19 abr 2016

Inopia


Inopia

Ojalá la Inopia de mí se apoderase, pues bajo sus encantos caería en un letargo eterno; un descanso sereno libre de melodramas; ajeno a esta tragicomedia que ríe al llorar y llora para poder reír. Bajo la Inopia, bajo su manto, podría olvidar lo aprendido, desplazar lo soportado y destruir lazos fuertes y bellos, pero con espinas adyacentes; pues si bien las flores de olores se nutren, siguen siendo venenosas para el que decida sobre ellas acostarse. Y es por ello, y por poco más, que a la Inopia espero en este incomodo silencio; acostado sobre un campo de flores donde su veneno no es compensado por el olor en desprendimiento. Inopia sea bienvenida, como el estado del coma en el cual despertaría solo en un selectivo día. Inopia, aparece, pues los pensamientos enloquecen así como los deseos, secretos y mentiras. Mentiras dichas con intención noble, mas son un suicidio ahorcado desde un roble.
Conciencia dormida, conciencia domada. Importancia máxima, importancia reducida, y así casi desaparecida su valencia, se presta para la ignorancia e ignora la sapiencia. Simplemente regenta hechos presentes con ojos ciegos a tiempos remotos, ya sean pasados o futuros. Las fantasías se convierten en hojas en blanco, pues su existencia embellece la realidad que a la vez se retuerce por la verdadera inexistencia de ellas. Simplemente olvidar y no importar, eso promete la Inopia. Como un niño que aprendiendo a caminar se cae para luego levantarse sin guardarle rencor al suelo, a sus pies o a su torpeza.
Inopia, amante de la mente alelada.
Inopia, si vas a llegar, llega de una vez; y si no entonces envía tu carta de disculpas por correo, por mensaje; amarrada al pie de un ave que perseguiré por extraños parajes, rodeando arbustos y árboles, con la esperanza de hallar en tu letra una carta de presentación y no de adiós, aun sabiendo lo que el ulular pronostica.
Tal vez sea de los múltiples condenados, penados por múltiples razones. Comienzo a pensar que el tumulto se une y se clasifica para darle sentido al hecho de conocer las preguntas, las respuestas, y aun así no resolver los problemas. El problema viene en la sangre. Y de ser así, Inopia, no nos conoceremos hasta que busque modos alternos de hallarte y poseerte, aunque estos lleven a disminuir el tiempo en la tierra.

Inopia, si ahí estas, me entrego a ti sin más.

8 abr 2016

Que curioso

Qué curioso


Es curioso, muy curioso. Es curioso verte caminar a mi lado, desviando tu mirada en dirección opuesta cómo si no conocieras a este que te observa. Es curioso cómo sigues tu camino sin tan siquiera manifestar conocimiento de mi presencia, como ignoras mi existencia como si fuese una roca más en tu camino, un peatón más en tu calle, una nube más en el cielo.
Es curioso cómo pasamos de ser todo a ser nada; cómo el deseo se convirtió en silencio y mi nombre desapareció de tus labios; aquéllos que tan ansiosamente se unían a los míos en el furor de la noche, bajo la atenta mirada de Dios, bajo el cobijo de nuestro cuerpo.
Es curioso cómo los gemidos se convirtieron en simples saludos. Cómo el silencio es señal de aquella indiferencia tan diferente de lo que alguna vez fue. Tal vez fue un sueño y solo yo recuerdo tus manos sujetando mi espalda, tu cuello en mis labios, y mi lengua, juguetona, divirtiéndose con tus poros. Tal vez nunca sucedió, tal vez sí. Quien nos viese hoy pensaría que somos dos desconocidos, tan fríos como dos témpanos de hielo, sin reconocer que fuimos un mar en nuestra alcoba, produciendo con tus caderas las olas que nos liberaban de la monotonía.
Todo fue casual, sí; pero lo casual no quita la pasión. Esa desmedida pasión que nos arrancó suspiros y horas de sueño. Esa pasión que nos llevó a dormir plácidamente unidos bajo un mismo techo, entrelazados con nuestro cuerpo. Aún recuerdo la suavidad de tu piel, el arco en tu espalda, el calor de tus piernas, la comodidad al acostarme sobre tus senos. Recuerdo haberte besado desde tu sien hasta tu talón, bajando por tu espalda y subiendo por tu entrepierna. Te recuerdo sobre mí, con los ojos cerrados y tus manos en mi pecho, moviéndonos en un solo ritmo, como si estuviéramos conectados por algo más que nuestros cuerpos.
Yo estuve dentro de ti, y sé que no lo has olvidado.
Pero es curioso, muy curioso. Curioso pensar que tanta euforia pueda desvanecerse con el soplar del tiempo. Como las horas tienen el poder de desaparecer un grito acalorado, un gemido de deseo; pasando de obsesos a desconocidos. No sé cuántos amaneceres han pasado desde la última vez que aspire tu  aroma, pero dudo que hayan sido suficientes. ¿O lo fueron? Si tuviera el descaro de  sujetar tu mano al verte pasar, aferrarte a mí y besarte frente a la atenta mirada de tus vecinos, ¿qué ocurriría? ¿Regresaríamos en el tiempo? ¿Renegarías de mí? Tal vez deba arriesgarme.
Casual, tal vez; vacío, jamás.

Qué curioso