23 jun. 2016

Demonios Terrenales: La vecina (Parte II)

Para leer los capítulos anteriore, has click aquí: Demonios Terrenales

Para leer la primera parte de este capítulo: La vecina (Parte I)

V

La vecina (Parte II)


Los días pasaron. Gabriel ya no iba a clases. Amanda no se arriesgaría a enviarlo con todo lo que sucedía. Así que pasaron la tarde jugando juntos, compartiendo, riendo. Gabriel se parecía muchísimo a su padre, en especial en los ojos: Mismo color y misma mirada. Eso a Amanda le encantaba y disfrutaba mucho haciéndolo reír; incluso acompañándolo a ver esas caricaturas preguntándose si de verdad ella fue tan infantil como para ver programas así en su niñez. Apenas y lo recordaba. Al chico parecía importarle poco no ir a la escuela, aunque se aburría de vez en vez y le rogaba a su madre salir a jugar con sus amigos, pero ella, cautelosa como ninguna, respondía un “No” rotundo y de regreso a las caricaturas.
Por la mañana observó a sus vecinos salir juntos como siempre. Nada fuera de lo normal. Por la noche, después de dormir a Gabriel, los vio llegar. Una vez más captaron su atención. Llevaban bolsas de comida, muchas bolsas de comida. ¿Para qué necesitaban tantas si solo son dos personas? Si bien a la mujer se le veía un poco más rellena, era por completo imposible que ambos pudieran con toda esa comida ellos solos… Tal vez iban a hacer una fiesta, o a irse de viaje.
Llegaron más días y más observaciones.
Seguían llegando con grandes cantidades de comida, pero no solo eso. En más de una ocasión aparecieron llevando consigo juguetes para niños; o algún peluche: “¡Pero si ellos no tienen hijos!”. En cambio, la fiesta que imaginó nunca llegaba,  ni tampoco se iban de viaje. Nada. De hecho, parecía que ni siquiera salían. Durante los fines de semana, en vez de salir a pasear o divertirse como una pareja normal, una pareja de jóvenes, ellos se quedaban ahí, en su casa, encerrados todo el día sin recibir visitas tan siquiera. (“Nunca los he visto recibiendo visitas”). En una ocasión los vio llegar cargando potes de pintura y resistió el impulso de ir a preguntarles para que eran. “Tal vez están remodelando” pero tampoco veía a constructores o alguien parecido entrar a la casa de sus vecinos.
“Maldita sea, Amanda, tranquilízate” pero ya le era imposible. Con cada día crecía su paranoia. Cada vez estaba más atenta a los movimientos de sus vecinos y cada día estaba más nerviosa y más desconfiada
Era extraño. Un temor ajeno a cualquier prueba tangible, pero que estaba ahí, presente, como un visitante silencioso y no bien recibido, pero que se niega a irse, y al contrario, alarga su estadía haciendo más perceptible su presencia. Había algo en ellos. Algo en ellos que no le gustaba, pero no sabía con exactitud qué. Tal vez si llamaba a la policía… Claro, ¿y decir qué?: “Oficial, quiero reportar algo extraño: Mis vecinos compran mucha comida, juguetes para niños y casi nunca salen de casa. ¿Se lo imagina? Son solo dos, compran mucha comida y además con esta economía…” y luego ¡tintintin! Sería la burla del pueblo y con justa razón. No, no podía llamar a la policía. ¡Pero algo extraño tienen!
¿Y si se acercaba a hablar con ellos? “Disculpe vecino, ¿ustedes secuestran niños?”. Sí, Amanda, ese sería un movimiento muy inteligente. ¿Por qué mejor no vas y les entregas a tu hijo en bandeja de plata?
Su hijo… Si los secuestradores resultan ser sus propios vecinos, su hijo era el niño que más peligro corría en todo el pueblo. Cualquier día ellos entrarían por la ventana y se lo llevarían. Lo apartarían de su lado. Lo perdería todo. ¡Pero no! Eso no iba a permitirlo. Ella era más inteligente y se les adelantaría. Entraría ella primero por la ventana de ellos y resolvería todo de una maldita vez.
Sí, así lo resolvería todo. Ahora ya sabía que lo que tenía que hacer. Entraría en la bendita casa, la recorrería, y a la primera señal de alguna pista que los inculpara, llamaría a las autoridades para que los arrestaran de inmediato.
Su hijo no volvería a temer.
Y no sería tan difícil, en realidad. Ellos se iban casi siempre a la misma hora y volvían igualmente en el mismo horario. La casa estaba deshabitada la mayor parte de tiempo. Entraría sin que la vieran y se llevarían una gran sorpresa cuando su secretito quedara al descubierto. Y no es como si fuese una mujer indefensa. Desde hace mucho adquirió un arma: Una pistola; de bajo calibre, sí, pero pistola en fin; con la cual estaba dispuesta a defenderse de lo que sea y de quien sea. Una madre con sus garras bien puestas.
Así que sin más preámbulos escogió el día, sintiéndose de algún modo excitada. Aún no lograba explicarse a sí misma el porqué de todo, pero para bien o para mal, después de entrar, se sentiría más tranquila. Ya sea porque no encontraría nada raro y se disiparían las dudas, o ya sea porque encontraría algo muy raro y los encarcelaría a ambos. El plan perfecto.
Acostó a Gabriel temprano, ignorando como siempre los reclamos de este. Especialmente aquella noche no poseía la paciencia para escucharlo. Tras acostarlo, esperó unos minutos al otro lado de la puerta para asegurarse de que su niño no hiciera trampa. Los minutos se le hicieron eternos. En su mente, como un feroz huracán, le golpeaban con violencia los pensamientos de lo que estaba a punto de hacer. Las dudas iniciaros sus gritos de protestas intentando hacer que se arrepintiera y desistiera de su plan, pero las mandó a callar con la misma firmeza que por tantos años había aplicado a su hijo. No pudo evitar sonreír al sentirse como una niña regañándose a sí misma. Lo que iba a hacer, era por su hijo, por garantizar su seguridad. Por él estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta, así de simple.
Como para motivarse, abrió la puerta de la habitación de su pequeño con suavidad, para que no chirriara al moverse. Ahí estaba él, durmiendo como un ángel en su cama. Como el ángel que era. Sus ojitos cerrados eran señal de una calma absoluta y Amanda estuvo a punto de olvidarlo todo y quedarse ahí contemplándolo toda la noche. Deseando que su amor por él fuera tan fuerte que le transmitiera el sentimiento y le hiciera tener dulces sueños. Se acercó a su hijo dormido con suavidad, cuidando muy bien sus pasos. Se aseguró de arroparlo bien, se agachó, y le dio el más tierno de los besos en la frente.
‒Te amo, hijo.
Se alejó con la misma suavidad y cerró la puerta.
Muy bien, Gabriel dormía, era hora de actuar.
Dejó las luces de la sala encendida por si alguien pasaba cerca, pues sería muy raro que, siendo tan temprano, se vieran todas las luces apagadas.
Con un brillo de determinación, sacó el arma del cajón donde lo guardaba y sintió su peso. Al ser de bajo calibre, era más liviana de lo normal; pero cargada y letal. El frio acero erizó sus dedos y le dio escalofríos: nunca creyó que la usaría. Pero el día posiblemente había llegado y no dudaría en apretar el gatillo si la situación lo requería. La sostuvo con fuerza a la altura del pecho, respiro con profundidad, y sin mirar atrás, salió de su casa por la puerta trasera.
Todas las casas del vecindario – por decirlo de algún modo, porque la mayoría de las casas del pueblo estaban esparcidas de un modo aleatorio y sin vecindario definido – compartían un mismo patio. No había cerca alguna que los separara. Compartían el mismo césped, por lo que no le sería difícil acercase
Ya había anochecido y el viento soplaba frágil desde el oeste, con un suave silbido que le acaricio el vello de los brazos y la recorrió de pies a cabeza. A un lado, detrás de ambas casas, una pequeña explanada de árboles les servía de demarcación y los separaba de muchos kilómetros con el resto del pueblo. Únicamente la vía se vestía por delante y era el único acceso a esa parte del pueblo.
La luna, con su punto más alto, y estando llena, vigilaba a todos y cada uno de los pasos del pueblo, observando impasible a sus ciudadanos, como una guardiana silenciosa.
Amanda reflexionó en lo que estaba a punto de hacer, recordó la imagen de su hijo durmiendo y siguió adelante.
Se acercó con cuidado a la casa de sus vecinos, por la parte trasera. Era un poco más grande que la suya, de dos pisos y toda pintada de blanco. Se veía imponente ahí, plantada, debajo de la luz crepuscular, en apariencia vacía pero con una imagen omnipresente; como si aquella casa supiera de los secretos que tal vez se guardaban su interior. Amanda se acercó. Con cada paso, la casa se veía más y más grande hasta que incluso se sintió sobrecogida. Casi impresionada
Un lobo aulló a la lejanía y por un momento eso la detuvo. Su corazón acelerado golpeaba su pecho sin clemencia, consiente del crimen que estaba por cometer: Allanamiento. Pero por una buena causa. Llegó hasta la casa sintiendo la adrenalina apoderándose de ella. Se acercó al patio trasero donde descansaban tres bicicletas pequeñas. (“Pero si no tienen hijos…”). Las tres, reposando sobre el césped en dirección a la casa; como si estuvieran arrodilladas a sus pies.
De adentro no se escuchaba ningún ruido; cosa lógica considerando que estaba vacía. O al menos eso parecía.
Llegó hasta la puerta trasera y la intentó abrir: Nada. Cerrada con llave.
“En Guares nadie cierra con llave” Pensó Amanda, aunque le pareció un pensamiento tonto.
Perceptiblemente más nerviosa, comenzó a rodear la casa. Su plan era entrar por la puerta trasera, ¿ahora qué? La delantera debía de estar igual, eso le dejaba como opción las ventanas. Hubiese preferido la puerta de en frente, pues cualquier peatón la podía ver en cuanto intentara entrar por la ventana. Siguió recorriendo los alrededores de la casa hasta llegar a la ventana más cercana que daba a la ventana. Se fijó en la calle, seguía vacía, pero en cualquier momento podía pasar alguien. La ventana le llegaba a la cintura y no tuvo que agacharse para introducir sus manos por el marco inferior y, usando toda su fuerza, lo alzó con rapidez hasta que la abrió por completo.
“Cierran la puerta pero no la ventana”
Se introdujo en la casa: Primero la pierna derecha, luego el resto del cuerpo, y dejó la ventana abierta en caso de emergencia.
Todo estaba oscuro y tuvo que esperar unos segundos para que sus ojos se adaptaran a la penumbra y le permitieran distinguir contornos, figuras y formas. Estaba en la cocina. Parecía sencilla, parecida a la de ella. Un gran comedor de madera en el centro con sus cuatro sillas, aunque algo le llamó la atención. Apoyada a la pared, en una esquina de la cocina, descansaba una mesita alta, de esas que se utilizan para bebés: Estaba ahí, solitaria, al parecer sin ser usada jamás.
Amanda caminó entre la oscuridad buscando a tientas el interruptor de luz, pero se detuvo al pensar que sería muy extraño encender la luz en caso de que ellos llegaran. Así que continúo así, caminando en la oscuridad intentando distinguir algo.
El silencio era absoluto y su corazón no planeaba calmarse, parecía una alarma de autos activada anunciando malas noticias. Un posible robo o golpe. Se adentró en la sala sudando, preguntándose cual sería aquella prueba que le demostraría a ciencia cierta si estaba equivocada o no. En la sala principal dos mueble decoraban el hogar. A los lados no había fotos de nadie, y en las paredes brillaba la ausencia de cuadros. La casa estaba desprovista de vida en todo sentido, con sus paredes blancas y vacías y sin ningún adorno que le diera personalidad. Solo dos muebles… Excepto por una pared. Pared en la que se alojaban no uno, ni dos, sino al menos una docena de juguetes diferentes, algunos nuevos y otros viejos, recostados en el suelo como si de basura se tratasen. Más de una muñeca estaba ahí, acostada, observándola a ella, a Amanda, con ojos de plástico vacíos. El silencio aumentó cuando Amanda percibió todos esos ojos que lo veían. Ojos de juguetes. Ojos sin alma. Giró sobre sí misma y confirmó, con extraño espanto, como toda la casa estaba inundaba de puros juguetes para niños desperdigados por el suelo, abandonados a su suerte.
‒Ellos no tienen hijos…
El corazón casi se le detuvo cuando escuchó un golpe. Un golpe seco. Agudizó el oído esperando que solo hubiese sido su imaginación, pero se repitió. Otro golpe. Otro golpe, y luego otro y otro. Cada vez más fuerte. Cada vez más agresivo. Lo acompañaron arañazos en una puerta que retumbaron por todo el lugar y le pusieron los pelos de punta. Los sonidos provenían del pasillo principal, exactamente de la puerta del final, la que daba al sótano. Los golpean seguían y se alternaban con los arañazo cada vez más violentos, como si quien los hiciese entrara en una desesperación cada vez mayor.
Sin embargo ninguna voz ni ningún aullido se hicieron presentes.
Amanda estaba paralizada. Maldita sea, para eso estaba en esa casa, para investigar que tenía de extraño, y a la primera señal de miedo se había paralizado. La puerta temblaba sin detenerse amenazando con romperse. Amanda gritó sin poder contenerse y llamó a quien sea que estuviera haciendo ese ruido, pero nadie contestó.
De la nada, los golpes cesaron.
Amanda respiró profundo, tratando de recuperar la compostura. Debía acercarse; primero un paso y luego el otro. Pierna izquierda; pierna derecha. Su cuerpo, reacio a obedecer los impulsos de su cerebro, causó que cada movimiento se hiciese más pesado que el anterior. Todos sus sentidos le gritaban que huyera, que se fuera, que llamaran a la policía, pero Amanda los ignoraba y seguía caminando. El maldito pasillo era infinito. La temperatura descendía en cada exhalación y casi sentía sus poros congelándose. Amanda se fue acercando cada vez más, adentrándose en la oscuridad. Los golpes se había detenido, sí, pero quien fuera el culpable seguía ahí atrás, esperando. Esperándola a ella.
Eran pocos los centímetros que los separaban cuando la puerta volvió a sonar, ahora doblando su violencia. Se arremetía y temblaba como si fuera a desplomarse en cualquier momento. Amanda se mordía la lengua para no gritar, para no llorar, buscando fuerzas que no creía poseer. Ya estaba cerca, muy cerca: Estiró la mano, toco el pomo de la puerta y… Se encendió la luz de la casa.
Amanda retrocedió de golpe, con la puerta aun cerrada. Desde la entrada principal le llegaba la voz de su vecina, quien intuyó algo fuera de lo normal, pues preguntaba “¿Hay alguien ahí?” al aire.
Amanda giró en dirección a la entrada. En un segundo recordó algo: Llevaba un arma en la mano. No tenía por qué temer.
Llevando en alto la pistola, cruzó el pasillo en pocos pasos, aunque antes le había parecido muy largo, y con la mano temblándole, le apuntó a su vecina directamente. Ella la vio estupefacta y ahogó un grito, levantando las manos con el terror en los ojos
‒ ¿¡A-amanda!?
‒Hija de puta…
La ira se apoderaba de ella. Amanda era un volcán a punto de estallar. Ahora lo sabía; todo este tiempo, los secuestradores estuvieron a su lado, poniéndola en peligro. Poniendo en peligro a su hijo; su preciado hijo.
‒Amanda… ¿Qué estás haciendo?
‒ ¡Cállate!
Todas las desapariciones, todas las madres que perdieron a su hijos, todo ese dolor compartido, todo era culpa de la bastarda que yacía ante ella como una perra asustada. Una liebre atrapada en su propio agujero.
A Amanda ya no le temblaba la mano, sostenía su arma firme, dispuesta a disparar en cualquier momento.
‒Te voy a disparar, desgraciada. Te voy a disparar por todo lo que has hecho
‒Amanda, no sé de qué estás hablando. P-por favor, baja el arma, Amanda ‒Respondió llorando. La bastarda lloraba como si no hubiese hecho llorar a otros.
‒ ¡Que te calles! Todo este tiempo, todo este tiempo nos pusiste en peligro. A mí, a mí hijo… ¡A mi hijo! ¿Cómo te atreves? Iban a ir por él, ¿¡verdad!? ¡Estaban esperando la oportunidad de lastimarlo! Pero no, no se las daré. No les permitiré que le hagan daño a Gabriel.
‒Amanda por favor, no sé de qué estás hablando. Nunca hemos querido dañar a Gabriel. Por favor, por favor, baja el arma, baja el arma – Lloraba a moco limpio y apenas se le entendía lo que decía por las arcadas. Su pantalón estaba húmedo. Se había orinado.
‒ ¡NO! Hija de puta, cómo te atreves a negarlo. Pero se acabó, se acabó. No le harán daño a Gabriel, ¿me oíste? ¡No le harán daño a mi hijo!
‒ ¡AMANDA TE ESTÁS VOLVIENDO LOCA! – dijo sin poder disimular su respiración
‒ ¡GUARDA SILENCIO!
La sangre le hervía, le hervía de ira. Esa innombrable quería hacerle daño a su hijo, a su único hijo. Quería lastimarlo, golpearlo, alejarlo de ella. Pero no, no se lo permitiría, jamás lo permitiría. Por su hijo haría lo que hiciera falta. Lo que sea.
‒Amanda por favor – suplicó con un deje de voz – Por favor, por favor, baja el arma, vamos a hablar. No sé qué sucede pero te ayudaré, juro por Dios que te ayudaré. Aarón está en el auto sacando unas cosa. Baja el arma y ni siquiera tiene que enterarse de que estás aquí, le diré que te invité – dijo todo muy apresurada con la lengua enredada. –. Por favor, por favor.
“¿En el auto?”
‒M-me… Me estás mintiendo. Él no está en el auto.
‒ ¿Q-qué? Claro que está en el auto
‒ ¡No!… Él nunca se queda en el auto – En ese momento lo entendió todo‒ ¡Se lo está llevando! ¡Se está llevando a mi hijo!
‒ ¡Amanda no…!
‒Vieron la casa vacía y les pareció la oportunidad de llevárselo. ¡Se lo están llevando! ¡Se lo están llevando! ¡Dime adónde o te vuelvo los sesos!
‒ ¡Amanda por favor!
‒ ¡No dejaré que le pongan un dedo encima!
‒ ¡AAROÓN, VEN! – Gritó presa del pánico - ¡VEN RAPIDO!
Amanda apretó el gatillo.
La bala entró por los ojos y le atravesó el cráneo.

¿Qué hubieses hecho tú en su posición? ¿Lo arriesgarías todo por tu hijo? Déjame tu opinión en los comentarios. Si te gustó por favor sígueme en mis redes sociales: Facebook y Twitter y comparte la publicación. Te lo agradecería mucho.
¡Gracias por leer!

6 comentarios:

  1. Llena de rabia tal vez, pero y si fue un error, no confirmas que genero los golpes... :$ como en los delos este se queda en suspenso... D:
    Muy bueno!!! :3

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues espera al siguiente capitulo por la respuesta. Muchas gracias por leer :3

      Eliminar
  2. ¡ALUCINANTE! No me lo puedo creer, me parece una pasada de capítulo. Bueno, mejor dicho de continuación del capítulo anterior. Esta parte me ha chiflado un poco bastante más que la otra. Sobre todo la última parte en la que nos dejas con muchas ganas de más tras ese disparo. Es espeluznante la imagen pero a la vez me encanta.

    Si te soy sincera, no sé qué habría hecho en su lugar, la verdad. Quizás hubiera pensado otras maneras. No habría tenido su valor jajaja

    ESTÁ DE DIEZ. Sigue así! Un gran abrazo, John!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues sí, lo mejor del capitulo estaba de la mitad para adelante xD. Me alegro mucho que te gustara, mi queria Marí :3, gracias por ser incondicional.

      Y ni siquiera yo sé que hubiera hecho xD

      Eliminar
  3. "La bala entró por los ojos y le atravesó el cráneo."
    Este capitulo no pudo haber terminado mejor XD Ya quiero tener el tiempo para leer el siguiente, también tengo la sensación de que se pudo haber equivocado: "Disparad hasta ver el blanco de sus ojos" (o algo así)
    Muy buena vibra!!!

    ResponderEliminar
  4. Nooo, como que aquí termina el capitulo. En este momento me alegro de no haberlo leido antes por que ahora ya esta el siguiente y no tengo que esperar mucho. Dios mio te juro que he sentido ansias cuando Amanda estaba recorriendo la casa y cuando se acerca a la puerta.
    Me voy a leer el siguiente :)

    ResponderEliminar