13 jul. 2016

Demonios Terrenales: Disidía

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VII
Disidía



Kairy abrió los ojos. Tan sumida estaba en sus cavilaciones que no había escuchado el golpeteo incesante del pájaro con su ventana. Un plumífero molesto que, con su pico, golpeaba una y otra vez el ventanal, como si esperara romperlo. Que molesto era. Aunque últimamente a Kairy todo le parecía molesto, odioso, un reto a su paciencia y a las ganas de gritar que poseía. Esas ganas de agarrar a todos los pequeños imbéciles y romperles el cuello, para dar por  terminado, de una buena vez, toda esa aventura. Así le llamaba: Aventura. Aunque sabía muy bien que era algo más, ¿pero cómo definirlo? Tal vez juego o casería.  Su esposo tenía la sarna de decirle “Nuestro pasatiempo” aunque ese nuestro, estaba casi demás. Pues aunque ambos colaboraron, él fue quien quiso iniciarlo todo. Él, solo él. Todo era su culpa. Debido a él, ella se hallaba sin trabajo. La escuela donde ejercía de maestra cerró, después de todo, el pueblo estaba absteniéndose de niños, o de cualquier menor de edad con la esperanza de detener los secuestros.
Tenía que admitirlo, fue una buena jugada.
Gracias a eso las cosas se complicaron bastante; se les hacía casi imposible conseguir un nuevo juguete. Los padres, celosos, encerraron a sus niños en casas bastante bien protegidas, por lo que entrar  a por ellos no era siquiera una posibilidad. Muchos menos agarrarlos por la calle, o en el parque, o en los campos, incluso en las afueras del pueblo. Nada. Ni un bendito crio por ahí. Es increíble lo que hace el miedo.
Kairy se sentó en una silla de su comedor. Su hogar era poco menos que un cuchitril. Las paredes oscuras, manchadas de una suciedad indecible, daban una clara muestra de sus pocas habilidades como ama de casa. Por todo el salón se veían libros desperdigados, tirados de cualquier modo en el suelo, o en la repisa, o en la mesa, o en cualquier sitio que les diera asilo. El sol bajo les baña de una luz teñida que se opaca por las cortinas deterioradas; rasgadas por el pasar de los años. Antes de ella, pertenecieron a su madre, y quien sabe de dónde esta las sacó. El comedor no presenta mejor estado, con sus pilas de platos sucios, demasiados para una casa donde solo viven dos personas. Claro; dos personas viven ahí, porque “ellos” están en otro sitio; hubiese sido una tontería mantenerlos en el mismo lugar; la policía no tardará en revisar las casas. Aunque pensándolo mejor, de por sí es una tontería mantenerlos con vida, pero su esposo insiste.

Así era la bella y educada Kairy Ojeda; siempre tan  obediente
“Obedece a tu hombre por sobre todas las cosas”, Kairy siempre supo que algo no encajaba en esa frase, pero aun así lo convirtió en un dogma al cual seguir religiosamente.
Aunque, por primera vez en su vida, estaba a punto de romperlo. Para su auto consuelo, se decía que no era por su culpa, que eran las circunstancias quienes la estaban obligando. Joder, cualquier otra mujer no haría toda lo que ha hecho ella por su hombre. Es una esposa magnifica, excelente, inigualable, pero todo tiene su límite
Kairy cerró los ojos intentando recordar. Las fugases imágenes de su mente fueron tan rápidas como un disparo, pero igual de precisas, igual de mortales. Tan claras como una gota de lluvia ante un faro encendido por la noche. Las vio y dejó que la acariciaran. Su madre fue una mejor esposa que ella; eso es indiscutible. Nunca se negó a nada de lo que su padre le pidiese; aunque esto fuera verlo dormir con otras mujeres, incluirla en un trio, dejarse arrastrar desnuda por los alrededor de la casa, o tener sexo frente a su hija; frente a ella, frente a Kairy: Este era el mundo de depravaciones sexuales en el que vivía su padre y en el que madre se entregó sin ningún reparo; sucumbiendo en gemidos debajo de aquel pesado cuerpo mientras su hija los veía estupefactos, sin saber que sentir, sin saber que pensar. Simplemente los veía ahí, evitando hacer cualquier ruido posible – pues el menor ruido enfadaría a su padre – sin saber exactamente el porqué de la situación. “El sexo es un arte” decía su padre “Por eso hay que vivirlo en cada una de sus facetas, en cada una de las caras que representa y en cada oportunidad en que se presente”. La bigamia le quedaba corta.
Al principio, Kairy pensó que comenzaría a sentir asco por el sexo; que lo repudiaría por habérsele presentado de un modo tan  directo,  pero la curiosidad le ganó y mató al gato por completo. Desde pequeña, disfrutó de seducir a los demás chicos de su escuela. Incluso antes de desarrollarse, se los llevaba al patio trasero, o a cualquier sitio apartado donde el ingenuo chico en turno se rendía ante sus encantos; a veces llevados por la inocencia. Kairy se divertía con ellos. En ocasiones los desnudaba y los hacia posar ante ella, en distintas forma a los que ellos accedían con rubor; ella les daba vueltas y sus dedos acariciaban aquellos cuerpos de niños en toda su extensión. Descubrió que el tacto puede llevar a un hombre hasta el éxtasis. Cuando los chicos no podían disimular más su erección, la tomaba con la mano y los masturbaba hasta que ellos no podían más. Cada chico se iba del lugar más contento que cuando llego; y Kairy, más insatisfecha.
Quería más y más. Quería saber porque a su padre le obsesionaba tanto el sexo,  y porque su madre se subyugaba ante sus deseos; incluso disfrutando con ellos. Su madre gemía cada vez que hacia el amor con su padre sin impórtale quien los viera, y eso llegó a excitar a Kairy más de una vez provocándole una reacción en cadena que sus inocentes compañeritos de clases no podían comprender, ni saciar. Con  el pasar de los años, y usando su figura escultural, sedujo a los profesores de todas las materias atrapándolos en sus juegos; con ellos el nivel subía y llegaba a lo lejos. Sexo en los salones, en los baños, en la oficina del director, o recibiendo “clases particulares” en sus casa o en la suya propia, todo debajo de las narices de sus estúpidas esposas que nunca se daban cuenta de nada. En realidad, Kairy era vista como una buena chica, de excelentes notas y comportamiento irreprochable.  ¿Quién iba a sospechar de su incontenible sed? Esa ninfómana en potencia muy bien disimulada.
Los hombres eran el medio para alcanzar sus placeres, sus fantasías más surrealistas que hacia realidad por medio de besos húmedos y toques eróticos.  Su vida fue un revoltijo de lo más bajo de la sexualidad humana, probando con mujeres cuando estas se humedecían al sentir el tacto de su piel sobre ellas; al besarlas en cada rincón de sus poros, sumergiéndose en los mares de la perdición moral para la cima del gozo pagano. Nunca le importó llamarse obsesa, la enorgullecía. Todo fue perfecto hasta que conoció a aquel que se convertiría en su actual esposo.
Ese hombre, ese maldito hombre. Ese hombre que la dominaba como a la potra salvaje que siempre se consideró. La sometía a placer y hacía con ella lo que quisiese. La convirtió en el juguete y eso le encantó. Sus garras la clavaron en la estaca de la crucifixión de donde no volvería a bajar; donde debía limitarse a esperar la llegada de su verdugo, quien la castigaría por cada uno de sus pecados con la lujuria de un endemoniado.
La controló, la atrapó, la hizo suya. En un momento dado, Kairy supo que no podría liberarse y prefirió rendirse para besar las huellas de su futuro hombre. Besarle las huellas y todo lo que él pidiera que le besara. Estaba rendida a sus pies.
Nunca entenderá si fueron sus vivencias anteriores, o su amor por su hombre, quien la llevó a la desesperación un tiempo después cuando descubrió que su belleza, que su sagacidad  en la cama y que el movimiento de sus caderas sobre la pelvis de él no eran suficiente para complacerlo. Él quería siempre más, y lo exigía sin reparo, hasta que dejó de desearlo. Se había aburrido. Ella lo había aburrido. Un hombre común jamás, en toda su vida, se hubiese cansado de disfrutar de los placeres que Kairy Ojeda podía ofrecerle, pero él no era un hombre común. Kairy nunca supo mucho de su pasado y eso no le importó; aunque ella si le habló muy bien del suyo, aunque él, por una razón extraña, no se mostró ni siquiera sorprendido. Nada. La escuchó siempre como si ella le relatara su  paseo en el supermercado comprando la comida; con aquel gesto aburrido tatuado en su mirada, desinteresado en todo lo que su mujer le daba.
Enojada estaba, con su marido, con ella misma, con todo el asqueroso mundo, ese que la privaba de ser la mujer que siempre había deseado ser. Las palabras de su madre retumbaban cada noche en su mente, echándole sal a la herida, con una socarrona nota de suficiencia que se reía al decirle que fallaba al complacer al único hombre que de verdad importaba. “Eres una desgracia de mujer, Kairy. No puedes ni hacer feliz a tu esposo, apenas obedecerlo porque sus órdenes son para féminas más actas que tú. Una puta barata lo divertiría más que tú, lo haría feliz, le haría llegar al orgasmo en minutos porque el pobre hombre no podría reservarse más. ¿Pero tú? Mejor vete a cogerte a cantineros entre los arbustos, tal vez a ellos no los decepciones.” Y así cada noche.
La casualidad le dio una ayudadita una noche. En la cama, Kairy relataba una de sus peculiares anécdotas a su esposo,  quien, como siempre, la escuchaba a distancia sin interés; por lo menos hasta que ella habló sobre sus experiencias de niña seduciendo chiquillos. Relató, con todo lujo de detalles, como se llevaba a esos niños a solas y luego se divertía con sus cuerpos. Kairy advirtió como la concentración de su esposo aumentaba; sus sentidos se alertaban  y estaba atento a sus palabras. Kairy agradeció al oyente y siguió relatando las mismas experiencias con diferentes chicos; en cada nueva historia agregaba más detalles, como el calor de la piel, los vellos erizados, la suavidad de las nalgas entre ellos, o incluso la tímida sonrisa que muchos chicos poseían intentando disimular al animal que les despertaba. Kairy terminó su historia y vio, maravillada, como su esposo la veía con estaxis y una protuberante erección. Esa noche la tomó, le hizo el amor; la golpeó fuertemente con sus caderas contra la cama, haciéndola gritar en cada sucedida. Sus fuertes brazos la sujetaron con fuerza, su espalda ancha la cubrió bajo ella y Kairy Ojeda volvió a sentirse satisfecha.
Esa noche fue la primera, la primera de muchas, y el inicio de todo un cambio que representaría su vida.
¿Cambio para bien o para mal? Depende de la perspectiva de la cual se vea. El visor cambia según lo enfoques, y esto, más que ser una moneda de dos caras; era un dado de seis. Para Kairy el cambio fue favorable. Con el pasar de los días, su hombre no pidió escuchar más historias relacionadas con sus experiencias de jóvenes, pero se veía pensativo, meditabundo, como si estuviera barajeando una idea en su mente, analizándola desde cada ángulo para conocer sus posibles resultados. Sus cavilaciones fueron amargas para Kairy, quien intentaba averiguar sin éxito lo que pasaba por su mente. Por las noches llegaba excitado y la hacía suya con fogosidad, pero por las tardes, era tan alejado como de costumbre, sumergido en sus lagunas mentales. Así fue hasta una noche.
Noche peculiar y suavizada en los recuerdos que le siguieron, adyacentes a sus vivencias. Su esposo llegó alterado; su mirada era de euforia y resplandecía como la llama del infierno. Sus músculos tensos se iban a romper en cualquier momento por lo fuerte que apretaba sus puños, con sus nudillos enrojecidos por el circular de la sangre. En pocas palabras le ordenó ir al auto, subirse y guardar silencio. Él la siguió, y en pocos minutos ya paseaban por el pueblo, sumidos en la oscuridad, acompañados por las farolas. Las calles vacías y silenciosas cargan su aire de soledad con el oxígeno, en una noche donde la luna se ocultó detrás de las nubes y las estrellas servían como vestidura al firmamento.
Kairy intentó escrutar los ojos de su esposo en busca de alguna explicación de todo, pero estos se mantenían firmes en la calle; decididos y clavados en un destino invisible. Finalmente se detuvieron en las lejanías del pueblo, en un valle olvidado, de esos en los que adolescentes se escapan para vivir alguna aventura en compañía de una chica, una botella, o una droga escondida en sus morrales. Un horizonte desolado les decía que nadie les vería. Su esposo bajó del auto apresurándola, ella hizo lo propio y él la guío a la parte posterior del auto, abrió el maletero y ahí estaba: Un pequeño niño, amordazado con su propia ropa, desnudo y vulnerable, con el pánico en sus ojos.
Kairy, perpleja, se sintió sumida en un sueño. No reconocía al niño por completo parecía abandonado desde hace ya mucho, mal alimentado y con huellas de un mal trato. Giró la vista hacia su esposo pero este la ignoró sin decir nada. En silencio, sacó al chico del maletero. El niño se retorcía, intentaba gritar, pero unos pocos golpes fueron suficientes para callarlo y dejarlo en un estado de ebriedad adolorida. El hombre fue al asiento trasero y sacó un palo de acero y una cámara. Con el palo golpeó al niño un par de veces en las piernas; aunque con suavidad, el chico chillo como un animal incapaz de impedirlo. La cámara se la entregó a su esposa Kairy con una única orden: Grabarlos.
“Obedece a tu hombre por sobre todas las cosas”. Kairy obedeció.
Ese fue su primer acto delictivo. Al niño lo golpearon varias veces, siempre dejándole un reposo para que pudiese descansar, recobrar el sentido y azotarlo de nuevo; como un juego en espiral. Su esposo quería más diversión, así que lo violó, lo empujó, lo arrastró por el suelo limpiando el polvo con él, nunca mejor dicho, y haciéndole tragar tierra por todos sus orificios. La mente de Kairy trabajó preocupantemente lenta, alelada, hipnotizada por lo que estaba viendo. Por una parte, sabía que debía sentirse asqueada y que su marido era un loco, un desquiciado; que un niño estaba siendo rebajado a nada ante sus ojos mientras ella grababa todo con calma; que alguna madre, en alguna parte, estaría buscando al hijo que en ese momento ellos profanaban. Por otra parte, le sorprendió descubrir que nada de eso le importada. Se transportó a su infancia, donde los niños eran juguetes de su curiosidad sexual, accesorios desechables e intercambiables que le servían como conejillos de indias para su disfrute. Era la misma situación. Ese niño era un juguete, y ahora era su esposo quien se divertía. Golpe tras golpe, carcajada tras carcajada, un espectáculo insoluto, de esos que se ven en los circos más extraños y que perturbados pagan por apreciar. Un hombre y un niño, ¡vengan y disfruten! Su esposo se detuvo por segundo, la miró y le extendió el palo de acero. La estaba invitando a jugar. Un segundo de duda fue todo lo que la detuvo, pero el segundo se fue rápido y sin temor sostuvo su instrumento, le pasó la cámara a su marido, y dio un paso adelante. El niño lloraba a sus pies, sangrando de la cara y con partes de su cuerpo rotas; era sorprenderte que siguiera con vida, pero tal vez lo no estaría por mucho tiempo. Kairy lo golpeó. Una vez. Dos veces. Tres veces. Perdió la cuenta y siguiendo haciéndolo. Lo sodomizó y siguió golpeándolo. Se burló y siguió divirtiéndose. Continuó su dicha hasta que el niño a sus pies no se movió más.
En su estado de éxtasis, casi olvidó al hombre a su lado. El mismo hombre que la llevó hasta ahí sin decir una palabra. Ese mismo hombre sacó dos palas del maletero y comenzó a cavar, después de extenderle una para que le ayudara. Ambos cavaron en silencio. La luna seguía desaparecida y los animales nocturnos se arrastraban a sus anchas por el terreno. El viento levanta la arena y les hace apaciguar el paso, mas no lo suficiente para detenerlo. El agujero estuvo hecho en poco tiempo, y con una patada, lanzaron el cadáver de quien en su momento fue el motivo de la lujuria dichosa. Lo arrojaron sin remordimiento alguno, viéndolo caer a lo más profundo con su cuerpo retorcido sobre sí mismo. Le echaron la tierra encima, toda la que pudieron, del resto se encargaría la brisa, así como de cubrir sus pasos y todas sus huellas. Un crimen sin culpable.
Volvieron al auto, y sin mediar palabra, condujeron de regreso a su casa. Ella no preguntó, él no dijo nada, pero al llegar, fueron ambos directo a la habitación, se arrojaron a las sabanas e hicieron el amor. Años pasaron sin que hicieran el amor de esa forma. Kairy pudo sentirse satisfecha de nuevo.
En los días siguientes, su esposo le contó todo lo sucedido. De donde había sacado al niño y como. Quien era. Y expresó su profundo deseo de repetirlo; no una, no dos, sino todas las veces que pudiera. Kairy vio todo como una nueva forma mantener viva una relación que existía por monotonía y costumbre, por lo que no se negó a ninguno de sus mandados y siguió, con religioso detalle, los planes de los que les habló.
Todos estuvo bien, todo era perfecto; todo fue increíble hasta hace unas semanas atrás, cuando el pueblo hizo su jugada y los puso contra la espada y la pared. Ya no conseguían más niños y esos les afectaba inmensurablemente. Su marido estaba normal, casi tranquilo, pero en su silencio se olía el peligro y la ira ardiendo en sus venas. Su ausencia de palabras era el presagio de una explosión inminente capaz de devorar toda Guares, con Kairy en ella. Tuvieron intentos de conseguir víctimas, pero nada, todos fueron en vano. La cama dejó de ser un lugar cálido y volvió a su fría rutina. Incluso los “otros” se convirtieron en aburridos, en juguetes usados y manchados cuya hora de desechar estaba muy cerca. La preocupación mayor de Kairy, era su esposo, y lo que este pudiera hacer. Era un hombre incorregible e impredecible; impulsivo, pero a la vez calculador, que no le decía más de lo que necesitaba saber, cosa que le asustaba. Le asustaba muchísimo.
Ambos veían cerca el final de la carretera, tarde o temprano serian descubiertos y ambos caerían en desgracia. La miseria sería su dueña y serían condenados de por vida, aunque esta no fuera tan larga, pues seguro les asegurarían la muerte a ambos.
Para Kairy, todo esto era una encrucijada. Quería a su esposo, lo amaba… ¿no? Y su principal razón de ser, era obedecerlo y cumplirle sus caprichos, pero la prisión no era que le resultase muy alentadora. Debía evitar a toda costa terminar encerrada en cuatros paredes, detrás de una rejas rodeadas de mujeres que no le servirían. Tal vez, de algún modo, podría librarse, o al menos escaparse del pueblo, pero su esposo no lo permitirá. Él quería quedarse por razones que ella desconocía. Pero a la mierda él, si quiere quedarse, que se joda. Aun así, irse sola era un acto de suicidio, él la perseguiría, estaba segura de eso. Seria implacable en su búsqueda y la encontraría, así como las sombras siempre hallan a la luz aunque ella las erradique. Él la encontraría y la erradicaría, la acusaría de traición y haría de sus últimos minutos de vida un infierno insoportable por su acto imperdonable. Así pues, la opción obvia se muestra como la única respuesta en un examen particularmente sencillo: Debía hacer que lo atraparan a él, y luego huir. ¿Cómo? Pregunta difícil, muy difícil. Pero ella era Kairy Ojeda, una mujer inteligente, que encontraría  la respuesta más temprano que tarde. Eso es seguro.
Todo se resuelve en una decisión. La resolución llega en acto de libertad, llevando consigo ese pecado con el que no le sería difícil vivir. Ya encontraría un modo de subsistir una vez abandonada la frontera y sería la dueña de sus propios pasos, al menos hasta encontrar otro hombre al cual dominar, o seguir jugando al juego del gato y el ratón con él.
Kairy abrió los ojos tras haber tomado una decisión por si sola en mucho tiempo. Un atisbo de liberación nació en su interior y por un momento le prometió una salida de su dilema. Sin embargo, la deprimente visión de su hogar no le daba ánimos; era un mal augurio de todos sus planes, pues muy en el fondo, se veía así misma atrapada en las cadenas de su marido; cadenas que ella misma se puso y cuya llave se había perdido hace ya días lejanos.
Como para confirmar sus miedo, unos pasos retumbaron en la acera de al frente. Unas pisadas que conocía muy bien y que, en ese momento, eras la ultimas del mundo que quería escuchar. Las pisadas se acercaron al ritmo que les acostumbraba. Su esposo no caminaba rápido ni lento; debía de estar calmado. Las luces siguieron apagadas. El hombre no tocó la puerta, entró girando el cerrojo, como la muerte que llega sin avisar.
Entre las penumbras Kairy no podía verlo. Al abrirse la puerta, algunos rayos de luz quisieron colarse sin lograrlo del todo.
‒Ya llegué, amor. ‒ Dijo en tono neutral.
Kairy le devolvió el saludo intentando disimular su miedo, como si el hombre pudiera ver en su semblante todos los pensamientos que posee en su mente; sus planes de traición al descubierto…
De él apenas se veía nada, su rostro quedaba oculto por la sombra y no hacia ningún esfuerzo por querer encender la luz. Durante un segundo se quedó ahí, de pie, observándola, olfateándola… Kairy tuvo impulsos de gritar, de decirle algo, de preguntarle como estuvo su día, peros sus labios secos se negaron a delatarse y tuvo que resignarse a desviar la mirada, fingiendo que no sentía su pesada mirada sobre ella. Él ladeó la cabeza con suavidad, de un lado otro; un pequeño siseo le hizo parecer una serpiente a punto de atacar a su presa; afilando los colmillos y preparando la lengua. En cualquier momento se abrirían sus fauces y se lanzaría al ataque. Ese sería el adiós de Kairy Ojeda.
‒ ¿Sucede algo? – Le preguntó. ‒ ¿Por qué te quedas ahí parado?
‒ Tengo un ligero dolor de cabeza, una molestia, y estoy pensando en cómo quitármela
Su voz despreocupada no la tranquilizo. “Algo sucede. Lo sabe, de algún modo lo sabe”.
‒ Tengo algunas pastillas que podrían ayudarte, déjame ir a buscarlas.
‒ No, no te preocupes, no hace falta. Ya se me pasará. Me encargaré yo solo.
Él encendió su cigarrillo. El débil brillo iluminó mediocremente su cara. Su barbilla y dientes resplandecieron mientras fumaba de su pitillo. Los ojos brillaron, a pesar de hallarse aun escondidos, pues sus pupilas poseían la misma intensidad de la llama.
‒ La cosa se está poniendo difícil, ¿no?
Su modo de hablar era como si nada, como si estuviera hablando del clima o las noticias de la mañana; ignorando que se trataban de niños escondidos en algún lugar retorcido.
‒ Sí… Con la jugada que hicieron, nos será más difícil continuar.
‒ Yo diría que, de hecho, nos es imposible continuar, cariño.
Caminó hacia el comedor sin detenerse al hablar. Kairy se quedó en su lugar, sintiendo un extraño frio que le nació de una superstición de su mente; un grito lejano de sus instintos que no lograba entender.
‒ Entonces… ¿ahora qué?
Él no respondió. Desde el comedor se escuchaban ruidos amortiguados de los cubiertos; platos siento movidos de sus lugares, un cajón cerrándose.
‒ Yo creo que ya es hora de dar por finalizado esto.
‒ ¿Te refieres… a huir?
‒ Más o menos, pero no del todo.
Y dejó de escucharse. El resplandor de su cigarrillo se apagó, este debió haber muerto, consumido por sí mismo. El silencio inundó la estancia y Kairy cerró los ojos con el corazón acelerado preguntándose qué sucedería a continuación. Su esposo estaba tranquilo, calmado ¿entonces por qué una voz interior le suplicaba que gritase y huyese? Que pidiese perdón a cualquier ser y se abrigase bajos sus alas, pues el demonio tocó su puerta y se acostó en su cama antes de hacerla caer en lo más bajo de sus existencia. ¿Por qué quería llorar y encerrarse en su cuarto lejos del hombre que amaba?. Una voz le respondió. Un aliento fétido que le llego de atrás, acariciándole la nuca.
‒ Amor, tenemos que hablar…

‒‒‒
El final está muy cerca… ¿Cómo crees que termine esta historia? Déjame tu opinión en los comentarios. Por favor sígueme en mis redes sociales: Facebook y Twitter
¡Gracias por leer!

2 comentarios:

  1. Que mujer!!! Tan sumisa a causa de un ridículo pasado. Tal para cual, ya lo habías dicho, tal para cual. ¿Hay final? de verdad quiero ya leerlo aunque tampoco quiero que acabe XD

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