea asegurándose de darte ahí donde más te duele. El conoce muy bien tu cuerpo, tus puntos débiles. Te golpea y escupe insultos que no son groserías sino recuerdo de tus acciones. Cada palabra dicha por él, es un error cometido. Cada golpe brindado es una mala decisión. Esperanza se abalanza sobre Fracaso, pero él la aparta con violencia. Y ahí te das cuenta de que estás a punto de perderla. Esperanza, tú Esperanza, fue lastimada intentando salvarte. Sin ti, ella se perdería por los senderos del abismo racional. Te necesita tanto como tú a ella. Te das cuenta del miedo que te da perderla porque sabes que es lo mejor que tienes. Esperanza es quien te dedica halagos cuando el resto del mundo te ofrece insultos. Es Esperanza quien te brinda con su canto las palabras que jamás creíste escuchar ni mucho menos merecer. Esperanza te presentó a Fuerza, te hizo amigo de la Paciencia. Perderla sería tu ruina. Por ello, mientras Fracaso sigue inclemente, te vas levantando con pies temblorosos. Lo encaras, le dices que no volverás a verlo, que lo convertirás en un recuerdo. Muchas veces Fracaso es un enemigo peligroso que preferimos no afrontar, pero hay ocasiones en que debemos hacerlo no porque queramos, sino porque no hay de otra. No existe otra alternativa más que verlo a los ojos y notarte reflejado en ellos, lloroso y sangrante, pero con la barbilla levantada. Fracaso se va sabiéndose derrotado.
Te acercas a Esperanza y la ves débil. El golpe de Fracaso la dejó muy herida e incluso ella misma teme no poder reponerse; ha llorado mucho por ti, ha sufrido mucho por ti. El pánico se apoderó de ella y es tan contraria a su naturaleza que se siente confundida. Te arrodillas a su lado y la abrazas, así como ella te abrazó. Curas sus heridas. Besas sus mejillas. Alisas sus cabellos usando tus dedos apreciando lo hermosa que es. Esperanza y tú se toman de las manos, y aunque ambos se encuentran muy heridos, usándose mutuamente como apoyo logran ponerse en pie. Miran hacia adelante. Aún queda un largo camino. A lo lejos se ve el horizonte y el final parece inexistente, perdiéndose el cielo en esa línea horizontal que no se sabe que promete. Esperanza y tú cruzan la mirada y empiezan a avanzar.
 Ella está a tu lado y sabes que en algún momento puede morir. Es fuerte y decidida, pero también frágil y delicada. Tiene muchos enemigos que intentan quebrantar su voluntad y desaparecerla de tu psique; borrarla como quien derriba una puerta con la intención de crear escombros que no dejen a nadie pasar. Esperanza te ayudará pero también necesita de ti. Necesita que la alimentes, la cuides y la nutras. No puedes dudar de ella. A veces parecerá una mentirosa, como una bruja engañosa que intenta llevarte por una pared de ladrillos prometiéndote que puedes atravesarla, pero en realidad es muy sabia y te haría bien escucharla atentamente cuando te hable. Esperanza muchas veces es lo único que te queda. Y casi siempre es lo único que necesitas.
No vayas a perderla.

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28 mar 2016

Copa vacía

Copa vacía



Alguien dice un chiste y todos se ríen al unísono. En ninguna parte de mi ser se asoma el espíritu de la comedia; no da muestras de vida ni de querer presentarse. Pese a eso, mis enseñanzas en el arte de la educación me hace imitarles y en mis labios rígidos se dibuja una sonrisa insolente ajena a mis deseos. Me llevo la copa a la boca fingiendo que disfruto del trago. Cuando la bajo sigue tan llena como antes.
La música se transporta por los aires como el humo de una chimenea, inexorable. Se contamina como el oxígeno y nos representa su más grata creación de la mano de algún artista anónimo. El patio de la casa es un bullicio incontrolable de amigos, de viejos conocidos, reunidos en un círculo sobre sillas tan plásticas como el momento. La noche se viste de eterna. Todas las horas son iguales durante su reinado y no hay nada que nos dé señales de que quiera acabar. Tras el ocaso, con el sol enterrado, la reina de la noche no admite herejías y bajo ella vivimos hasta que el dios Ra haga su sorpresiva aparición.
El humo de los cigarrillos acompaña a la melodía invadiendo todo usando el espacio. Yo, que no he fumado nunca y tal vez nunca lo haré, lo tolero con humildad, disfrazando mi oposición al tema. No estoy ahí para dar lecciones.
No sé porque estoy ahí.
Una sombra se pone de pie y nos pregunta si queremos que nos recargue la bebida. Bajo la mirada y veo mi copa semi llena. Rechazo la oferta sin subir la cabeza y, como un atolondrado enamorado, me quedo viendo el recipiente cristalino de mis manos, con su contenido oscuro que no se mece ni se mueve, sino que es se mantiene imperturbable esperando ser bebido. Honor que no sé si le pueda otorgar. Mis coetáneos, en cambio, no dudan en cumplir su deber y mientras yo mantengo la copa entre mis dedos, ellos vacían dos, tres o más con una sed infinita digna de un convaleciente del desierto; desesperados por perder los sentidos y armonizarse con la inopia.  Pronto se sentirán mareados y, uno por uno, con el disimulo de un estafador, podrán una excusa para ir al baño ocultando sus intenciones de vomitar. Señal de alarma que ignoraran, desde luego, para sentarse de nuevo y seguir bebiendo hasta que el cuerpo llegue a su punto de quiebre y ni un herrero pueda reponerlos.
Yo debería estar haciendo lo mismo que ellos.
Debería estar bebiendo y contando chistes. Bailando solo a trompicones siguiendo el ritmo de una música desafinada que sale del interior de mi mente alejada de la verdadera que nos rodea. Debería estar con un brazo a los hombros de un amigo contando anécdotas; historias que en su momentos fueron menudencias pero que llegado el ahora eran perfectas para relatarse ante oídos ebrios. La droga etílica debería estar recorriendo mis intestinos y endulzando mi personalidad; anestesiando mi raciocinio mientras el subconsciente me grita, me dice que estoy aquí, pero mis acciones lo ignoran y se dejan llevar por los hilos invisibles del alcohol. Sí, yo debería estar haciendo eso.
¿Por qué no lo hago?
De ser hipócrita me vestiría de virgen y hablaría con desprecio de la bebida; eso sería tal mentira que no me disculparía siquiera. Me limitaría a arrojarme como endemoniado en el pozo de los deshonestos para ahogarme en las lágrimas de la falsedad. Pero la simple verdad coloca su huella en mis palabras y con su voz relata aquellos días de hace cuatro, tres o dos años, donde las copas de mi mano se vaciaban antes que el parpadeo de una doncella. Los baños en los que vomité se reirían si me vieran ahora. Y ni hablar de las noches con llegadas a mi casa esperando un amanecer doloroso tras haberle hecho el amor a la botella y haber engendrado como hijo una resaca. En algún teléfono habrá mensajes inentendibles y garabateados enviados por mis manos bajo los efectos de algún líquido ardiente. Fotos que no recuerdo haber tomado. Besos que no recuerdo haber dado.
Pero un par de años han pasado desde entonces y siento como si algo hubiese cambiado. El recuerdo del niño encantado por la simple de idea de una reunión entre amigos con una botella en el centro, se pierde ante el reflejo del amargado que ahora les sonríe a sus allegados sin ganas por puro compromiso. Esos días terminaron y no entiendo por qué. Parece que el tiempo solo ha transcurrido bajo mi cielo; solo mis árboles se han quedado sin hojas, porque a mi alrededor, aquellos con los que crecí, siguen manteniendo ese furor cada fin de semana que los obliga a esperar la llegada del sábado con ansias. Esa emoción eterna cuando reúnen hasta las monedas para comprar la bebida escogida, seleccionar la casa indicada y luego beber hasta la mañana entre chistes oportunos, bailes sin sentido y poco más; contando las mismas historias una y otras vez como si estas cambiaran con cada nuevo relato. Es como ver el mismo capítulo televisivo cada día esperando que suceda algo nuevo. Pero no, no sucede. Se repite perennemente.
Y aquí estoy yo, con ellos, bebiendo. Sería una ignominia rechazarles el trago. Una falta de protocolo para todo lo que representa la amistad donde si bebe uno, beben todos. Pero mientras los veo en el torbellino de sus risas descontroladas, me sumerjo en la ataraxia cogitando al respecto; pues, a pesar de lo vivido en al ayer, cuando lo vuelvo a vivir hoy, no le hallo sentido. No le veo significado trascendental a la reunión semanal, o mensual, como si de un rito se tratase, para beberse un par de botellas sin nada más que hacer. El aburrimiento es solo uno de mis acompañantes esta noche y viene consigo la curiosidad; pues el saber que ellos no han perdido de vista el encanto de este ritual me hace preguntarme por qué yo sí. Por qué la visión de mis amigos reunidos ya no me provoca el placer de antaño. Son mis amigos y los quiero; jamás he de negarlo. Pero incluso en soledad, con un buen libro entre las manos, sintonizando una buena estación de radio, he encontrado mayor cobijo que rodeado de mis seres queridos. Y es que, esta ágora repetitiva se vuelve una religión asfixiante. Pero el problema soy yo, no ellos. Eso lo puedo dilucidar con un poco de pragmatismo. Ellos siguen haciendo lo mismo que antes y lo siguen disfrutando igual que antes. Pero yo no.
Y no sé por qué.
¿Cuál es el objetivo de beber? No se consigue nada. En la juventud es apasionante, no lo niego. Una experiencia nueva es lo que se busca desde el nacimiento y una vez encontrada hay que aferrarse a ella por temor a perderla. Pero beber sin razón, beber por beber, es lo que me parece tan absurdo como caminar en círculos creyendo que eso nos llevará a algún sitio. ¿Las charlas con amigos? Sí, desde luego, son divertidas. Pero los temas se agotan como una lluvia que escampa y poco a poco se acaban las opciones: Podemos refugiarnos en silencio, acudir a algún juego o iniciar la verborrea ya conocida. No hay nada nuevo.
Nada.
Pero ellos lo disfrutan.
¿Por qué yo no?
No es madurez, no es otra etapa… ¿O tal vez sí los sea? La respuesta navega en una isla que no conozco, enterrada bajo una equis que no está señalada en ningún mapa. Incluso compartir mi reflexión con aquellos que me rodean no me trae alivio. Ellos tampoco saben la verdad. Pero la amistad sigue siendo la amistad y por eso vuelvo a sujetar mi copa ante adláteres, conocidos y extraños, con una música de la que nada comparto.
Aún estoy viendo mi copa. Se aligera gracias al movimiento monótono de mi brazo que conecta el cristal con mis labios. El líquido amargo de desliza por mi garganta quemándome con dulzura. Cierro los ojos y lo ignoto de mí alrededor abre las puertas de mi imaginación; ese oasis es el único lugar donde realmente puedo volar. Pero la noche sigue y debo regresar a tierra. La copa ya está vacía. Tal vez eso es lo que soy: una copa vacía. Una copa que ya fue bebida sorbo por sorbo, vaciada con egoísmo por unos labios que no conocen la cohibición. Tal vez soy ese trago que finalizó con su gusto amargo y desapareció en lo insustancial del presente; y ahora se arrepiente de haberse evaporado tan rápido y haberse sabido ignorante sin negarlo, pero sin aceptarlo; bailando con pecados magnánimos para cualquiera que lo conociese. Una copa vacía sin nada que ofrecer esperando el momento adecuado para volverse a llenar con el contenido ansiado y tener una razón para brindar, para llorar. Algo que altere el latir puntual de lo meramente necesario.
Alguien volvió a decir un chiste. Todos se ríen.
Subo la mirada y finjo la sonrisa.
Me retiro a rellenar mi copa.

Y vuelvo.

11 mar 2016

Mi peor enemigo.

Mi peor enemigo

Me está gritando, me grita pero no entiendo sus palabras. Siento su enojo, su desesperación, sus miles de quejas sobre mi persona, pero no puedo descifrar lo que me dice.
Sé que está señalando mis errores, y enumera uno por uno mis defectos. Me recuerda mis complejos como si los hubiese leído esta mañana en el periódico. Me dice lo estúpido que soy, lo tonto, lo cobarde, lo débil. Me recuerda cómo viven engañados aquellos que me ven como alguien digno de respetar. Pobres ilusos que no me conocen bien. Ilusos que no me ven llorar en mi habitación por las noches, escuchando música con mis audífonos, encerrado en las paredes de mis lamentos, observando por la ventana el mundo que odio y a la vez amo; que temo y ansío; que espero y me espera.
Él sigue gritando y a su modo me aconseja, pero es ahí cuando menos lo entiendo. ¿Qué me dice? ¿Por qué? Me observa fijamente con decepción, como si me aborreciera. Creo que estar enfrente de él hace que le de asco.
Ahora llora, desconsolado, cubriéndose el rostro con las palmas. Intento acercarme a él pero se aleja, intento entenderlo pero me confunde; yo solo quiero que estemos en paz y podamos sonreír al vernos, pero siempre hay algo que nos detiene. Algo que me dice que baje la mirada y permita que se me nuble el semblante en su presencia. Escucho sus susurros despotricando contra mí, maldiciéndome, deseándome la muerte. Si de él dependiera, me estrangularía con sus manos apretando con fuerza mi cuello, dejando sus cinco huellas marcadas en mi piel, riendo al ver como el aire escapa de mí, en compañía de mi vida. Pero no se lo permito, tal vez algún día lo deje hacerlo, pero hoy no. En el fondo, algo hace que me le rebele y trate de mostrarme fuerte, aunque tanto él como yo sabemos que mis fortalezas tienen la resistencia de una hoja contra el viento.
Quisiera que fuéramos amigos ¿sí? De verdad que eso quisiera, que nos entendiéramos, que nos escucháramos, pero parece imposible. Tal vez nunca vayamos a entendernos, y de ser así, no sé cuánto tiempo soportaremos
Tú y yo nos necesitamos. Tú, que eres mi cristal. Tú, que tienes mi imagen. Tú, que eres a quien veo cada mañana frente al espejo. Tú, has resultado la mayor de mis dolencias.


Tú, reflejo mío, eres mi peor enemigo.


7 mar 2016

¿Yo te amé?

¿Yo te amé?



Yo te amé, ¿lo sabías? O bueno, al menos eso creo; ya no estoy tan seguro. Tu imagen, antes sinónimo de perfección, se ha convertido en un retrato sin color observándome en mi habitación. Tus besos, antes tan ansiados, se convirtieron en vacíos movimientos sin dulzor que me hacen preguntarme si tendrá algún sentido que tú, y yo, sigamos compartiendo un mismo mundo.
Yo te amaba, o eso es lo que siempre he pensado. Pero ahora todo está confuso, borroso, como si fueses una mancha en mi pared; una figura sin forma que se plasma en el infinito blanco de mi existencia, perturbando la pureza de mi todo.
¿Te amé? ¿Cómo saberlo?
Antes, en cualquier momento y lugar, la respuesta hubiese sido un “sí” rotundo, sin pausas ni dudas, sonriendo, pensando en tu figura y recordando tu voz; pero ahora…
Permíteme explicarme: No quiero que pienses que todos aquéllos momentos, eternos y únicos, fueron mentiras, pues en ellos te juraba amor hasta la muerte. Siempre te fui sincero. Pero aunque aún no hemos muerto, al parecer nuestro amor sí.
Hablemos con la verdad. No entiendo como el amor puede desvanecerse tan pronto, como si no fuese más que una brisa pasajera que nos acaricia durante un segundo y después se marcha, dándonos  la espalda, dejándonos con ganas de ella; y en ese estado permanecemos hasta que llegue la siguiente, y luego la otra y la otra, deseando siempre que se mantenga, con miedo de que sea la última.
No somos niños, no esperamos un cuento de hadas con el: “y vivieron felices para siempre…” pero darme cuenta de nuestra penitencia: el desamor, me hace ver lo estúpido que es iniciar una nueva relación, enamorarnos de nuevo, para luego desencantarnos y  reiniciar el ciclo.
Es tan estúpido. Es tan simple. Es tan complicado.
¡Yo te amé!, ahora lo sé; pero ya no te amo, eso también lo sé.
Después de los momentos tiernos,  los sobrenombres cursis, las miradas en silencio y, las risas comprometidas; ¿qué queda? Nada. ¿Entonces para qué vivirlos?
Dios sabrá porque nos une y nos separa a su conveniencia.
Antes, le gritaba a las nubes mi amor por ti, soñando con que en ellas pudiera ver tu semblante. Ahora, imaginarte, es convertir la noche en tormenta.
            Si amaste y dejaste de amar, ¿en verdad estuviste enamorado? Por favor, que alguien me responda, pues ni escribiéndote estas palabras, que jamás leerás, he hallado respuesta.