¿Les ha pasado?
¿Les
ha pasado? Tal vez solo soy la voz de un corazón enojado; el amante de la
indignación. Tal vez soy la improvisada decepción haciendo acto de presencia,
elevando sus plegarias, usando sus dedos como herramientas para convertir sus
cicatrices en letras. Es muy posible que esto carezca de significado. Palabras
vacías de una queja vacía inspiradas en esa fechoría que es la inmadurez. Tomo
en consideración que esto pueda ser una tontería; algo monótono e insustancial.
Una experiencia menester como las estrellas al anochecer, y aquí no haya nada nuevo por ver
ni leer. Pero es casi media noche y, mientras me detengo para responder
mensajes en el celular, me animaré a preguntar y contar lo que, a mí, en lo
personal, me ha pasado.
He
pedido disculpas cuando me he equivocado; y no han sido pocas, a decir verdad.
Muchos errores he cometido y me han llevado a arrodillarme entre excusas
suplicando perdón… una segunda oportunidad. He llorado deseando la redención.
Me he tragado tantas veces el orgullo que me pregunto si alguna vez tuve. Me he
guardado palabras y opiniones por temor a lastimar, por temor a ofender; he
encerrado pensamientos sin convertirlos en sonidos para que no traigan
consecuencias lamentables para mí o mis allegados; y eso es algo que, para
alguien tan boca floja como yo, requiere un gran esfuerzo. He perdonado en
muchas ocasiones; me han herido (como a todos), me han fallado (como a todos),
pero he perdonado (como pocos), porque la vida me enseñó a apreciar lo que
tengo y sé que debo sacrificar el rencor para mantenerlo, así que he olvidado
ofensas, ataques y decepciones en busca de un bien mayor. He escuchado males
ajenos en infinidad de ocasiones; dejé a la disposición mi oído atento
acudiendo con mucho esfuerzo a la comprensión; sin juzgar, sin pretender
conocer la verdad o poseer una superioridad moral. Simplemente he estado ahí
escuchando para posteriormente hacer girar mis engranajes mentales provocando
que pueda dar el mejor consejo, el mejor consuelo o la mejor opinión que se me
ocurra según sea el caso. He guardado secretos. He sacrificado días de trabajo.
He sacrificado días de estudio. He defendido, apoyado y colaborado. He
acompañado, cargado y hasta empujado. Y no es que quiera vanagloriarme, pues no
he hecho nada especial; he hecho lo que cualquier amigo debe hacer. Pero ahí
quiero señalar algo fundamental: no todos se esfuerzan en ser buenos amigos. Yo
sí.
Pero…
He
sido ofendido esperando una disculpa que jamás llega. He pedido consejos que
nunca aparecen, mientras mi interlocutor me observa en silencio, gira la mirada
y cambia el tema de conversación groseramente. He sido insultado cuando me he
equivocado, e incluso después de disculparme, de mear de sobre mi orgullo, sigo
siendo condenado por el error y luego fácilmente olvidado. He recibido
demasiados mensajes de negativas cuando soy yo quien solicita una ayuda de
aquellos por quienes en el fuego puse la mano. He sido juzgado, he sido
tachado, he sido difamado; y no por simples desconocidos cuyas palabras
resbalarían, sino por esas personas por las que pasé noches sin dormir buscando
el modo de ayudarles aunque al día siguiente tuviera que pararme a las cuatro
de la mañana. He sido tildado de exagerado, dramático y hasta molesto cuando
muestro preocupación por una amistad
amada. He sido superado demasiadas veces, como alguien que viene y se va
sin ninguna trascendencia. He visto demasiadas conversaciones morir sin antes
llegar esa muestra de arrepentimiento o al menos una mínima valoración hacia mi
persona. He escuchado muchos “Te quiero” sí, y algunos “Te amo”. Pero muy pocos
“Perdóname” y casi ningún “Te perdono”. He escuchado muchos “Te apoyo” pero
jamás un “Te entiendo”, y ni hablar de los “Intento entender” porque a veces
comprender a alguien es difícil, pero el esfuerzo de hacerlo vale más que mil
te quiero.
Vuelvo
a pensar que estoy exagerando, que esto le pasa a cualquiera. Debería borrar
esto pues una muestra indigna de un pseudo arte sentimental y no le hace honor
a lo que las letras deben significar. Pero a pesar de eso, aquí está, aquí
estoy; sigo escribiendo. Hoy me declaro indignado, no solo por mi esfuerzo
menospreciado, sino por el esfuerzo inexistente de aquellos que recibieron mi
ayuda en el momento de necesidad.
“Ayuda
sin mirar a quien” Sí, okey, muy bonito; pero si la vida es un Quid pro quo en
lo que respecta la amistad, lo que tú das es lo que recibirás. Esa simple regla
no se cumple.
Tal
vez pido demasiado, pero el mismo tiempo no estoy pidiendo nada que yo no dé. Y
no soy alguien especial, así que no debo encontrar a alguien excepcional que me
pueda dar la misma amistad que yo ofrezco, ¿verdad?
Subrayo
algo importante: sé que hay muchos allá fuera que jamás te regresaran lo que
haces por ellos; pero todos tenemos un pequeño círculo de seres amados de los
que si esperamos esa retribución. Y si ese círculo, que cada día se hace más
pequeño, también falla, es cuando llega la pregunta: ¿En qué estoy fallando?
Pues es fácil suponer que si eres el único con una actitud diferente, entonces
el error está en ti. Estás mal. Te estás perdiendo algo.
He
recibido mucho y he dado mucho, jamás lo he de negar. Mis amigos son mi bien
más preciado. Pero he dado más y no ha sido devuelto. No es que tenga una
factura que deba cobrar pero… ¿qué les cuesta?
Sí
se puede dar más. Yo lo he hecho
Esto
no es una reflexión, esto no es una publicación poética, esto no es un escrito
literario. Acaban de leer un desahogo exagerado. Me disculpo si os he
decepcionado. Son las once y cincuenta de la noche exactamente y en mi teléfono
acaba de llegar un mensaje, pero ese no es el mensaje de disculpas, ni de
redención que en este momento debería recibir. Si tan solo llegara, tal vez
borraría todo esto y diría “vaya estupidez he escrito” para dedicarme a leer
algo antes de dormir.
Ya
son las once y cincuenta y dos; aún no llega ese mensaje.
Mientras
yo sigo esperando, sólo me queda preguntar:
¿Les
ha pasado?
‒‒‒
¡Gracias por leer!
