25 jul. 2016

Demonios Terrenales: Demonio

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VIII
Demonio




20 de Septiembre del 2015
Informe escrito por: Richard Durles. Número de placa: 25990272
En el presente informe se muestra un acta de la conversación transcurrida en el viernes 18 de Septiembre del año 2015 en la comisaría oficial de Guares, donde el acusado Mike Ojeda fue interrogado y acusado del asesinato de su esposa Kairy Ojeda.
Los hechos: El miércoles 16 de Septiembre del 2015, una llamada anónima informó a las autoridades sobre un incendio de una residencia allegada. Las autoridades acudieron a los pocos minutos encontrando al acusado Mike Ojeda sentado en la acera de su residencia fumando un cigarrillo con expresión solemne. Su casa en llamas no parecía alterar en nada a sus nervios y le eran indiferentes los gritos de su mujer, los cuales provenían del interior, pero mostraban tal agonía que los oficiales supieron que era imposible salvarla.
Intrigados, en el lugar le preguntaron a Mike Ojeda el motivo de su pasividad. El hombre, quien se mostraba alejado de todo lo que le ocurriese, no respondió hasta haber terminado su cigarrillo. Arrojó la colilla al suelo y vio a los ojos al oficial. Sin parpadear ni sonreír, dijo:
‒ ¿Para qué he de preocuparme? De todas formas morirá. Además, fui yo quien inició el incendio.
Lo oficiales creyeron que se trataba de una broma, algún chiste muy bien trazado, pero Mike Ojeda no sonría ni mostraba señales de demencia más allá de su tranquilidad. Sin que se lo pidieran, entró a la patrulla policial, encendió un cigarrillo y, alelado, contempló la ventana. El oficial que lo arrestó acota que en su mirada se veía el destello de la satisfacción.
Mike Ojeda fue llevado de inmediato a la comisaría y arrestado en espera de un juicio. Sin ningún familiar que abogara por él, se le dictó una fecha y se le otorgó un abogado local; sin embargo, antes de llegado el día, Mike se comunicó con un patrullero diciéndole que tenía otros delitos que confesar, pero para ellos solicitaba un interrogatorio con una videocámara que lo estuviera grabando. Se aceptó su propuesta y se realizó el interrogatorio:
Interrogadores:
Richard Durles
José Aguilarte
Jackson Geovani
A continuación el interrogatorio:
Si algo llamó la atención de los oficiales desde la llegada de Mike Ojeda a la vida pública, fue su completa parsimonia hacia todo lo que le sucediera. No era difícil diagnosticarle como sociópata en extremo. Una psicopatía que de alguna forma debía de estar trabajando en su mente. Su falta de emociones lo hacía ver como un muñeco de cera muy bien elaborado. Las marcas de su cuerpo, como la cicatriz en la palma de su mano, o algunos cortes que le recorrían la barbilla, eran la única muestra de humanidad que se podía ver en un semblante de piedra. Sus ojos oscuros no se movían a ningún sitio, sino que miraban fijamente en una zona como si el vacío le estuviese platicando una conversación particularmente interesante. Su barba mal afeitada no le daba mejor aspecto que el de un ermitaño. Empero, su músculos eran tensos y  fuertes apretujados bajo su camisa. Una espalda ancha que detonaba fuerza podría hacer retroceder a un hombre cobarde. Había algo en él, algo siniestro, algo perturbador en su esencia que hacía querer estar en una sala diferente. Profería un olor extraño como si la inmundicia de su alma fuese tan fuerte que se convertía en olor con la esperanza de escapar de él. Mike Ojeda era un hombre frio cuya mirada te apuñalaba si tenías la mala suerte de ser el centro de su atención. Tal vez por eso, en cierta forma, debían sentirse agradecidos quienes eran invisibles para él, los cuales eran muchos. Mike Ojeda tenía una total indiferencia con el mundo.
‒ Dijiste que querías decirnos algo, Mike – Dijo Jackson Geovani, el primero en hablar. Los tres oficiales entraron en silencio, Mike ya los esperaba desde adentro sin decir palabra y tan absorto en sí mismo como siempre. Se encontraba sentado frente a un escritorio frio de acero. Los tres oficiales se sentaron enfrente de él, esperando una palabra de su parte que nunca recibieron. Mike no dio señales de haberse dado cuenta de que ya no estaba solo, parecía esperar la llegada de alguien más; un ser invisible ante ojos ajenos.
‒Sí, eso fue lo que dije, oficial. ‒ Respondió, con una voz grave y rasposa a la vez.
‒ ¿Y bien?
‒ ¿Cuál es el apuro?
‒ No queremos pasarnos todo el día contigo, Mike ‒ Agregó José.
‒ De hecho, si estamos aquí, es más que nada por curiosidad ‒ Dijo Richard
‒ ¿Curiosidad?
‒ Sí, curiosidad. Estoy casi seguro de que tus otros crímenes serán minúsculos en comparación con el asesinato de tu esposa. Quizá mataste a un perro o a un vagabundo. Quizá robaste algo de alguna tienda. Pero ese no es el quid de la cuestión. Lo interesante es: ¿Por qué asesinar a tu esposa? Una mujer respetada, una profesora querida…
La respuesta fue un silencio que nadie quería llenar. Y nadie creería que se llenaría hasta que Mike Ojeda comenzó a reír. No fue una risa suave como cabría de esperarse. Su risa fue estridente y retumbó en las paredes de la sala de interrogatorios. Rio como un hombre enloquecido, gritando entre carcajadas y golpeando la mesa con sus puños. Su risa fue una explosión, pues no subió gradualmente, sino que apareció de la nada como un foco que se enciende de repente. Así como repentina fue su risa, así de repentino fue el silencio que vino después. Mike en un segundo recuperó su compostura para responder.
‒ “Mujer respetable”, curiosa definición de mi ex esposa.
‒Sí, mujer respetable. ‒ Continuó Richard Durles ‒ En cambio, no nos sorprende tanto que hayas decidido quemar la casa. Ya sabías lo que querías hacer, sabías que querías asesinarla y que tarde o temprano te encontraríamos. Creo que no lo pensaste muy bien, amigo. De haber iniciado el incendio y haberte ido, pudimos haber creído, al menos al comienzo, que fue un accidente; al menos hasta que los investigadores de incendios hicieran lo suyo. Claro, nos hubiésemos enterado de la verdad e igual seguirías prófugo, pero con más tiempo para huir. Pero al quedarte, no solo te declaraste culpable, sino que además se muestra como un crimen premeditado. ¿Sabes cuantos años de condena te dan por eso?
‒ ¿Muchos?
‒ Puedes apostarlo.
A pesar de su pregunta, Mike no se mostró en absoluto contrariado. Obviamente conocía muy bien su situación.
‒ ¿Y eso no les da curiosidad, oficiales?
‒ ¿A qué te refieres? ‒ Preguntó Jackson.
‒ Aun sabiendo lo que sucedería, ¿no les da curiosidad saber por qué hice lo que hice, por qué lo hice como lo hice y por qué me quedé tras hacerlo?
‒ Tus otros crímenes ‒ Respondió José
José era el mayor de los oficiales presentes en la sala y quien debía supervisar a los otros dos. Jackson y Richard eran buenos, sí, pero les faltaba experiencia. El primero era un joven caucásico de treinta años recién integrado a la fuerza por los tiempos difíciles. El segundo era un joven pelirrojo de veintiocho años, policía de vocación pero algo impulsivo en ocasiones. A ellos dos les tocaba a solas el interrogatorio con Mike Ojeda, pero algo en el acusado llamó la atención de José. Con sus más de cincuenta años y sus muchos periodos como hombre de ley, jamás se había encontrado con un espécimen igual. Tan controlado, tan tranquilo y seguro de sí mismo; el único hombre en toda la comisaría que estaba ahí porque quería. José no le mintió a Mike al decirle que estaba ahí por curiosidad, pues por esa principal razón había pedido entrar con sus protegidos. Debía averiguar con sus propios ojos que hacia diferente al hombre sentado ante él
‒ Así es ‒ Mike tardó en responder. Movía la boca extrañamente, como si estuviese fumando un cigarrillo aunque no tuviera nada en ella. Su mirada se perdía por segundos, como si su concentración se esfumara y tuviera que luchar por recuperarla. Tras rascarse la cabeza, repitió: ‒ Mis otros crímenes.
‒ ¿Cuáles crímenes son esos? ‒ Preguntó el mayor de los oficiales.
‒ Es curioso que me pregunte eso, porque en realidad, ¿qué importa cuáles sean? Mi condena ya está dicha y no cambiará ni para bien ni para mal.
            ‒ Fuiste tú quien nos llamó ‒ Richard habló con impaciencia. Mike comenzaba a molestarle.
‒ Exacto, señor; fui yo quien les llamó. Por eso quiero que hagan un esfuerzo mental y se pregunten a ustedes mismos la  razón por la cual yo les pediría venir. ¿Para qué confesar más crímenes?
‒ ¿Sentido de la culpabilidad?  ‒ Preguntó Jackson solo por preguntar.
‒ ¿Lo dice en serio? ‒ Respondió Mike con una sonrisa burlona a su interlocutor quien se encogió de hombros.
‒ Dilo de una puta vez ‒ Se quejó Richard.
Mike Ojeda vio directamente a José Aguilarte. Él le devolvió la mirada y un mal presentimiento le recorrió la espina dorsal. Una mala idea, un mal augurio. Un frío que le recorrió la cadera en subida hasta su cerebro y le congeló sus pensamientos. Una voz a lo lejos trataba de gritarle una respuesta que se negaba a escuchar. El hombre, el criminal ante él poseía una respuesta a su pregunta, pero quería que alguien más se la diera. Sin embargo José se sentía incapaz de eso, porque para responderle habría que pensar como él y eso significaría adaptarse a las ideas de un maniaco.
José bajo la mirada y Mike pareció decepcionado.
‒ Vale, vale, ustedes no lo entienden.
‒ ¿Qué debemos entender?
‒ Si mi condena no será alterada y no me recuerde la conciencia, lo único que puede variar con mi confesión es el titular de la prensa.
‒ ¿El titular de la prensa?
‒ Ese mismo. Bien podría decir: Hombre trastornado asesina a su mujer prendiéndole fuego a su hogar con ella en el interior. O podría decir algo mejor.
‒ ¿Cómo qué?
‒ “Atrapan al genio asesino que ha estado secuestrando niños. Responsable de la pesadilla de Guares”
El silencio adyacente fue una dicotomía de emociones. Un bosquejo de incredulidad apañado con un atisbo de esperanza corrompida que llevaba a la locura del terror, del miedo, de lo maquiavélico del significado escondido tras las palabras. Un gesto de asombro fue insuficiente para dar muestras de la estupefacción creciente en la mente de aquellos que la sala habitaban. Aquellos cuyas palabras se habían vuelto mudas y sus pensamientos partieron en un viaje lejano sin retorno; pues, con el surrealismo de la confesión, se debía de reconocer quien era el hombre que hasta ese momento mostraba un comportamiento errático pero a la vez calmado. De asesino a genocida. Ese hombre que ahora los miraba a todos con calma, como si el peso de su noticia fuera tan frágil y leve como saber de un gato atorado en un árbol, como saber de un apagón en un pequeño lugar y no de un pueblo llevado a la miseria de la desesperación. Nadie quería hablar, o tal vez nadie podía. Se vieron unos otros alelados sopesando la suerte o mala suerte que se les venía encima. Por un lado, de ser verdad, tendrían entre rejas al culpable del suicidio de quien una vez fue su jefe, al culpable del asesinato de una inocente y el secuestro de muchos niños. Por otro lado, esos niños seguían desaparecidos, y aunque aún se albergaba la quimérica idea de encontrarlos, esta se esfumaría como el soplo de un diente de león. Tampoco era un logro celebrar. El hombre se había entregado a si mismo adrede, lo cual generaba más incógnita que resoluciones…
‒ ¿Q-qué estás diciendo? – Tartamudeo Jackson, inexpresivo
‒ ¿Me harás repetirlo?
‒ ¿Tú eres…? ‒ Preguntó Richard
‒ Sabía que tú no eras el inteligente del grupo.
‒ Tú… ‒ Susurró el mayor.
Mike sonreía, todo le divertía en extremo. Se preguntaba cuál sería la reacción de sus interrogadores al conocer sus verdaderos delitos, esos que dejaban el asesinato de su esposa como el robo de un dulce cometido por un niño vandálico
Como manejados por el mismo hilo, los tres oficiales se acomodaron en sus sillas recuperando la compostura. Sus mentes pasaron de estar inactivas a trabajar a toda velocidad. Tenían preguntas, tenían acusaciones. Tenían una ira acumulada que ahora rugía con ferocidad dentro de ellos, envolviéndole las entrañas y haciéndoles hervir la sangre. El pitido en sus oídos no era más que la sangre acumulada por el corazón agitado que les golpeaba el pecho en un intento desesperado de liberar sus emociones. Tensaron los músculos, apretaron los puños y observaron al asesino que ahogó en penurias su pueblo. Su aspecto relajado no les tranquilizó. Era incluso indignante verlo sentado confesando con aburrimiento pero a la vez con una paradójica sonrisa sádica enmarcada en sus labios.
Richard quería saltar y abalanzarse sobre él. Quería golpearlo y desgarrarle la cara con sus propias manos. Enterrar sus uñas en sus globos oculares hasta hacerlo llorar sangre pidiendo piedad. Uno de los niños secuestrados era su sobrino y eso lo había llevado a ser uno de los oficiales que más empeño le ponía para atrapar al culpable. Tenerlo sentado al otro lado de la silla tan tranquilo lo exasperó a un nivel exorbitante. Saber que se entregó por mera diversión era una humillación a su orgullo destruido desde la partida de su sobrino
Jackson no estaba en mejor estado. De cierta forma le tenía miedo a quien ahora veía como un demonio que les estuvo acechando todo el tiempo. Un hombre que pudo haberlos desintegrado en un cerrar de ojos sin hacer esfuerzo pero que por motivos desconocidos decidió acabar con el juego. Porque sí, quedaba más que obvio que para él todo era un juego donde al verse triunfador invicto ya no tenía por qué seguir jugando.
José, por su parte, estaba frío. Helado. Apegado a su asiento como si este fuera su bien más valioso y separarse de él le provocara mucho dolor. Por un lado el escepticismo natural del que hacía gala le decía que estaba ante un estafador. Un mañoso que quería fama a cuestas de otro criminal. No era la primera vez que sucedería en la historia. Pero por otro lado, su instinto policial y humano le aconsejaba lo contrario: Él era el culpable. Ahí estaba, por fin, en la comisaria, y entró prácticamente por pie propio. Mike no estaba aseguro de como sentirse al respecto. Para calmar su lado escéptico y recuperar el control de la situación, continuó con el interrogatorio.
‒ Así que dices ser el culpable de la desaparición de todos esos chicos, ¿tienes formas de probarlo?
‒ Puedo darles la dirección exacta en la que se encuentran.
‒ ¿¡Siguen vivos!? ‒ Se exaltó Richard.
Mike ensanchó la sonrisa.
‒ ¿Dónde están?
‒ En la calle 32 de la avenida Luicia. Unas tres casas más abajo de la mía. Gracias a que en este pueblo todos son idiotas confianzudos, unos vecinos que se fueron de viaje nos dejaron la llave para que los cuidáramos. Ya imagino sus caras cuando sepan para que la usamos…
Jackson anotó la dirección e hizo una llamada. En pocos minutos una patrulla se dirigía a la dirección mientras el interrogatorio continuaba.
‒ ¿Siguen vivos? ‒ Repitió Richard con más calma, pero sin dejar de pensar en su sobrino.
‒ No todos, hubo una cuantas bajas de chicos que no resistieron. Y del resto… pues… depende de lo que definas como vida.
Richard apretó los dientes hasta sacarse sangre de las encías. José le colocó una mano en el hombro, para intentar calmarlo, sin dejar de observar a Mike. Quería descifrarlo.
‒ Así que, Señor Mike Ojeda ‒ Respiró profundamente ‒ usted secuestró a los chicos, asesinó a su esposa y se podría decir que se entregó voluntariamente a la comisaría. Todo eso suena… Fantasioso. Increíble en verdad. Bien puede ser una novela policial sobre un hombre que se arrepiente de sus actos; pero sabemos que esto no es una novela y que usted no está arrepentido. Y si lo está, lo disimula magistralmente. ¿Así que por qué no le da un poco de cordura a todo este asunto?
‒ Cordura… Seguro que eso es lo que ustedes deben de pensar que me falta. Cordura es lo que  faltó a Gerald Castro, su antiguo comisario, antes de suicidarse. Cordura y valor. Eso fue un giro inesperado, lo admito; me tomó por sorpresa. El hombre se vio sucumbido por la impotencia y eligió el camino del perdedor. El no poder hacer nada lo consumió como un cáncer y finalmente lo llevó a ese desenlace interesante. En cambio yo, les aseguro, reboso cordura y valor. De hecho, diría que soy el más cuerdo de esta sala. ‒ Respiró despacio como quien tiene todo el tiempo del mundo para pensar antes de continuar. ‒ Es curioso, amigos míos, como se puede malinterpretar una situación. Mi esposa, por ejemplo, ella fue quién me ayudó. No, no se sorprendan. Era una zorra ninfómana y seguro algunos compañeros de ustedes, o ustedes mismos, sabrán de sus andanzas escolares. Pero ella creía que a mí me movía la pasión, cuando yo nunca fui atraído por un sentimiento tan vulgar.
El cambio en Mike fue drástico. Si al principio parecía un hombre callado y sumido en su mundo; luego un lunático entre risas; ahora su apariencia era de sapiencia y calma. La apariencia de un hombre dotado de una gran inteligencia.
‒ No entiendo… ‒ Dijo Jackson.
‒ Eso es porque eres un idiota, como tu ex comisario. El pobre no pudo aguantar los videos que les envié.
Esa fue la primera prueba que todos entendieron. Los videos eran un elemento secreto que muy pocos conocían.
‒ Nada tiene sentido. Los secuestros, el asesinato de tu mujer, y que ahora te entregues…
‒ Tiene bastante sentido para alguien de un coeficiente mayor. Me entrego porque ya mi labor está hecha.
‒ Tú labor…
‒ ¿Alguna idea de porqué inicié con todo esto?
‒ Porque eres un maniaco sexual y…
‒ ¡No! ‒ Gritó Mike. Por primera vez parecía enojado.-- ¡NO! ¡Soy un maldito hombre buscando la inmortalidad!
El desconocimiento sobre qué decir les hizo guardar a todos silencio. Impasibles siguieron contemplando a Mike quien por razones extrañas perdía la paciencia a cada segundo, aumentó su respiración y blandió los puños.
‒ ¡Sí, la inmortalidad! Ustedes son simples imbéciles cuyas mentes paganas están llenas de ideas vacías que repetirán como cotorras una y otra vez hasta que la tumbas se los trague y los escupa en una nube de tierra. Sus hijos repetirán sus mismas ideas y del mismo modo lo harán sus nietos, creando así una cadena de mediocridad que no hará más que pudrir la tierra en la que habitamos. Simples hormigas en el hormiguero. Su paseo por el mundo es tan insignificante como el sonido de una hoja al caer. Claro, pueden creerse importantes, relevantes, pero seguirán siendo menos que un árbol que nadie escucha. El sonido de un arroyo perdido en medio de un bosque. ¡No son nada! Y por mucho tiempo estuve encerrado como ustedes. Un idiota más en un pueblo más viviendo una vida más. Enjaulado por las limitaciones que nos impone un país donde las oportunidades son tan escasas como el agua en el desierto. Malditos sean todos aquellos que se condenan a sí mismos en la cadena de eventos que su pueblo o país los une. Pero yo no. Tanto tiempo encarcelado hasta que una voz me habló al oído y me dijo que se me abría una ventana al más allá. Una oportunidad. Como dato curioso esa voz fue la voz de mi mujer. Una noche, cuando me habló sus guarradas juveniles, vi en ella una malicia que profería un nuevo camino. La muy ingenua pensó que comparto su gusto por la depravación, pero para mí lo depravado no es más que un medio para conseguir un fin.
Su discurso, ambiguo en detalles, lo excitaba notablemente. Sus ojos se abrían sorprendidos y disfrutaban del sonido de su propia voz.
‒ ¿Cuál ere ese fin?
‒ Ya os lo dije: La inmortalidad.
Ninguno entendió. Mike se exasperó más.
‒ ¿Saben quién es John Gacy?
‒ El asesino payaso. Ese que asesinaba en la fiesta de los niños, ¿no? Inspiró la novela “IT”
‒ ¿Y saben quién fue Ted Bundy?
‒ Un asesino en serie.
‒ Corrección: Un famoso asesino en serie. Un hombre norteamericano que asesinó a más de treinta mujeres en su tierra alrededor de los años setenta, y hoy, cuarenta años después, aún es recordado. Esa es la inmortalidad: Ser recordado por años y años.
‒ Eran simples enfermos ‒ Sentenció José
‒ No te lo discuto, pero aun así sus nombres están grabados en la historia y siempre lo estarán. Hay documentales sobre ellos, reportes, artículos, incluso películas. Sus vidas se convirtieron en leyenda con el simple acto de quitarle su vida a otro ser humano. Para mí, ese es el medio: El asesinato. Para el fin: Quedar grabado en la historia.
Los oficiales no pudieron evitar sus caras asqueadas al reconocer tan extrañas ideas provenientes de un hombre que en apariencia podría verse normal. Mike, sin embargo, no se inmutó por el rechazo a su dogma. Continuó extasiado por lo que estaba diciendo.
‒ ¿Por qué me miran así? La historia es un recuento de sangre y de hombres que se hicieron famosos por derramarla. Napoleon Bonaparte, Hitler, Joseph Stallin, Atila el Huno… Incluso en las antiguas culturas, sus mitologías alababan a los hombres capaces de asesinar por gloria. Aquiles murió por gloria. Hércules fue un asesino. Y eso solo por dar algunos ejemplos de los más conocidos. La depravación es parte de la naturaleza humana y solo nos esforzamos en esconderla cuando la podemos usar a nuestra favor, como hice yo. Al descubrir la mente enferma de mi esposa, supe que no sería difícil doblegarla aún más, y armé este plan sobre secuestros de niños sabiendo que al terminar, mi nombre quedaría grabado en una placa de piedra. Solo existía un problema… Los asesinos más conocidos, como podrían ser Charles Manson, Jack el Destripador, Zodiaco y otros varios más, en realidad no fueron tan horrendos en sus crímenes, pero la publicidad convertida en mercadotecnia los convirtió en nombres de culto. Incluso la prensa es una zorra desdichada que gime de placer sexual cuando un nuevo nombre aparece para llenar de sangre sus titulares; porque a todos les encanta leer de niños siendo violados y prostitutas mutiladas. Ese es el gran problema. En este maldito pueblo no hay nada de prensa, y por un tiempo eso me detuvo, hasta que la solución, tan fácil como obvia, llego y me hizo sentir un idiota por no verla antes.
Hizo un silencio dramático. Era obvio que se creía estar en una especie de obra donde era el principal protagonista. Todos lo escuchan en silencio, rodeándolo, como si de un maestro se tratase.  Mike quería que ellos preguntaran por la solución y se enojó al ver que no lo hacían. No le darían ese gusto.
Resignado, Mike continuó con su monólogo.
‒ El problema de todos esos hombres de los que hablo es que eran llevados por la lujuria, como Andrei Chikatilo, el soviético que descubrió un gran placer sexual al violar, apuñalar y descuartizar a una niña de nueve años. O por ideas extravagantes. Isabel Báthory es un ejemplo de ellos. Vivió en los años mil seiscientos y asesino a más de seiscientas mujeres para bañarse en su sangre creyendo que eso le daría juventud eterna. Todos ellos llevaban un móvil pasional; yo no. No me da especial placer violar a un niño. No me repudia ni me remuerde, pero tampoco me satisface. Yo quería la gloria, y no la obtendría por la prensa. Fue en ese momento cuando la luz de la oscuridad me hizo ver lo que ellos no entendieron. Es más poderoso un relato escuchado que leído. Es más tenebroso escuchar a una víctima hablar que leer su entrevista. Las leyendas se cuentan de boca en boca hasta que crecen y se esparcen por el globo. Es por eso que yo no necesito aparecer en un periódico; son esos niños quienes me mantendrán vivo. Estaré plasmado en sus recuerdos hasta que la vida escape de ellos liberándolo. Seré el dueño de sus pesadillas y de sus temores por el resto de sus vidas, lo que les hará sufrir a ellos y a sus familiares, quienes recordaran mi nombre por siempre. Contaran mi historia ellos mismos o sus allegados, hablando de ese hombre que les despojó de su felicidad y los quemó en el mar del infierno que yace sobre la tierra. Porque, señores, el infierno habita en la tierra. Está plagada de demonios que se ocultan en caretas esperando ese impulso asesino que los lleve a desatarse y a pasarse por el culo cualquier ley impuesta por una sociedad que nos trata a todos como seres similares. Pero yo no, yo no soy solo una sombra. Soy la sombra que Guares recordará por siempre y que recorrerá las calles cuando anochezca. Algún periodista se interesara y va a querer averiguar más, entonces la tinta hará su trabajo. Pero eso es un bono extra, por ahora, esos chicos están encerrados sudando, llorando, gimiendo de  terror con la certeza de que en cualquier momento entrare paré torturar a uno de ellos. Y aunque aún no poseen maldad, y no lo dicen en voz alta, ruegan para que sea a cualquiera de los otros chicos. El instinto les dice que, a la hora de la verdad, el compañerismo es una fábula y los demás son víctimas más decentes que uno mismo.
>> De no haberme entregado ustedes jamás me atraparían, porque seamos sinceros, no se cuenta con los recursos para hacerle frente al diablo. Aquí no existen Sherlock Holmes, Detectives Poirot,  Miss Marple, Auguste Dupin, Columbo  ni nada similar. Todos ellos son personajes ficticios que jamás se harán realidad. Aquí, en el mundo real, ustedes son simples mediocres siguiendo patrones policiales en espera de encontrar algo. Pero tranquilos, mi labor está terminada. Hay suficientes chicos en esa casa para que mi nombre sea conocido por toda una generación. Hoy me convierto en leyenda.
En ese momento sonó el teléfono celular del oficial Jackson. Este estaba atontado por lo que escuchaba y tardó en contestar con mano temblorosa.
‒ Hemos encontrado a los niños… Son docenas ‒ Dijo una voz lacónica por el auricular.
‒ Pero… ‒ Intercedió Richard pálido‒ no hay tantos reportes de secuestros
‒ Al principio inicie con niños de la calle, luego con los de los orfanatos. Creí que ellos darían la alarma – Contestó sonriendo ‒ Aunque al parecer, ellos prefirieron callar y no hablar de sus niños perdidos para evitarse mala publicidad
Todos se vieron unos a otros horrorizados.

‒ ¿Lo ven? No soy el único demonio en estas tierras.

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Si te gustó o no el capítulo, dímelo en los comentarios. Si quieres saber ya cómo termina esta historia, ve corriendo al epílogo, el cual estará publicando a la misma vez que el capítulo. ¡Ve!

6 comentarios:

  1. D: Siendo honestos, esperaba mas capítulos antes de llegar a esta parte, sentí que termino de manera muy forzada. La verdad me esperaba algo mas emocionante, aunque tal vez la intención fue esa, de sentirnos como los policías al decir: ¿porque carajos se entrego así nada mas?.
    Hablare con mi representante para ver si hacemos libro esto ;P

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    1. Jajajaja lamento haberte decepcionado con eso, pero Demonios Terrenales fue pensado como una historia corta, aunque no descartó expandirla en un futuro.
      Gracias por leer cada capítulo :3

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  2. Hola John! Yo a diferencia del anterior comentario he de decirte que me ha encanta cómo has acabado la historia, la verdad. Has sabido llevar la historia bien e impresionarme con el final! Me he puesto en otra pestaña el epílogo para poder leerlo y tal, así que te comentaré también ahí.

    Mil gracias por compartir esta fascinante historia con nosotros. Te espera un futuro genial y espero que publiques un libro, el cual leeré seguro seguro, ya que viendo cómo escribes, será una obra de arte!

    Un saludo amigo :)

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    1. Gracias por ser una lectora tan fiel *-* Dime la verdad, ¿era el final que te esperabas? xD. Gracias te doy por haberlo leído y me alegra mucho que te gustara, temía decepcionarte. ¡Gracias por acompañarme en cada capítulo!

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  3. Mira que he venido leyendo los comentarios de todas las entregas, y siempre hay alguien neutro tirandole a lo critico, alguien neutro tirandole a lo asombrado y alguien que de plano te idolatra en todo. No me lo tomes a mal, siempre tenemos gente de todo tipo y cada uno es importante, para mejorar, revolucionar y mejor aun, para salir adelante con los ánimos.
    Hoy me volverás a odiar por ser honesto porque seré quien odie tu trabajo ;P
    Escribes de una manera sorprendente, desde el primer capitulo nos has atrapado gracias a la manera en que describes cada situación, lo mas sorprendente es que leímos algo basado en este mundo y que sabemos que mientras leemos alguien vive cada palabra que vamos pasando, no fue nada ficticio,quien diga que le ha gustado tu historia esta jodidamente enfermo y hay que matarlo cuanto antes, porque es una historia real, es como ser el violador. Sin embargo no es lo mismo decir que nos ha gustado la manera en la que has hecho tu trabajo, la manera en la que lo has escrito y expresado, eso es motivo de felicitaciones y de aplaudir, has hecho un trabajo sorprendente. Pero la manera en que fuiste llevando la historia le falto algo, no me refiero al pasar de un capitulo otro porque esa forma llama a seguir leyendo, sino dentro del mismo capitulo, dentro del mismo post, acortabas escenas interesantes y alargabas otras que no lo eran tanto. El final también lo sentí forzado, le hicieron falta esos elementos que ocupaste en el primer capitulo, el suspenso y la emoción se perdieron así de la nada, no esta mal la forma en que se entrego, sino la forma en que lo cuentas, no es como en el resto de los capítulos, es mas sencilla y sin emoción.
    Tómalo como quieras, te sigo leyendo porque me gusta tu trabajo, bloqueame si gustas pero seria una lastima ello.
    Eres grande, te falta camino y mas criticas constructivas, pero tienes el don ;D
    Saludos bro! y muy, pero muy buena vibra!

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    1. No puedo creer el insulto tan grande que me has dicho, la enorme ofensa que me has hecho... al pensar que te bloquearía por dar tu opinión.

      Entiendo lo que quieres decir. A la historia le faltó más desarrollo en ciertas escenas, tuvo demasiadas en otras menos importante, y cambió mucho su ambientación desde el inicio hasta el final. Es como dice Helena, debieron hacer falta más capítulos antes de llegar aquí. Cuando escribí Demonios Terrenales (hace ya más de un año) me dedicaba solo ha historias cortas y no me di cuenta que para esta necesitaba algo más extenso.

      Amigo, conmigo nunca deberás censurar tu opinión. Si hay algo que me gusta, es que me hagan críticas constructivas.

      Cuando comencé a escribir hace tres años, publicaba en un foro de escritores. Ahí todos eran muy competitivos. Vamos, que un error a la vista y te machacaban. Yo recibí comentarios de todo tipo (en su mayoría positivos, modestia aparte), pero fueron esos que señalaban mis errores los que me ayudaron a mejorar.

      Gracias por leer y haber llegado hasta aquí :3

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